Durante años, tal vez demasiados, quienes anunciábamos que la invasión tecnológica en el aula no contribuiría a mejorar la educación fuimos tachados poco menos que de retrógrados, porque lo que se llevaba era la digitalización a toda costa, la gamificación a través de las pantallas y la innovación que suponía hacerlo todo, incluso la o con un canuto, a través de un ordenador. La irrupción de la pandemia fue la gota que colmó el vaso, por supuesto, porque aquella necesidad de la virtualidad se convirtió en coyuntura globalizada para aprovechados y para empresas tecnológicas que vieron su lógica oportunidad. Pero ha pasado el tiempo y la verdad desagradable asoma.
Ahora resulta que toda esa generación, esta generación que iba a ser la más preparada de la historia porque no se miraba entre sí sino a través de pantallas, apenas sabe leer. No comprende lo que lee, o se ha acostumbrado a entender lo que le da la gana sin soltar jamás el móvil. No hay más que asomarse a las redes sociales para comprender una nueva realidad de simples imágenes con tres palabras y lectores que se enzarzan porque no entienden sino superficialmente lo que dicen los demás.
Los profetas de todo aquel futuro que no iba a ser lo que era ya nos han adelantado por la derecha suprimiendo los aparatitos de las aulas y proporcionándoles a sus niños papel en blanco y bolígrafo, como antes. Y nosotros, que nunca calibramos el valor del equilibrio, el precio de la verdadera ecología, nos vemos ante un callejón sin salida o como pollos sin cabeza. La propia administración que invirtió tanto en cacharritos reflexiona ahora apresuradamente sobre la posibilidad de invertir más en personal, pero sin convencimiento, porque esa misma administración está infectada de toda esa confusión de estímulos sin sentido que afecta a sus administrados, especialmente a los más jóvenes.
Y la realidad más dolorosa y tozuda sigue siendo la de una juventud que le tiene tirria a la lectura, que no tiene por costumbre leer comprensivamente un artículo en su totalidad, un relato, un episodio histórico, y que todo lo quiere en dibujitos o en un vídeo didáctico de diez segundos como máximo. También quienes son menos jóvenes se han ido acostumbrando ya a que se lo den todo hecho, y muchos se preguntan para qué sirve aprender nada si todo lo sabe la IA. La respuesta nos va a salir muy cara porque el sistema, y no me refiero solo al educativo, suele contestarnos con bofetadas políticas, sociales y económicas que nunca ofrecen exámenes de recuperación. Al menos de una generación a la siguiente.
La digitalización ha venido para quedarse, eso nadie lo duda, sería de absurdos apocalípticos negarlo. Y resulta de cajón integrar las nuevas tecnologías en la educación de los jóvenes, pero no porque el sistema educativo precise de ellas para seguir amueblándoles la mente a nuestros alumnos, sino porque nuestros alumnos ya la han incorporado, inevitablemente, a sus modos de vidas. Así que el aula debe ser un espacio de respiro digital, una oportunidad diaria de concentración mental a secas, un honesto entrenamiento de cada persona que precisa fortalecer sus capacidades de comprensión, cálculo y análisis de la otredad oralmente o por escrito, sin ayuda de la máquina que no solo comenzó hace siglos a quitarnos el trabajo, sino la capacidad de pensamiento propio hasta el punto de que, en tan mala medida, no hayamos conseguido que la tecnología trabaje para nosotros sino nosotros para ella. Eso es lo grave. Porque también en toda Europa tienen los niños móviles y no los ha pisado la vergüenza de ser los últimos de la fila (o casi) como a nosotros.
Durante años, tal vez demasiados, quienes anunciábamos que la invasión tecnológica en el aula no contribuiría a mejorar la educación fuimos tachados poco menos que de retrógrados, porque lo que se llevaba era la digitalización a toda costa, la gamificación a través de las pantallas y la innovación que suponía hacerlo todo, incluso la o con un canuto, a través de un ordenador. La irrupción de la pandemia fue la gota que colmó el vaso, por supuesto, porque aquella necesidad de la virtualidad se convirtió en coyuntura globalizada para aprovechados y para empresas tecnológicas que vieron su lógica oportunidad. Pero ha pasado el tiempo y la verdad desagradable asoma.
Ahora resulta que toda esa generación, esta generación que iba a ser la más preparada de la historia porque no se miraba entre sí sino a través de pantallas, apenas sabe leer. No comprende lo que lee, o se ha acostumbrado a entender lo que le da la gana sin soltar jamás el móvil. No hay más que asomarse a las redes sociales para comprender una nueva realidad de simples imágenes con tres palabras y lectores que se enzarzan porque no entienden sino superficialmente lo que dicen los demás.
Los profetas de todo aquel futuro que no iba a ser lo que era ya nos han adelantado por la derecha suprimiendo los aparatitos de las aulas y proporcionándoles a sus niños papel en blanco y bolígrafo, como antes. Y nosotros, que nunca calibramos el valor del equilibrio, el precio de la verdadera ecología, nos vemos ante un callejón sin salida o como pollos sin cabeza. La propia administración que invirtió tanto en cacharritos reflexiona ahora apresuradamente sobre la posibilidad de invertir más en personal, pero sin convencimiento, porque esa misma administración está infectada de toda esa confusión de estímulos sin sentido que afecta a sus administrados, especialmente a los más jóvenes.
Y la realidad más dolorosa y tozuda sigue siendo la de una juventud que le tiene tirria a la lectura, que no tiene por costumbre leer comprensivamente un artículo en su totalidad, un relato, un episodio histórico, y que todo lo quiere en dibujitos o en un vídeo didáctico de diez segundos como máximo. También quienes son menos jóvenes se han ido acostumbrando ya a que se lo den todo hecho, y muchos se preguntan para qué sirve aprender nada si todo lo sabe la IA. La respuesta nos va a salir muy cara porque el sistema, y no me refiero solo al educativo, suele contestarnos con bofetadas políticas, sociales y económicas que nunca ofrecen exámenes de recuperación. Al menos de una generación a la siguiente.
La digitalización ha venido para quedarse, eso nadie lo duda, sería de absurdos apocalípticos negarlo. Y resulta de cajón integrar las nuevas tecnologías en la educación de los jóvenes, pero no porque el sistema educativo precise de ellas para seguir amueblándoles la mente a nuestros alumnos, sino porque nuestros alumnos ya la han incorporado, inevitablemente, a sus modos de vidas. Así que el aula debe ser un espacio de respiro digital, una oportunidad diaria de concentración mental a secas, un honesto entrenamiento de cada persona que precisa fortalecer sus capacidades de comprensión, cálculo y análisis de la otredad oralmente o por escrito, sin ayuda de la máquina que no solo comenzó hace siglos a quitarnos el trabajo, sino la capacidad de pensamiento propio hasta el punto de que, en tan mala medida, no hayamos conseguido que la tecnología trabaje para nosotros sino nosotros para ella. Eso es lo grave. Porque también en toda Europa tienen los niños móviles y no los ha pisado la vergüenza de ser los últimos de la fila (o casi) como a nosotros.
Comentarios