Siempre me acuerdo de cuando el periodista granadino Antonio Ramos Espejo -que fue mi maestro y sabía de mi predilección por este último pueblo sevillano- decía que toda Andalucía nació en Lebrija. Lejos de parecerme una exageración, indagué desde entonces en las razones de aquel adagio de un andaluz de Oriente sobre un pueblo tan occidental. Y lo cierto es que no he parado de encontrar motivos que justifican lo que desde el principio me pareció una bella profecía para quienes no hubieran descubierto el hallazgo.
Entre sal y sol, entre barro y pan, entre Tartessos y Roma, entre Elio Antonio y El Lebrijano, lo que se ha cocido y se cuece en esta ciudad milenaria del Bajo Guadalquivir desde los tiempos en que el gran río de Andalucía era todo mar, puede explicar todo lo que de emblemático tiene nuestra región. El compás, la familia, las cosas de comer y de beber, la luz, el horizonte, la medida y el arte en todas sus posibilidades han echado raíces en esta penúltima curva del río Betis para encendernos la noche de esta noche, la previa del fin de semana previo a la noche de San Juan, este prólogo del verano que se nos echará encima como nos echa los brazos un niño que nos quiere ciegamente.
Esta noche de 19 de junio será aquí la noche encendida, una apretadísima oportunidad de meter en el casco histórico de un solo pueblo y bajo una sola luna todo lo que Andalucía tiene de crisol en el mundo de las humanidades que resiste contra tanta barbarie internacional. No exagero: si el mundo latiera como va a latir esta noche Lebrija, otro gallo cantaría. Con ese otro gallo, ni San Pedro hubiera negado a Dios.
Y me acuerdo de los gallos y de Granada y de Antonio Ramos porque esta noche encendida me recuerda líricamente a La casa encendida del poeta granadino Luis Rosales, aquel jovencito amigo de Federico García Lorca que tuvo que cargar toda su vida, como un martirio inmerecido, con la culpa de que al autor del Romancero gitano lo apresaran en su propia casa, en la suya, que fue el postrero hogar de Federico antes del fusilamiento fatal.
El poemario de Rosales, como una realidad y un deseo cernudianos, fue ampliándose y enrocándose sobre sí mismo desde el año de su publicación, 1949, el mismo año en que otro grande de nuestra literatura, Antonio Buero Vallejo, se hizo un sitio definitivo en la oscurecida escena teatral española con su Historia de una escalera. Qué cosas. Los sueños estremecedores de la soledad existencial de un solo hombre que puede ser la soledad de un pueblo, de una tierra, de un país. En el poemario de Rosales, ese hombre llega a su casa después de una dura jornada y lo encuentra todo como lo encontrará un año más tarde, en una sensación tan repetitiva como el absurdo abismo interior, y es capaz de contarlo con la imaginería expresionista de alguien que anduviera por las entrañas mismas de la vieja tierra que lo ha visto nacer y lo verá morir: “Porque todo es igual y tú lo sabes, / has llegado a tu casa y has cerrado la puerta / con aquel mismo gesto con que se tira un día, / con que se quita la hoja atrasada al calendario / cuando todo es igual y tú lo sabes”, arranca el poemario de Rosales, y continúa: “Has llegado a a tu casa, / y, al entrar, / has sentido la extrañeza de tus pasos / que estaban ya sonando en el pasillo antes de que llegaras, / y encendiste la luz, para volver a comprobar / que todas las cosas están exactamente colocadas, como estarán dentro de un año, / y después, / te has bañado, respetuosa y tristemente, lo mismo que un suicida, / y has mirado tus libros como miran los árboles sus hojas, / y te has sentido solo, / humanamente solo, / definitivamente solo porque todo es igual y tú lo sabes”.
Esa gigantesca lección de humanidad de aquella casa encendida se nos antoja, tres cuartos de siglo después, una combativa metáfora contra la soledad colectiva que se encarga de destruir el arte, porque la noche encendida lebrijana, la que se avecina esta misma noche, convierte a la patria de Pedro Bacán y Miguel El Funi en un gran escenario cultural al aire libre con la iluminación de miles de velas para que luzcan los espacios patrimoniales mientras se toca, se baila, se canta o cruzan el cielo los acróbatas. Por cierto, que cada vela se vende a un euro hasta que reviente la alcancía de la solidaridad de la que dará buena cuenta Cáritas. ¿Quién da más en tan poco tiempo y en tan poco espacio, como la pataíta de arte que Concha Vargas sabe darse antes de que cante un gallo –otro gallo- en menos de un metro cuadrado?
La Plaza del Hospitalillo acogerá la propuesta de circo contemporáneo que trae la compañía La Nördika, antes de que oscurezca. Y a partir de las 22.15 horas, cuando el sol ya haya dorado toda la marisma silenciosa, se empezará a desarrollar un programa de piezas breves, como chispas, en diferentes espacios de un recorrido bien definido: el Patio de los Naranjos de la Parroquia de la Oliva ofrecerá pequeños conciertos de piano, violín y trompeta a cargo del profesorado de la Escuela Municipal de Música y Danza; el Monasterio de la Purísima Concepción le servirá de escenario al clarinetista José María Dorantes; en el Patio de Santa María de Jesús tocará la guitarra el profesor Benito Velázquez; el Patio de la Casa de la Juventud acogerá actuaciones de baile flamenco dirigidas por las profesoras Pepi Valencia y Leticia del Ojo; y Chema Carrero hará de las suyas con el piano que tiene tan entrenado en sus directos hasta para colocarle nombre a su espectáculo: “Piano & Horizonte, un recital a la luz de las velas”. Será en la escalereta de El Mirador. Y en la alta madrugada, la banda The Donelles actuará en la Plaza de España, o sea, en el epicentro de este pueblo donde dijo el gran Antonio Ramos que había nacido Andalucía. Cada vez hay más gente que no lo duda.
Siempre me acuerdo de cuando el periodista granadino Antonio Ramos Espejo -que fue mi maestro y sabía de mi predilección por este último pueblo sevillano- decía que toda Andalucía nació en Lebrija. Lejos de parecerme una exageración, indagué desde entonces en las razones de aquel adagio de un andaluz de Oriente sobre un pueblo tan occidental. Y lo cierto es que no he parado de encontrar motivos que justifican lo que desde el principio me pareció una bella profecía para quienes no hubieran descubierto el hallazgo.
Entre sal y sol, entre barro y pan, entre Tartessos y Roma, entre Elio Antonio y El Lebrijano, lo que se ha cocido y se cuece en esta ciudad milenaria del Bajo Guadalquivir desde los tiempos en que el gran río de Andalucía era todo mar, puede explicar todo lo que de emblemático tiene nuestra región. El compás, la familia, las cosas de comer y de beber, la luz, el horizonte, la medida y el arte en todas sus posibilidades han echado raíces en esta penúltima curva del río Betis para encendernos la noche de esta noche, la previa del fin de semana previo a la noche de San Juan, este prólogo del verano que se nos echará encima como nos echa los brazos un niño que nos quiere ciegamente.
Esta noche de 19 de junio será aquí la noche encendida, una apretadísima oportunidad de meter en el casco histórico de un solo pueblo y bajo una sola luna todo lo que Andalucía tiene de crisol en el mundo de las humanidades que resiste contra tanta barbarie internacional. No exagero: si el mundo latiera como va a latir esta noche Lebrija, otro gallo cantaría. Con ese otro gallo, ni San Pedro hubiera negado a Dios.
Y me acuerdo de los gallos y de Granada y de Antonio Ramos porque esta noche encendida me recuerda líricamente a La casa encendida del poeta granadino Luis Rosales, aquel jovencito amigo de Federico García Lorca que tuvo que cargar toda su vida, como un martirio inmerecido, con la culpa de que al autor del Romancero gitano lo apresaran en su propia casa, en la suya, que fue el postrero hogar de Federico antes del fusilamiento fatal.
El poemario de Rosales, como una realidad y un deseo cernudianos, fue ampliándose y enrocándose sobre sí mismo desde el año de su publicación, 1949, el mismo año en que otro grande de nuestra literatura, Antonio Buero Vallejo, se hizo un sitio definitivo en la oscurecida escena teatral española con su Historia de una escalera. Qué cosas. Los sueños estremecedores de la soledad existencial de un solo hombre que puede ser la soledad de un pueblo, de una tierra, de un país. En el poemario de Rosales, ese hombre llega a su casa después de una dura jornada y lo encuentra todo como lo encontrará un año más tarde, en una sensación tan repetitiva como el absurdo abismo interior, y es capaz de contarlo con la imaginería expresionista de alguien que anduviera por las entrañas mismas de la vieja tierra que lo ha visto nacer y lo verá morir: “Porque todo es igual y tú lo sabes, / has llegado a tu casa y has cerrado la puerta / con aquel mismo gesto con que se tira un día, / con que se quita la hoja atrasada al calendario / cuando todo es igual y tú lo sabes”, arranca el poemario de Rosales, y continúa: “Has llegado a a tu casa, / y, al entrar, / has sentido la extrañeza de tus pasos / que estaban ya sonando en el pasillo antes de que llegaras, / y encendiste la luz, para volver a comprobar / que todas las cosas están exactamente colocadas, como estarán dentro de un año, / y después, / te has bañado, respetuosa y tristemente, lo mismo que un suicida, / y has mirado tus libros como miran los árboles sus hojas, / y te has sentido solo, / humanamente solo, / definitivamente solo porque todo es igual y tú lo sabes”.
Esa gigantesca lección de humanidad de aquella casa encendida se nos antoja, tres cuartos de siglo después, una combativa metáfora contra la soledad colectiva que se encarga de destruir el arte, porque la noche encendida lebrijana, la que se avecina esta misma noche, convierte a la patria de Pedro Bacán y Miguel El Funi en un gran escenario cultural al aire libre con la iluminación de miles de velas para que luzcan los espacios patrimoniales mientras se toca, se baila, se canta o cruzan el cielo los acróbatas. Por cierto, que cada vela se vende a un euro hasta que reviente la alcancía de la solidaridad de la que dará buena cuenta Cáritas. ¿Quién da más en tan poco tiempo y en tan poco espacio, como la pataíta de arte que Concha Vargas sabe darse antes de que cante un gallo –otro gallo- en menos de un metro cuadrado?
La Plaza del Hospitalillo acogerá la propuesta de circo contemporáneo que trae la compañía La Nördika, antes de que oscurezca. Y a partir de las 22.15 horas, cuando el sol ya haya dorado toda la marisma silenciosa, se empezará a desarrollar un programa de piezas breves, como chispas, en diferentes espacios de un recorrido bien definido: el Patio de los Naranjos de la Parroquia de la Oliva ofrecerá pequeños conciertos de piano, violín y trompeta a cargo del profesorado de la Escuela Municipal de Música y Danza; el Monasterio de la Purísima Concepción le servirá de escenario al clarinetista José María Dorantes; en el Patio de Santa María de Jesús tocará la guitarra el profesor Benito Velázquez; el Patio de la Casa de la Juventud acogerá actuaciones de baile flamenco dirigidas por las profesoras Pepi Valencia y Leticia del Ojo; y Chema Carrero hará de las suyas con el piano que tiene tan entrenado en sus directos hasta para colocarle nombre a su espectáculo: “Piano & Horizonte, un recital a la luz de las velas”. Será en la escalereta de El Mirador. Y en la alta madrugada, la banda The Donelles actuará en la Plaza de España, o sea, en el epicentro de este pueblo donde dijo el gran Antonio Ramos que había nacido Andalucía. Cada vez hay más gente que no lo duda.
Comentarios