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Cernuda en Sevilla: nunca hubo derecho a tanto olvido

Luis Cernuda estudió Derecho casi por inercia familiar, por licenciarse en lo que fuera y luego dedicarse a la poesía, que era lo que lo había subyugado desde las primeras veces que sus hermanas le dieron a leer las Rimas de Bécquer

  • El alcalde de Sevilla, José Luis Sanz, cuando empezó la rehabilitación de la Casa Cernuda hace más de dos años. -

Tu sueño y tu recuerdo, ¿quién lo olvida, / Tierra nativa, más mía cuanto más lejana?”, escribió Luis Cernuda, el autor de Ocnos –seguramente el mayor poemario en prosa que se ha escrito sobre Sevilla-, en plena posguerra española sobre el lugar que lo vio nacer, de donde él huyó definitivamente, en aquellos fríos escoceses que le dieron sin embargo el calor suficiente para consolidar su poesía desde la más estricta soledad. Allí en Escocia terminó de configurar el poemario titulado Como quien espera el alba, otro de los baluartes poéticos que iba a constituir esa obra en marcha que fue durante toda su vida La realidad y el deseo.

No hace demasiado tiempo que otro sevillano enamorado de Irlanda, Antonio Rivero Taravillo, ya en el cielo de los poetas y los traductores, trabajó tanto por su paisano olvidado que consiguió lo que parecía imposible en una tierra de tanto olvido, no solo que se acelerara el proyecto de musealización de la casa natal del autor de Donde habite el olvido, sino que el poeta se pusiese de moda e incluso que la ponencia de Selectividad lo eligiese entre todos los poetas andaluces para que protagonizara la lectura obligada de los muchachos que aspiraban a entrar en la Universidad.

Ahora ha sido el Colegio de Abogados de Sevilla el que ha patrocinado la placa que se le ha colocado a Cernuda en el pavimento de la calle Tetuán con vocación de que se convierta en un paseo de los poetas del 27. La labor es muy loable, pero uno tiene más remedio que imaginarse la actitud ante tanta loa del propio Luis desde Inglaterra, por ejemplo, donde trabajó como exquisito traductor para la BBC; o desde EEUU, donde proyectó todo el potencial que la poesía y el amor le tenían reservado; o desde México, donde encontró la muerte repentina después de escribir aquellos versos tan doloridos: “¿Volver? Vuelva el que tenga, / tras largos años, tras un largo viaje, / cansancio del camino y la codicia / de su tierra, su casa, sus amigos, / del amor que al regreso fiel le espere”. Pero no era su caso.

Luis, monosílabo y sin tilde desde que nació pese a lo que vean ustedes ahora en la placa al pasar, estudió Derecho porque era entonces la carrera de los niños bien. También estudió la misma carrera Manuel Altolaguirre, aunque luego se dedicara a la impresión; y Vicente Aleixandre, Premio Nobel de Literatura al fin y al cabo y sin más pleitos; e incluso Federico García Lorca, para que el padre lo dejara en paz, con su piano y sus conferencias, en la Residencia de Estudiantes; y Joaquín Romero Murube, que tuvo que dejarlo a medias porque la muerte repentina de su padre lo obligó a colocarse en una caja de ahorros; y hasta Fernando Villalón, que dejó la carrera por la garrocha y luego se licenció a los 45 años, cuando su integración en la Generación del 27 y su naciente obra literaria lo terminaron de motivar para quitarse de en medio aquellas tres últimas asignaturas que lo habían perseguido toda su vida; y, en fin, hasta Pedro Salinas empezó Derecho antes de darse cuenta de que su verdadera vocación eran las letras, y no en vano se convirtió en catedrático de Literatura a la tempranísima edad de 26 años.

Luis Cernuda estudió Derecho casi por inercia familiar, por licenciarse en lo que fuera y luego dedicarse a la poesía, que era lo que lo había subyugado desde las primeras veces que sus hermanas le dieron a leer las Rimas de Bécquer. Luego se fue de Sevilla muy tempranamente, no exactamente por la guerra civil, en la que nadie pensaba aún, sino por otros demonios interiores. “Si el hombre pudiera decir lo que ama, / si el hombre pudiera levantar su amor por el cielo / como una nube en la luz; / si como muros que se derrumban, / para saludar la verdad erguida en medio, / pudiera derrumbar su cuerpo, / dejando solo la verdad de su amor, / la verdad de sí mismo, / que no se llama gloria, fortuna o ambición, / sino amor o deseo…”.

Pero ni la Sevilla de aquel momento ni su propia familia estaban para que un hombre, ni siquiera él, pudiera decir lo que amaba. Ni la Sevilla de entonces ni nuestro país estaban para que un hombre, ni siquiera él, pudiera levantar su amor por el cielo, qué escándalo, ni para que se derrumbasen más muros que para construir los nuevos con que íbamos a perder aquellos cielos, como vaticinó Romero Murube, el único poeta de aquellos amigos que lo apoyó pública y claramente cuando Luis, sin tilde y monosílabo, publicó aquel primer Perfil del Aire con cuya escasa repercusión terminó enrocándose sobre sí mismo aunque hoy pensemos que no hubo derecho. Así pasó.  

Luis Cernuda estudió Derecho y se entregó derecho a la poesía como un poeta maldito cuando en este país no sabíamos aún lo que significaba eso del malditismo en poesía. “El encanto de aquella tierra llana, / Extendida como una mano abierta, / Adonde el limonero encima de la fuente / Suspendía su fruto entre el ramaje”, escribió desde Glasgow Luis pensando en don Antonio Machado. “El muro viejo en cuya barda abría / A la tarde su flor azul la enredadera / Y al cual la golondrina en el verano / Tornaba siempre hacia su antiguo nido”, siguió escribiendo desde aquella fría ciudad del norte Luis, pensando en Gustavo Adolfo. Y fue rematando aquel duelo de nostalgia con los versos más duros y bellos que iba a esculpir aquel español sin demasiados derechos cuando hablaba de su tierra: “Todo vuelve otra vez vivo a la mente. / Irreparable ya con el andar del tiempo, / Y su recuerdo ahora me traspasa / El pecho tal puñal fino y seguro”.

Ahora paseamos nosotros por la calle Tetuán y pisamos el nombre acentuado de este Luis que para su maestro Pedro Salinas eran tan “difícil de conocer”. Escribió el autor de La voz a ti debida esto de su alumno, aquel poeta que estudiaba Derecho: “Delicado, pudorosísimo, guardándose su intimidad para él solo, y para las abejas de su poesía… Por dentro, cristal. Porque era el más Licenciado Vidriera de todos, el que más aparta a la gente de sí, por temor de que le rompan algo”.

Ahora que quedan tantos nombres de la Generación del 27 por colocar en este paseo sevillano de los poetas después de que el primero que haya considerado el Ayuntamiento de Sevilla fuera el torero sin versos Sánchez Mejías solo por lo que hizo por hacer piña, nos imaginamos a Luis Cernuda eligiendo él mismo, por orden, qué nombres deberían seguir apareciendo. El poeta al que no le gustaba lo de Generación del 27 porque prefería Generación del 25, iría proponiendo una lista de nombres que seguramente no coincidirá con la que veremos aparecer en esta calle de Sevilla. Pero ya lo intuyó Joaquín desde el Alcázar mientras Luis escribía en Glasgow: “Nadie la ve ni le habla. / Nadie sabe que ella es mía. / No vive en ninguna calle / ni en ninguna casa habita. / ¡Amigo, qué novia tengo / en el aire de Sevilla!”.  

Tu sueño y tu recuerdo, ¿quién lo olvida, / Tierra nativa, más mía cuanto más lejana?”, escribió Luis Cernuda, el autor de Ocnos –seguramente el mayor poemario en prosa que se ha escrito sobre Sevilla-, en plena posguerra española sobre el lugar que lo vio nacer, de donde él huyó definitivamente, en aquellos fríos escoceses que le dieron sin embargo el calor suficiente para consolidar su poesía desde la más estricta soledad. Allí en Escocia terminó de configurar el poemario titulado Como quien espera el alba, otro de los baluartes poéticos que iba a constituir esa obra en marcha que fue durante toda su vida La realidad y el deseo.

No hace demasiado tiempo que otro sevillano enamorado de Irlanda, Antonio Rivero Taravillo, ya en el cielo de los poetas y los traductores, trabajó tanto por su paisano olvidado que consiguió lo que parecía imposible en una tierra de tanto olvido, no solo que se acelerara el proyecto de musealización de la casa natal del autor de Donde habite el olvido, sino que el poeta se pusiese de moda e incluso que la ponencia de Selectividad lo eligiese entre todos los poetas andaluces para que protagonizara la lectura obligada de los muchachos que aspiraban a entrar en la Universidad.

Ahora ha sido el Colegio de Abogados de Sevilla el que ha patrocinado la placa que se le ha colocado a Cernuda en el pavimento de la calle Tetuán con vocación de que se convierta en un paseo de los poetas del 27. La labor es muy loable, pero uno tiene más remedio que imaginarse la actitud ante tanta loa del propio Luis desde Inglaterra, por ejemplo, donde trabajó como exquisito traductor para la BBC; o desde EEUU, donde proyectó todo el potencial que la poesía y el amor le tenían reservado; o desde México, donde encontró la muerte repentina después de escribir aquellos versos tan doloridos: “¿Volver? Vuelva el que tenga, / tras largos años, tras un largo viaje, / cansancio del camino y la codicia / de su tierra, su casa, sus amigos, / del amor que al regreso fiel le espere”. Pero no era su caso.

Luis, monosílabo y sin tilde desde que nació pese a lo que vean ustedes ahora en la placa al pasar, estudió Derecho porque era entonces la carrera de los niños bien. También estudió la misma carrera Manuel Altolaguirre, aunque luego se dedicara a la impresión; y Vicente Aleixandre, Premio Nobel de Literatura al fin y al cabo y sin más pleitos; e incluso Federico García Lorca, para que el padre lo dejara en paz, con su piano y sus conferencias, en la Residencia de Estudiantes; y Joaquín Romero Murube, que tuvo que dejarlo a medias porque la muerte repentina de su padre lo obligó a colocarse en una caja de ahorros; y hasta Fernando Villalón, que dejó la carrera por la garrocha y luego se licenció a los 45 años, cuando su integración en la Generación del 27 y su naciente obra literaria lo terminaron de motivar para quitarse de en medio aquellas tres últimas asignaturas que lo habían perseguido toda su vida; y, en fin, hasta Pedro Salinas empezó Derecho antes de darse cuenta de que su verdadera vocación eran las letras, y no en vano se convirtió en catedrático de Literatura a la tempranísima edad de 26 años.

Luis Cernuda estudió Derecho casi por inercia familiar, por licenciarse en lo que fuera y luego dedicarse a la poesía, que era lo que lo había subyugado desde las primeras veces que sus hermanas le dieron a leer las Rimas de Bécquer. Luego se fue de Sevilla muy tempranamente, no exactamente por la guerra civil, en la que nadie pensaba aún, sino por otros demonios interiores. “Si el hombre pudiera decir lo que ama, / si el hombre pudiera levantar su amor por el cielo / como una nube en la luz; / si como muros que se derrumban, / para saludar la verdad erguida en medio, / pudiera derrumbar su cuerpo, / dejando solo la verdad de su amor, / la verdad de sí mismo, / que no se llama gloria, fortuna o ambición, / sino amor o deseo…”.

Pero ni la Sevilla de aquel momento ni su propia familia estaban para que un hombre, ni siquiera él, pudiera decir lo que amaba. Ni la Sevilla de entonces ni nuestro país estaban para que un hombre, ni siquiera él, pudiera levantar su amor por el cielo, qué escándalo, ni para que se derrumbasen más muros que para construir los nuevos con que íbamos a perder aquellos cielos, como vaticinó Romero Murube, el único poeta de aquellos amigos que lo apoyó pública y claramente cuando Luis, sin tilde y monosílabo, publicó aquel primer Perfil del Aire con cuya escasa repercusión terminó enrocándose sobre sí mismo aunque hoy pensemos que no hubo derecho. Así pasó.  

Luis Cernuda estudió Derecho y se entregó derecho a la poesía como un poeta maldito cuando en este país no sabíamos aún lo que significaba eso del malditismo en poesía. “El encanto de aquella tierra llana, / Extendida como una mano abierta, / Adonde el limonero encima de la fuente / Suspendía su fruto entre el ramaje”, escribió desde Glasgow Luis pensando en don Antonio Machado. “El muro viejo en cuya barda abría / A la tarde su flor azul la enredadera / Y al cual la golondrina en el verano / Tornaba siempre hacia su antiguo nido”, siguió escribiendo desde aquella fría ciudad del norte Luis, pensando en Gustavo Adolfo. Y fue rematando aquel duelo de nostalgia con los versos más duros y bellos que iba a esculpir aquel español sin demasiados derechos cuando hablaba de su tierra: “Todo vuelve otra vez vivo a la mente. / Irreparable ya con el andar del tiempo, / Y su recuerdo ahora me traspasa / El pecho tal puñal fino y seguro”.

Ahora paseamos nosotros por la calle Tetuán y pisamos el nombre acentuado de este Luis que para su maestro Pedro Salinas eran tan “difícil de conocer”. Escribió el autor de La voz a ti debida esto de su alumno, aquel poeta que estudiaba Derecho: “Delicado, pudorosísimo, guardándose su intimidad para él solo, y para las abejas de su poesía… Por dentro, cristal. Porque era el más Licenciado Vidriera de todos, el que más aparta a la gente de sí, por temor de que le rompan algo”.

Ahora que quedan tantos nombres de la Generación del 27 por colocar en este paseo sevillano de los poetas después de que el primero que haya considerado el Ayuntamiento de Sevilla fuera el torero sin versos Sánchez Mejías solo por lo que hizo por hacer piña, nos imaginamos a Luis Cernuda eligiendo él mismo, por orden, qué nombres deberían seguir apareciendo. El poeta al que no le gustaba lo de Generación del 27 porque prefería Generación del 25, iría proponiendo una lista de nombres que seguramente no coincidirá con la que veremos aparecer en esta calle de Sevilla. Pero ya lo intuyó Joaquín desde el Alcázar mientras Luis escribía en Glasgow: “Nadie la ve ni le habla. / Nadie sabe que ella es mía. / No vive en ninguna calle / ni en ninguna casa habita. / ¡Amigo, qué novia tengo / en el aire de Sevilla!”.  

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