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La Liga por encima y por debajo del Betis

El fútbol –ese escaparate, ese negocio, esa obsesión, esa gloria y ese infierno- te pone y te quita, te sube o te precipita, y después de aquel beso tan inoportuno entre jugadora y jefazo sería cuestión de medir mucho mejor las palabras, pero a los jefes no les importan

  • La plantilla del Betis, tras certificar su billete para la Champions. -

Hacía muchas Ligas que no se veía un panorama tan ajustado a falta de un par de partidos: la Real Sociedad, en el puesto 8º, tiene casi las mismas posibilidades de bajar a Segunda División que el Español, que va 14º. Pero es que el Alavés, que va 15º, tiene las mismas posibilidades de bajar que el Girona, que ya va 19º y no pierde sus opciones porque, como él, hay otros siete equipos con calenturas de purgatorio.

Entre el 8º y el penúltimo puesto hay una diferencia de solo cinco puntos. La cosa está que arde y hay 13 equipos (qué mala pata) que no están matemáticamente salvados aún. El Real Betis Balompié sí lo está, y, encima, en esa gloria mundana que se llama Champions –la quinta ya de Isco, que merecía este colofón-, aunque por encima de este grandísimo equipo que amasa precisamente su quinto puesto en la Liga estén esos otros galácticos coronados por el Fútbol Club Barcelona, el eterno rival de ese otro equipo cuyo presidente hace el ridículo en sus propios saraos por no entender que ni siquiera la pela te salva de la condena popular por machista sin gracia.

La soberbia perjudica seriamente la salud de la imagen, y no solamente personal. ¿A quién se le ocurre llamar “niña” a una profesional del periodismo como sus compañeros? ¿A quién se le ocurre decirle que es más guapa que los demás? ¿A quién se le pasa por la cabeza poner en duda lo que sabe una periodista de fútbol por el simple hecho de ser mujer? Solamente a alguien que se crea por encima del bien y del mal y del tiempo en el que le ha tocado en suerte vivir. Y que no solamente se lo crea. Solamente a alguien que está ya fuera de este tiempo y este espacio. Y que, por desgracia por él, ni él mismo lo sabe.

El fútbol –ese escaparate, ese negocio, esa obsesión, esa gloria y ese infierno- te pone y te quita, te sube o te precipita, y después de aquel beso tan inoportuno entre jugadora y jefazo de cuyos nombres ya casi nadie prefiere acordarse, sería cuestión de medir mucho mejor las palabras. Pero qué vamos a esperar del deporte al que llaman rey si los propios reyes no dan ejemplo y por encima de ellos solo respetan a un dios con minúscula, es decir, a un tipo que invocaba la divinidad con la mano, invisible para el árbitro. Hasta la próxima semana vamos a vivir intensamente la épica alegórica de esta vanidad de vanidades que es el fútbol en un mundo que olvida constantemente que, como en el ajedrez, el peón y el rey terminan en el mismo cajón cada vez que acaba la partida.

Hacía muchas Ligas que no se veía un panorama tan ajustado a falta de un par de partidos: la Real Sociedad, en el puesto 8º, tiene casi las mismas posibilidades de bajar a Segunda División que el Español, que va 14º. Pero es que el Alavés, que va 15º, tiene las mismas posibilidades de bajar que el Girona, que ya va 19º y no pierde sus opciones porque, como él, hay otros siete equipos con calenturas de purgatorio.

Entre el 8º y el penúltimo puesto hay una diferencia de solo cinco puntos. La cosa está que arde y hay 13 equipos (qué mala pata) que no están matemáticamente salvados aún. El Real Betis Balompié sí lo está, y, encima, en esa gloria mundana que se llama Champions –la quinta ya de Isco, que merecía este colofón-, aunque por encima de este grandísimo equipo que amasa precisamente su quinto puesto en la Liga estén esos otros galácticos coronados por el Fútbol Club Barcelona, el eterno rival de ese otro equipo cuyo presidente hace el ridículo en sus propios saraos por no entender que ni siquiera la pela te salva de la condena popular por machista sin gracia.

La soberbia perjudica seriamente la salud de la imagen, y no solamente personal. ¿A quién se le ocurre llamar “niña” a una profesional del periodismo como sus compañeros? ¿A quién se le ocurre decirle que es más guapa que los demás? ¿A quién se le pasa por la cabeza poner en duda lo que sabe una periodista de fútbol por el simple hecho de ser mujer? Solamente a alguien que se crea por encima del bien y del mal y del tiempo en el que le ha tocado en suerte vivir. Y que no solamente se lo crea. Solamente a alguien que está ya fuera de este tiempo y este espacio. Y que, por desgracia por él, ni él mismo lo sabe.

El fútbol –ese escaparate, ese negocio, esa obsesión, esa gloria y ese infierno- te pone y te quita, te sube o te precipita, y después de aquel beso tan inoportuno entre jugadora y jefazo de cuyos nombres ya casi nadie prefiere acordarse, sería cuestión de medir mucho mejor las palabras. Pero qué vamos a esperar del deporte al que llaman rey si los propios reyes no dan ejemplo y por encima de ellos solo respetan a un dios con minúscula, es decir, a un tipo que invocaba la divinidad con la mano, invisible para el árbitro. Hasta la próxima semana vamos a vivir intensamente la épica alegórica de esta vanidad de vanidades que es el fútbol en un mundo que olvida constantemente que, como en el ajedrez, el peón y el rey terminan en el mismo cajón cada vez que acaba la partida.

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