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Justicia por fin para los no fumadores

Nos ha faltado una calada de fumador pasivo para pedirles disculpas a ellos por mirarlos de reojo, aunque toda nuestra defensa consistiera en una mirada suplicante para atisbar en sus gestos, en la vida que le quedara al maldito cigarrillo, la intención improbable de que aplastara la colilla de una puñetera vez

  • Fumadores sobre un cenicero repleto de colillas.

Con la nueva ley antitabaco nos quitamos de en medio a esos fumadores de las terrazas de los bares que hacen sentirte que el que estorbas eres tú, ese tipo que aspira el humo como se aspiran otros elixires en la vida, tal y como lo aspiraba, pujando levemente, aquel maestro de escuela cuando se podía dar clases fumando, y te expulsa el humo tal y como aquel maestro lo exhalaba, haciendo volutas y todo, recochineándose por su estatus, el de comensal que paga igual que tú pero disfruta triplemente: por comer, por poder fumar y por joderte a ti y a tu familia esa cena en la que no habíais contado con su presencia, siempre tan crucial.

Crucial de cruz, quiero decir, porque aguantar a un fumador al lado mientras se almuerza o se cena ha sido, desde que nos acostumbramos a que oficialmente nos habíamos librado de ellos, un castigo en silencio convertido en síndrome de Estocolmo: nos ha faltado una calada de fumador pasivo para pedirles disculpas a ellos por mirarlos de reojo, aunque toda nuestra defensa haya consistido hasta ahora en eso, en una mirada de soslayo, apenas suplicante, entre educada y mínimamente reprobadora, para atisbar en sus gestos, en la vida que le quedara al maldito cigarrillo, la intención improbable de que aplastara la colilla de una puñetera vez.

Lo hemos vivido todos: alguna vez han aplastado la colilla pero de forma despreocupada e inconclusa, de modo que a esta le ha quedado un hálito de insalubridad en forma de humo porculero, un hilillo de humo agonizante que se resistía a apagarse del todo, ondeando en el aire durante casi el mismo tiempo que duró la fumata. Y entonces el fumador en cuestión nos ha hecho volver a sentirnos culpables, porque hemos pensado que había apagado el cigarro por nosotros, por nuestras miradas quejumbrosas, y encima seguíamos quejándonos solo por esa colilla de mala muerte que no se ha apagado definitivamente, como si los quisquillosos fuéramos nosotros, que en vez de centrarnos en el sabor de nuestra comida no pudiésemos ya pensar en otra cosa que levantarnos y aplastar de una vez por todas la colilla de los cojones.

Ahora saldrán diciendo los fumadores que ya está bien, que no es de recibo la nueva ley porque los no fumadores ya los echamos de los salones incluso los días de lluvias torrenciales, y que un límite debió de haber siempre, un rastro de conmiseración con ellos, un hilillo de lástima, una voluta finísima de humo imperceptible en forma de consideración con su inevitable vicio. Y lo único que se me ocurre, a mí al menos, es que, ahora en verano, recuperen los salones cada vez más vacíos de los restaurantes, las habitaciones cerradas de los comensales para que ellos mismos disfruten de sus comidas ahumadas mientras los demás disfrutamos por derecho propio del aire puro, libre y privilegiado de las terrazas sin tener que pedir perdón, y que cuando lleguen los peores días del invierno, sea al revés. Quizá sea la única forma de ir acabando con el peor de los descubrimientos de Colón.

Con la nueva ley antitabaco nos quitamos de en medio a esos fumadores de las terrazas de los bares que hacen sentirte que el que estorbas eres tú, ese tipo que aspira el humo como se aspiran otros elixires en la vida, tal y como lo aspiraba, pujando levemente, aquel maestro de escuela cuando se podía dar clases fumando, y te expulsa el humo tal y como aquel maestro lo exhalaba, haciendo volutas y todo, recochineándose por su estatus, el de comensal que paga igual que tú pero disfruta triplemente: por comer, por poder fumar y por joderte a ti y a tu familia esa cena en la que no habíais contado con su presencia, siempre tan crucial.

Crucial de cruz, quiero decir, porque aguantar a un fumador al lado mientras se almuerza o se cena ha sido, desde que nos acostumbramos a que oficialmente nos habíamos librado de ellos, un castigo en silencio convertido en síndrome de Estocolmo: nos ha faltado una calada de fumador pasivo para pedirles disculpas a ellos por mirarlos de reojo, aunque toda nuestra defensa haya consistido hasta ahora en eso, en una mirada de soslayo, apenas suplicante, entre educada y mínimamente reprobadora, para atisbar en sus gestos, en la vida que le quedara al maldito cigarrillo, la intención improbable de que aplastara la colilla de una puñetera vez.

Lo hemos vivido todos: alguna vez han aplastado la colilla pero de forma despreocupada e inconclusa, de modo que a esta le ha quedado un hálito de insalubridad en forma de humo porculero, un hilillo de humo agonizante que se resistía a apagarse del todo, ondeando en el aire durante casi el mismo tiempo que duró la fumata. Y entonces el fumador en cuestión nos ha hecho volver a sentirnos culpables, porque hemos pensado que había apagado el cigarro por nosotros, por nuestras miradas quejumbrosas, y encima seguíamos quejándonos solo por esa colilla de mala muerte que no se ha apagado definitivamente, como si los quisquillosos fuéramos nosotros, que en vez de centrarnos en el sabor de nuestra comida no pudiésemos ya pensar en otra cosa que levantarnos y aplastar de una vez por todas la colilla de los cojones.

Ahora saldrán diciendo los fumadores que ya está bien, que no es de recibo la nueva ley porque los no fumadores ya los echamos de los salones incluso los días de lluvias torrenciales, y que un límite debió de haber siempre, un rastro de conmiseración con ellos, un hilillo de lástima, una voluta finísima de humo imperceptible en forma de consideración con su inevitable vicio. Y lo único que se me ocurre, a mí al menos, es que, ahora en verano, recuperen los salones cada vez más vacíos de los restaurantes, las habitaciones cerradas de los comensales para que ellos mismos disfruten de sus comidas ahumadas mientras los demás disfrutamos por derecho propio del aire puro, libre y privilegiado de las terrazas sin tener que pedir perdón, y que cuando lleguen los peores días del invierno, sea al revés. Quizá sea la única forma de ir acabando con el peor de los descubrimientos de Colón.

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