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la señal errante

Ayudamos cuando quieren

En el misterio partimos de la base de que no toda la sociedad cree en la existencia de estas entidades

  • Sesión espiritista en una imagen de archivo.

Uno de los motivos por los que la parapsicología tiene dificultades para ser considerada una ciencia estricta es la imposibilidad de realizar un experimento en un entorno controlado y repetir sus resultados. Y no creo que esto se deba a que la disciplina sea humo, sino a la naturaleza de su objeto de estudio: Estamos tratando con entidades no físicas dotadas de conciencia propia. 

Algunos podrían alegar que en las ciencias sociales; sobre todo dentro del trabajo social o la educación social; la situación debería ser similar. Desde mi conocimiento académico en esa rama, la dinámica guarda claros paralelismos. Un trabajador social se basa en estudios o ensayos que indican que, si realiza una intervención en un núcleo familiar desestructurado desde cierto enfoque, debería obtener unos resultados concretos. No obstante, al tratar con personas, el desenlace siempre es incierto. 

Curiosamente, estas disciplinas sociales se consideran ciencias porque, aunque la metodología se adapte según el caso, existe una sistematización sobre sujetos empíricamente observables. A la parapsicología, sin embargo, se le exige una predictibilidad de laboratorio que resulta inalcanzable, por mucho que avance la tecnología, porque seguimos tratando con personas; desprovistas de cuerpo físico, sí; pero con voluntad al fin y al cabo. 

Una de las cuestiones que siempre me planteo cuando mi equipo arranca un nuevo caso es si la entidad a la que vamos a tratar quiere ser ayudada. Puede que sea consciente de su realidad y, simplemente, no quiera marcharse. O quizá, al desconocer que ha fallecido, tampoco desee partir. O directamente, ¿quiénes somos nosotros para exigirle siquiera una respuesta? 

A diferencia de las profesiones enfocadas en los servicios a la sociedad, las instituciones actúan cuando perciben un riesgo para un entorno o cuando se cometen negligencias con personas vulnerables. Aun así, si la persona no quiere ser ayudada, muchas veces no se puede intervenir, pese a contar con las mejores herramientas. La gran diferencia radica en que, en el ámbito social, el usuario es visible y su existencia es innegable para todos. En el misterio, por el contrario, partimos de la base de que no toda la sociedad cree en la existencia de estas entidades. 

Si a lo anterior sumamos que existen estudios; los cuales apoyo; que descartan posibles indicios anómalos en lugares supuestamente encantados, el asunto se recrudece aún más. Además, el turismo de misterio corre el riesgo de encasillarnos exclusivamente en una rama cultural: Folklore, curiosidades

históricas o antropología. Esto nos otorga cierta dignificación, pero en un sentido que nos puede perjudicar frente a nuestro objetivo de investigación original. 

No es negativo que se nos valore dentro de competencias como la historia, la sociología o la antropología. El problema es que podríamos perder el frente de batalla para dialogar de igual a igual con disciplinas como la psicología, la neurociencia o la física cuántica, si asumimos que nuestro único valor reside en ser una enseñanza del comportamiento moral de una sociedad o el diario del pasado de una ciudad. 

Pero muchas personas olvidan que la parapsicología es mucho más que leyendas urbanas. Hablamos de casos parapsicológicos actuales con testigos reales, investigaciones de campo y fenómenos de difícil explicación como la teleplastia o la psicoquinesis, entre otros factores. 

Y, como titula este artículo, solo podemos demostrar algo cuando ellos quieren. Solo podemos ayudar con su consentimiento. Es por ello que mantengo una perspectiva un tanto pesimista sobre la posibilidad de que esta exigencia de repetición controlada cambie algún día. 

Uno de los motivos por los que la parapsicología tiene dificultades para ser considerada una ciencia estricta es la imposibilidad de realizar un experimento en un entorno controlado y repetir sus resultados. Y no creo que esto se deba a que la disciplina sea humo, sino a la naturaleza de su objeto de estudio: Estamos tratando con entidades no físicas dotadas de conciencia propia. 

Algunos podrían alegar que en las ciencias sociales; sobre todo dentro del trabajo social o la educación social; la situación debería ser similar. Desde mi conocimiento académico en esa rama, la dinámica guarda claros paralelismos. Un trabajador social se basa en estudios o ensayos que indican que, si realiza una intervención en un núcleo familiar desestructurado desde cierto enfoque, debería obtener unos resultados concretos. No obstante, al tratar con personas, el desenlace siempre es incierto. 

Curiosamente, estas disciplinas sociales se consideran ciencias porque, aunque la metodología se adapte según el caso, existe una sistematización sobre sujetos empíricamente observables. A la parapsicología, sin embargo, se le exige una predictibilidad de laboratorio que resulta inalcanzable, por mucho que avance la tecnología, porque seguimos tratando con personas; desprovistas de cuerpo físico, sí; pero con voluntad al fin y al cabo. 

Una de las cuestiones que siempre me planteo cuando mi equipo arranca un nuevo caso es si la entidad a la que vamos a tratar quiere ser ayudada. Puede que sea consciente de su realidad y, simplemente, no quiera marcharse. O quizá, al desconocer que ha fallecido, tampoco desee partir. O directamente, ¿quiénes somos nosotros para exigirle siquiera una respuesta? 

A diferencia de las profesiones enfocadas en los servicios a la sociedad, las instituciones actúan cuando perciben un riesgo para un entorno o cuando se cometen negligencias con personas vulnerables. Aun así, si la persona no quiere ser ayudada, muchas veces no se puede intervenir, pese a contar con las mejores herramientas. La gran diferencia radica en que, en el ámbito social, el usuario es visible y su existencia es innegable para todos. En el misterio, por el contrario, partimos de la base de que no toda la sociedad cree en la existencia de estas entidades. 

Si a lo anterior sumamos que existen estudios; los cuales apoyo; que descartan posibles indicios anómalos en lugares supuestamente encantados, el asunto se recrudece aún más. Además, el turismo de misterio corre el riesgo de encasillarnos exclusivamente en una rama cultural: Folklore, curiosidades

históricas o antropología. Esto nos otorga cierta dignificación, pero en un sentido que nos puede perjudicar frente a nuestro objetivo de investigación original. 

No es negativo que se nos valore dentro de competencias como la historia, la sociología o la antropología. El problema es que podríamos perder el frente de batalla para dialogar de igual a igual con disciplinas como la psicología, la neurociencia o la física cuántica, si asumimos que nuestro único valor reside en ser una enseñanza del comportamiento moral de una sociedad o el diario del pasado de una ciudad. 

Pero muchas personas olvidan que la parapsicología es mucho más que leyendas urbanas. Hablamos de casos parapsicológicos actuales con testigos reales, investigaciones de campo y fenómenos de difícil explicación como la teleplastia o la psicoquinesis, entre otros factores. 

Y, como titula este artículo, solo podemos demostrar algo cuando ellos quieren. Solo podemos ayudar con su consentimiento. Es por ello que mantengo una perspectiva un tanto pesimista sobre la posibilidad de que esta exigencia de repetición controlada cambie algún día. 

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