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El vuelo del milano

Una palabra para Gaza

Necesitamos palabras para que las ideas tomen forma y podamos decirlas. Y deberían ser palabras consensuadas para que todos identifiquemos los mismos sonidos con los mismos conceptos. Pereciera que no fluyen las ideas si no existen palabras que las definan…, es como si los conceptos y los sentimientos fueran nubes intangibles, y las palabras que les dan forma fueran la lluvia y los charcos. Transformar las nubes en charcos es la forma de decir y comunicarnos…

Hace un tiempo estudié e interpreté, desde los conceptos de la química actual, un manuscrito alemán de finales del siglo XIV que explicaba, con las palabras que tenían en ese momento histórico, cómo extraer salitre y fabricar pólvora —inédito, por cierto, ese estudio—. Sus redactores eran maestros alquimistas que lo escribieron en la lengua que hablaban, el alemán del siglo XIV. Alguien lo tradujo al alemán actual, otro al inglés y servidor al español castellano para entender qué manejos hacían. Todo ese proceso de traducciones sucesivas hacía aun más complejo saber qué querían decir originalmente aquellos hombres.

Eran empiristas, aprendían de la experimentación y la observación. No entendían los procesos físicos y químicos que provocaban y les faltaban palabras para definirlos. Por eso, cuando después de un laborioso proceso, decían: “…entonces la sal de piedra fuerte y poderosa aparece como carámbanos de hielo”. Estaban diciendo que el salitre (sal de piedra, nitrato potásico) precipitaba y cristalizaba… Simplemente concentraban una disolución hasta conseguir la precipitación de la sal más insoluble cuando se enfriaba. Tenían el procedimiento y el concepto pero no las palabras que explicaran ese fenómeno natural.

La banalidad del mal es otro ejemplo de pocas palabras que cristalizan un concepto complejo del comportamiento humano. Hannah Arendt necesitó varios artículos y un libro para explicarlo… pero hoy día ya es suficiente apelar a la banalidad del mal para saber que existen hombres sin conciencia de culpa porque, simplemente, cumplen con su sagrado deber sin cuestionarse las consecuencias de sus actos. Hombres que siendo “terriblemente y temiblemente normales” cometen atrocidades como trivialidades de oficina…

Sí, las palabras pueden ser un arma de destrucción masiva cuando las disparan los amorales. Cuando los poderosos son amorales —y para ser poderoso hay que ser amoral— convencen a la gente de cualquier cosa. Nos convencen de quimeras indemostrables y hacen que los hombres matemos en nombre de sus principios o de sus patrias. Ayer mismo, un portavoz israelí hablaba de las decenas de palestinos muertos y miles de heridos en la frontera entre el Estado Judío y la Franja de Gaza (protestaban contra el traslado de la embajada de EEUU en Jerusalén). Los bravos soldados israelíes —que así los llamaba el primer ministro Benjamín Netanyahu— disparaban a los palestinos desarmados y a descubierto que se acercaban a la línea. Los francotiradores judíos, bien parapetados, disparaban a las articulaciones palestinas.

Un portavoz israelí decía que estaban defendiendo su casa… yo pensaba que eso era los que están haciendo los palestinos desde hace casi un siglo. Por su lado, el ministro español de asuntos exteriores pedía contención a ambas partes. Yo creo que este hombre, y todos los gobiernos que  permiten que ese despreciable matón de recreo —ese niño torpe, rubio y odioso— haga su santa voluntad, son tan impresentables como el matón de pelos amarillos. Todos representan su papel y lo teatralizan con descaro. Nadie les cree. Ni siquiera ellos mismos se creen su papel… y aunque les abucheemos noche tras noche, repiten la función. ¿A qué coño estamos jugando?

Deberíamos buscar una palabra que defina inequívocamente esta porquería. Una palabra gorda, contundente y sonora… Y encontrada la palabra, proceder todos a una.

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