A pesar de Trump y de su rechazo a que se hablara español, a pesar de subtitular a nuestro andaluz donde debería promocionarse, a pesar de Infantino, a pesar de a cuantos españoles les negaron la entrada en EEUU, a pesar de la genialidad de Messi, que creció y se hizo gigante en España, y a pesar del azar al que nos sometemos en el fútbol, nuestra Selección es campeona del mundo porque nunca fuimos uno a uno, como en una pasarela de inútiles vanidades, sino siempre en equipo, coordinados en esa seguridad de que ganaríamos o perderíamos todos, pero como grupo, como nación, como un pueblo que comprendió hace siglos que, como dijo el poeta Goytisolo, un hombre solo, una mujer / así tomados, de uno en uno / son como polvo, no son nada. De modo que América, de punta a punta, vuelve a explicarse en español, es decir, en castellano, en cristiano o román paladino de toda su vida y la nuestra. Hablando se entiende la gente.
Y eso que lo hacemos con diversidad de lenguas, dialectos y acentos por doquier, o precisamente por eso. Porque hemos llevado en el equipo a catalanes, vascos, gallegos, extremeños, andaluces y canarios sin que ninguno de ellos tuviera problema alguno con su manera de comunicarse ni con sus íntimos orgullos de patrias chicas, sino al revés, pues cada cual se ha agarrado a sus propias raíces para no tambalearse en los momentos de máxima tensión, que los ha habido.
En esa rica mezcolanza, en ese nutritivo gazpacho de personalidades, talentos y orígenes ha estado la clave de que hayamos demostrado tener el mejor equipo del mundo. Sin individualidades galácticas, sino con chicos normales y corrientes cada cual de su padre o de su madre o de los dos; sin soberbias, pues todos se han alegrado con cada aportación del compañero, por nimia que fuera. Si el fútbol es fundamentalmente un deporte de equipo y estrategia compartida, España ha sabido demostrarlo mejor que ninguna otra selección del mundo. Y le ha funcionado. Y ese ejemplo debería cundir también fuera del fútbol, porque todo lo que hacemos en esta vida es cuestión de que funcionemos en equipo: la familia, la casa, el trabajo, el ocio y el negocio. Como suele decirse de las bromas, solo lo son si nos reímos todos.
Esa valiosa lección nos la ha dado el seleccionador Luis de la Fuente, ese hombre al que no le preocupaba el siguiente partido sino viajar en helicóptero, ese señor que no andaba feliz por ganar otro partido sino por levantarse entero cada mañana, ese entrenador capaz de separar el trigo de la paja, de exigirles a sus jugadores el máximo nivel y de rezarle al Cachorro de Triana, de aguantar los chaparrones de quienes no saben nada de la vida y pretenden dar lecciones de fútbol y, a continuación, ser educado incluso con los argentinos más insolentes.
Mañana recibirán con honores a Fabián y a Gavi en mi pueblo y el suyo. Y me alegra muy en el fondo que sea este municipio, con tan justa fama de acogedor y a donde le vendría bien pasar una temporadita a Donald, el único de España y del mundo que ha dado no solo a dos campeones del mundo que siguen viviendo aquí, sino a tres, porque nadie se olvida del capitán Navas, ese muchacho tan humilde que siempre prefirió ser buena persona a buen jugador, aunque sea las dos cosas. Pero todo tiene un orden y ese orden es el que hemos aprendido con España.
A pesar de Trump y de su rechazo a que se hablara español, a pesar de subtitular a nuestro andaluz donde debería promocionarse, a pesar de Infantino, a pesar de a cuantos españoles les negaron la entrada en EEUU, a pesar de la genialidad de Messi, que creció y se hizo gigante en España, y a pesar del azar al que nos sometemos en el fútbol, nuestra Selección es campeona del mundo porque nunca fuimos uno a uno, como en una pasarela de inútiles vanidades, sino siempre en equipo, coordinados en esa seguridad de que ganaríamos o perderíamos todos, pero como grupo, como nación, como un pueblo que comprendió hace siglos que, como dijo el poeta Goytisolo, un hombre solo, una mujer / así tomados, de uno en uno / son como polvo, no son nada. De modo que América, de punta a punta, vuelve a explicarse en español, es decir, en castellano, en cristiano o román paladino de toda su vida y la nuestra. Hablando se entiende la gente.
Y eso que lo hacemos con diversidad de lenguas, dialectos y acentos por doquier, o precisamente por eso. Porque hemos llevado en el equipo a catalanes, vascos, gallegos, extremeños, andaluces y canarios sin que ninguno de ellos tuviera problema alguno con su manera de comunicarse ni con sus íntimos orgullos de patrias chicas, sino al revés, pues cada cual se ha agarrado a sus propias raíces para no tambalearse en los momentos de máxima tensión, que los ha habido.
En esa rica mezcolanza, en ese nutritivo gazpacho de personalidades, talentos y orígenes ha estado la clave de que hayamos demostrado tener el mejor equipo del mundo. Sin individualidades galácticas, sino con chicos normales y corrientes cada cual de su padre o de su madre o de los dos; sin soberbias, pues todos se han alegrado con cada aportación del compañero, por nimia que fuera. Si el fútbol es fundamentalmente un deporte de equipo y estrategia compartida, España ha sabido demostrarlo mejor que ninguna otra selección del mundo. Y le ha funcionado. Y ese ejemplo debería cundir también fuera del fútbol, porque todo lo que hacemos en esta vida es cuestión de que funcionemos en equipo: la familia, la casa, el trabajo, el ocio y el negocio. Como suele decirse de las bromas, solo lo son si nos reímos todos.
Esa valiosa lección nos la ha dado el seleccionador Luis de la Fuente, ese hombre al que no le preocupaba el siguiente partido sino viajar en helicóptero, ese señor que no andaba feliz por ganar otro partido sino por levantarse entero cada mañana, ese entrenador capaz de separar el trigo de la paja, de exigirles a sus jugadores el máximo nivel y de rezarle al Cachorro de Triana, de aguantar los chaparrones de quienes no saben nada de la vida y pretenden dar lecciones de fútbol y, a continuación, ser educado incluso con los argentinos más insolentes.
Mañana recibirán con honores a Fabián y a Gavi en mi pueblo y el suyo. Y me alegra muy en el fondo que sea este municipio, con tan justa fama de acogedor y a donde le vendría bien pasar una temporadita a Donald, el único de España y del mundo que ha dado no solo a dos campeones del mundo que siguen viviendo aquí, sino a tres, porque nadie se olvida del capitán Navas, ese muchacho tan humilde que siempre prefirió ser buena persona a buen jugador, aunque sea las dos cosas. Pero todo tiene un orden y ese orden es el que hemos aprendido con España.
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