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Los Palacios y Villafranca, el pueblo que jamás se estancó: superamos los 39.000 habitantes

La inmensa mayoría de los pueblos ha tenido sus altibajos, pero el mío no: hemos ido creciendo al galope de los siglos, de la agricultura y de nuestro carácter acogedor por naturaleza, a pesar de las crisis, las guerras y los malajes

  • Una señal de tráfico indica la proximidad del pueblo. -

Aquel año remoto en que nació el poeta Gustavo Adolfo Bécquer en Sevilla, 1836, mi pueblo cambió su historia y su actitud al sumar esfuerzos, sentido común y habitantes. Se juntó Villafranca de la Marisma con Los Palacios y el pueblo de mis tatarabuelos pasó a ser Los Palacios y Villafranca. Tenía aquel flamante municipio 3.500 habitantes, una cifra nada desdeñable para un pueblo rayano con la marisma en aquella época en la que todavía faltaba un siglo para la maldita guerra civil. El siglo XX se estrenó en Los Palacios y Villafranca con 5.500 habitantes, con lo que podemos deducir que el municipio no hizo sino crecer constantemente, algo que ha hecho siempre siempre siempre, sin excepción, lo cual es un dato curioso porque cualquier municipio ha tenido sus altibajos demográficamente hablando. Y el mío no. Los Palacios y Villafranca, el octavo municipio por población -a punto de superar a Écija, por ejemplo-, ha crecido en toda circunstancia a lo largo de todos sus siglos de historia. Cuando nació mi abuelo, en el año 1919, el pueblo superaba ya los 7.000 habitantes. Y a pesar de tal cantidad se seguía diciendo "el pueblo", sin más.

¿Cómo no se va a seguir usando esa expresión todavía hoy si es que seguimos siendo pueblo aunque nos superen, demográficamente hablando, otros municipios con pintas de ciudades dormitorio como La Rinconada o Mairena del Aljarafe?

Cuando estalló la guerra civil, e incluso cuando terminó, con todo lo que ello implicó, el pueblo había superado ya los 10.000 habitantes. Hace falta reflexionar sosegadamente para calibrar hasta qué punto nuestro pueblo lo tenía todo para quedarse una vez que el forastero ponía un pie aquí. Mis antepasados me lo decían siempre: aquí todo el que viene no se va jamás. Y es cierto. Estadísticamente cierto. Porque cuando nacieron mis padres, en el 53, meses antes de la famosa nevada, Los Palacios y Villafranca rondaba los 11.500 habitantes, una cifra que puede enternecernos hoy pero que ya quisieran para sí muchos municipios andaluces que tuvieron su trascendencia histórica.

El pueblo fue creciendo, imparable, durante toda la época franquista, y conviene recordar aquí la conquista de las marismas del Guadalquivir, hasta el punto de que llegamos al año 1970 con 18.000 habitantes, pues ya se habían venido a vivir los habitantes de poblados como El Trobal o Maribáñez. Cuando murió Franco, a finales del 75, éramos ya 21.500. Cuando yo nací, en 1979, estábamos a punto de llegar a los 25.000 habitantes. Y cuando entré en la escuela oficial del gobierno, en parvulito, sumábamos la nada despreciable cantidad de 27.500.

Solo municipios con un urbanismo feroz crecen hoy en día a ese ritmo vertiginoso. Yo mismo recuerdo aquellos años 80 con multitud de barrios en proceso de construcción: vivíamos en la calle Lista, que acababa de ser asfaltada porque mis padres se habían ido a vivir allí con la calzada de tierra; más allá de mi calle no había sino un llano inmenso por el que habían pasado misteriosamente los portugueses y en el que, de vez en cuando, veíamos arder montañas de mazorcas de maíz, en una época en la que por mi calle, de acera a acera, pasaba el cabrero con su imponente rebaño. Fue en aquellos años cuando se expandió el Manchón de la Pepona; cuando siguió creciendo el pueblo más allá del Bar Rocío, por Los Ratones; cuando se fue arropando la Avenida de Utrera por ambos lados, por donde apenas unas décadas antes todo eran manchones, como el de Romero; y cuando las barriadas del Pradillo se fueron superponiendo unas a otras.

Cuando llegó el año de la Expo, en 1992, superamos una cifra psicológica: 30.000 habitantes. Con el cambio de siglo, en el año 2000, éramos ya 33.000. Y nosotros andábamos abandonando la adolescencia, sin ser consciente ni del pueblo y ni del mundo que nos esperaban. Cuando me casé, de golpe y porrazo éramos ya 36.000, porque en aquellos años, los del boom, se construyó tanto que la época pasó a bautizarse como la del ladrillo, como la del primer pelotazo del siglo XXI.

Fue en plena crisis económica, ya en el año 2012, cuando superamos los 38.000 habitantes por primera vez, y ahí nos hemos mantenido tímidamente a pesar de todas las demás crisis que han ido cercándonos en la última década y media, pero siempre creciendo, aunque fueran cien habitantes de un año para otro, pero sin perder población jamás.

Este año el Ayuntamiento acaba de sacar pecho para informarnos de que hemos superado ya una barrera que manejábamos a menudo sin que fuera real, la de los 39.000 habitantes. Somos ya 39.185. Así que, como somos por naturaleza exagerados, ya estamos autorizados a decir, chispa más o menos, con esa gracia aproximadora que nos caracteriza y que nos acerca la felicidad en cualquiera de sus materializaciones aunque no la tengamos, que andamos ya por los 40.000 habitantes. La cifra es ya, aunque no sea real, un nuevo reto estadístico.

Y uno piensa ahora en qué dirían nuestros abuelos cuando les presentábamos a un amigo y nos sentenciaban, tras preguntarle si eran del pueblo de verdad o no. "Pero ha nacido aquí, abuela", le decíamos en aquellos años. Y ella: "Sí, pero es forastero. Ese apellido no es de aquí". Gracias a todos los que no eran (no éramos) de aquí, como consagraron Los Chanclas, somos lo que somos hoy. 

 
 
 
 

Aquel año remoto en que nació el poeta Gustavo Adolfo Bécquer en Sevilla, 1836, mi pueblo cambió su historia y su actitud al sumar esfuerzos, sentido común y habitantes. Se juntó Villafranca de la Marisma con Los Palacios y el pueblo de mis tatarabuelos pasó a ser Los Palacios y Villafranca. Tenía aquel flamante municipio 3.500 habitantes, una cifra nada desdeñable para un pueblo rayano con la marisma en aquella época en la que todavía faltaba un siglo para la maldita guerra civil. El siglo XX se estrenó en Los Palacios y Villafranca con 5.500 habitantes, con lo que podemos deducir que el municipio no hizo sino crecer constantemente, algo que ha hecho siempre siempre siempre, sin excepción, lo cual es un dato curioso porque cualquier municipio ha tenido sus altibajos demográficamente hablando. Y el mío no. Los Palacios y Villafranca, el octavo municipio por población -a punto de superar a Écija, por ejemplo-, ha crecido en toda circunstancia a lo largo de todos sus siglos de historia. Cuando nació mi abuelo, en el año 1919, el pueblo superaba ya los 7.000 habitantes. Y a pesar de tal cantidad se seguía diciendo "el pueblo", sin más.

¿Cómo no se va a seguir usando esa expresión todavía hoy si es que seguimos siendo pueblo aunque nos superen, demográficamente hablando, otros municipios con pintas de ciudades dormitorio como La Rinconada o Mairena del Aljarafe?

Cuando estalló la guerra civil, e incluso cuando terminó, con todo lo que ello implicó, el pueblo había superado ya los 10.000 habitantes. Hace falta reflexionar sosegadamente para calibrar hasta qué punto nuestro pueblo lo tenía todo para quedarse una vez que el forastero ponía un pie aquí. Mis antepasados me lo decían siempre: aquí todo el que viene no se va jamás. Y es cierto. Estadísticamente cierto. Porque cuando nacieron mis padres, en el 53, meses antes de la famosa nevada, Los Palacios y Villafranca rondaba los 11.500 habitantes, una cifra que puede enternecernos hoy pero que ya quisieran para sí muchos municipios andaluces que tuvieron su trascendencia histórica.

El pueblo fue creciendo, imparable, durante toda la época franquista, y conviene recordar aquí la conquista de las marismas del Guadalquivir, hasta el punto de que llegamos al año 1970 con 18.000 habitantes, pues ya se habían venido a vivir los habitantes de poblados como El Trobal o Maribáñez. Cuando murió Franco, a finales del 75, éramos ya 21.500. Cuando yo nací, en 1979, estábamos a punto de llegar a los 25.000 habitantes. Y cuando entré en la escuela oficial del gobierno, en parvulito, sumábamos la nada despreciable cantidad de 27.500.

Solo municipios con un urbanismo feroz crecen hoy en día a ese ritmo vertiginoso. Yo mismo recuerdo aquellos años 80 con multitud de barrios en proceso de construcción: vivíamos en la calle Lista, que acababa de ser asfaltada porque mis padres se habían ido a vivir allí con la calzada de tierra; más allá de mi calle no había sino un llano inmenso por el que habían pasado misteriosamente los portugueses y en el que, de vez en cuando, veíamos arder montañas de mazorcas de maíz, en una época en la que por mi calle, de acera a acera, pasaba el cabrero con su imponente rebaño. Fue en aquellos años cuando se expandió el Manchón de la Pepona; cuando siguió creciendo el pueblo más allá del Bar Rocío, por Los Ratones; cuando se fue arropando la Avenida de Utrera por ambos lados, por donde apenas unas décadas antes todo eran manchones, como el de Romero; y cuando las barriadas del Pradillo se fueron superponiendo unas a otras.

Cuando llegó el año de la Expo, en 1992, superamos una cifra psicológica: 30.000 habitantes. Con el cambio de siglo, en el año 2000, éramos ya 33.000. Y nosotros andábamos abandonando la adolescencia, sin ser consciente ni del pueblo y ni del mundo que nos esperaban. Cuando me casé, de golpe y porrazo éramos ya 36.000, porque en aquellos años, los del boom, se construyó tanto que la época pasó a bautizarse como la del ladrillo, como la del primer pelotazo del siglo XXI.

Fue en plena crisis económica, ya en el año 2012, cuando superamos los 38.000 habitantes por primera vez, y ahí nos hemos mantenido tímidamente a pesar de todas las demás crisis que han ido cercándonos en la última década y media, pero siempre creciendo, aunque fueran cien habitantes de un año para otro, pero sin perder población jamás.

Este año el Ayuntamiento acaba de sacar pecho para informarnos de que hemos superado ya una barrera que manejábamos a menudo sin que fuera real, la de los 39.000 habitantes. Somos ya 39.185. Así que, como somos por naturaleza exagerados, ya estamos autorizados a decir, chispa más o menos, con esa gracia aproximadora que nos caracteriza y que nos acerca la felicidad en cualquiera de sus materializaciones aunque no la tengamos, que andamos ya por los 40.000 habitantes. La cifra es ya, aunque no sea real, un nuevo reto estadístico.

Y uno piensa ahora en qué dirían nuestros abuelos cuando les presentábamos a un amigo y nos sentenciaban, tras preguntarle si eran del pueblo de verdad o no. "Pero ha nacido aquí, abuela", le decíamos en aquellos años. Y ella: "Sí, pero es forastero. Ese apellido no es de aquí". Gracias a todos los que no eran (no éramos) de aquí, como consagraron Los Chanclas, somos lo que somos hoy. 

 
 
 
 
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