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savia rural

¿Y si el problema no son solo los políticos?

Llevamos años repitiendo que sufrimos el peor momento político de nuestra historia. Puede que tengamos razón. Pero cabe una pregunta más incómoda: ¿qué dice de nosotros, como sociedad, que esos sean los políticos que hemos sido capaces de construir?

  • Una imagen del Congreso hace unos meses.

En alguna sobremesa he oído decir que vivimos uno de los momentos de menor nivel político que recordamos. Pensándolo con calma, quizá haya algo de verdad, salvando, claro, a las pocas personas dentro de la política a las que admiro y a las que tengo la suerte de llamar amigos. Pero hay una pregunta que cada vez me ronda más la cabeza, ¿y si el problema no está solo en nuestros políticos? ¿Y si también nosotros, como sociedad, hemos bajado el listón?

Tengo 28 años y he tenido la fortuna de crecer junto a mi abuelo y mi padre, compartiendo con ellos un oficio que hoy parece de otro tiempo, el de pastor y agricultor. Desde pequeño me enseñaron a respetar la tierra, a cuidar de los animales y, sobre todo, algo que no aparece en ningún libro de formación, a intentar ser buena persona. Quizá por eso me cuesta entender algunas cosas de la sociedad en la que vivimos.

Vivimos acelerados, preocupados por lo que vendrá mañana, por aparentar más, por estar por encima del que tenemos al lado. Hemos dejado de disfrutar de las sobremesas, de una conversación sin mirar el reloj. Mientras pensamos permanentemente en lo siguiente, se nos escapa lo único que de verdad tenemos: el ahora.

Mi padre y mi abuelo me han contado muchas veces cómo era la gente antes. Cómo, con mucho menos, se ayudaban más, y cómo un vecino podía dejar lo que estaba haciendo para echar una mano a otro, porque sabían que cuando las cosas venían mal dadas nadie salía adelante solo. Y muchas veces me pregunto cuándo dejamos de hacerlo.

Hoy parece que vivimos en una sociedad más individualista y, en ocasiones, más hipócrita. Queremos que al otro le vaya bien, sí, pero no demasiado bien. Que prospere, pero sin adelantarnos. Y hay algo todavía más preocupante, hemos empezado a penalizar a quien piensa diferente. A veces con un silencio, una puerta que ya no se abre, una invitación que deja de llegar. Otras veces, el precio es mucho más alto.

A mis 28 años he tenido la suerte de conocer a mucha gente, viajar, crear proyectos, equivocarme y volver a levantarme. También he aprendido que defender unos principios tiene un precio. En mi caso, ese precio se tradujo en amenazas contra mí y mi familia, e incluso en un intento de agresión a mi padre. Tuve que acudir a terapia para aprender a gestionarlo, y llegué a preguntarme si merecía la pena seguir siendo yo mismo. Eso fue lo peor de todo.

Sin embargo, en casa siempre hemos defendido que, si quieres resultados diferentes, tienes que atreverte a hacer cosas diferentes. De ahí nació Vida Trashumante, en poco más de un año y medio, reconocimientos en nueve países, más de veinte premios y, recientemente, nuestra selección por la Red PAC como una de sus buenas prácticas. Hemos recorrido España hablando de ganadería extensiva, trashumancia y olivar ecológico, y hemos encontrado altavoces en muchos lugares. En todos, menos en uno de mis pueblos, en Pontones. Sigo esperando una respuesta. Y lo curioso es que no me duele por mí (a estas alturas uno aprende a encajar ciertas cosas) sino por los que vienen detrás, si un joven que intenta poner en valor una tradición y generar actividad económica en el medio rural no encuentra puertas abiertas precisamente donde nació esa cultura, quizá tengamos que hacernos algunas preguntas.

No se trata de que todos pensemos igual. Al contrario, una sociedad sana necesita personas que discrepen, que cuestionen y que se atrevan a hacer las cosas de otra manera. El problema aparece cuando dejamos de debatir y empezamos a señalar, cuando confundimos discrepancia con enemistad y preferimos el silencio a la conversación.

Quizá antes de repetir que tenemos los peores políticos deberíamos preguntarnos qué estamos haciendo nosotros para construir una sociedad mejor. Porque los políticos no aparecen de la nada, crecen en el mismo terreno que cultivamos entre todos y son, aunque no siempre de forma perfecta, un reflejo de la sociedad que los elige.

Y yo, a pesar de todo, sigo creyendo. En la gente que ayuda sin esperar nada a cambio, en quien abre una puerta, en quien se alegra sinceramente cuando al de al lado le va bien, en quien defiende sus principios sin necesidad de pisar a nadie.

Termino con un consejo de mi padre que llevo grabado a fuego: "Hijo, lo único que te pido es que no vivas con miedo, como lo hemos hecho todos durante todo este tiempo". Quizá ese sea nuestro verdadero reto como sociedad: volver a vivir sin miedo. Sin miedo a pensar diferente, a equivocarnos, a destacar, a ayudar, a decir lo que creemos.

Gracias a mis padres, a mis hermanas, a mi pareja, a mis amigos, a mi familia del Río, a Paco Casero y a Clemente Mata, por enseñarme, cada uno a su manera, que los principios no se negocian y que ser buena persona no es de ingenuos. Porque, después de todo lo vivido, sigo teniendo una certeza, en un mundo que cada día parece empeñado en hacernos más desconfiados y más duros, seguir siendo buena persona quizá sea el acto de rebeldía más grande que nos queda.

En alguna sobremesa he oído decir que vivimos uno de los momentos de menor nivel político que recordamos. Pensándolo con calma, quizá haya algo de verdad, salvando, claro, a las pocas personas dentro de la política a las que admiro y a las que tengo la suerte de llamar amigos. Pero hay una pregunta que cada vez me ronda más la cabeza, ¿y si el problema no está solo en nuestros políticos? ¿Y si también nosotros, como sociedad, hemos bajado el listón?

Tengo 28 años y he tenido la fortuna de crecer junto a mi abuelo y mi padre, compartiendo con ellos un oficio que hoy parece de otro tiempo, el de pastor y agricultor. Desde pequeño me enseñaron a respetar la tierra, a cuidar de los animales y, sobre todo, algo que no aparece en ningún libro de formación, a intentar ser buena persona. Quizá por eso me cuesta entender algunas cosas de la sociedad en la que vivimos.

Vivimos acelerados, preocupados por lo que vendrá mañana, por aparentar más, por estar por encima del que tenemos al lado. Hemos dejado de disfrutar de las sobremesas, de una conversación sin mirar el reloj. Mientras pensamos permanentemente en lo siguiente, se nos escapa lo único que de verdad tenemos: el ahora.

Mi padre y mi abuelo me han contado muchas veces cómo era la gente antes. Cómo, con mucho menos, se ayudaban más, y cómo un vecino podía dejar lo que estaba haciendo para echar una mano a otro, porque sabían que cuando las cosas venían mal dadas nadie salía adelante solo. Y muchas veces me pregunto cuándo dejamos de hacerlo.

Hoy parece que vivimos en una sociedad más individualista y, en ocasiones, más hipócrita. Queremos que al otro le vaya bien, sí, pero no demasiado bien. Que prospere, pero sin adelantarnos. Y hay algo todavía más preocupante, hemos empezado a penalizar a quien piensa diferente. A veces con un silencio, una puerta que ya no se abre, una invitación que deja de llegar. Otras veces, el precio es mucho más alto.

A mis 28 años he tenido la suerte de conocer a mucha gente, viajar, crear proyectos, equivocarme y volver a levantarme. También he aprendido que defender unos principios tiene un precio. En mi caso, ese precio se tradujo en amenazas contra mí y mi familia, e incluso en un intento de agresión a mi padre. Tuve que acudir a terapia para aprender a gestionarlo, y llegué a preguntarme si merecía la pena seguir siendo yo mismo. Eso fue lo peor de todo.

Sin embargo, en casa siempre hemos defendido que, si quieres resultados diferentes, tienes que atreverte a hacer cosas diferentes. De ahí nació Vida Trashumante, en poco más de un año y medio, reconocimientos en nueve países, más de veinte premios y, recientemente, nuestra selección por la Red PAC como una de sus buenas prácticas. Hemos recorrido España hablando de ganadería extensiva, trashumancia y olivar ecológico, y hemos encontrado altavoces en muchos lugares. En todos, menos en uno de mis pueblos, en Pontones. Sigo esperando una respuesta. Y lo curioso es que no me duele por mí (a estas alturas uno aprende a encajar ciertas cosas) sino por los que vienen detrás, si un joven que intenta poner en valor una tradición y generar actividad económica en el medio rural no encuentra puertas abiertas precisamente donde nació esa cultura, quizá tengamos que hacernos algunas preguntas.

No se trata de que todos pensemos igual. Al contrario, una sociedad sana necesita personas que discrepen, que cuestionen y que se atrevan a hacer las cosas de otra manera. El problema aparece cuando dejamos de debatir y empezamos a señalar, cuando confundimos discrepancia con enemistad y preferimos el silencio a la conversación.

Quizá antes de repetir que tenemos los peores políticos deberíamos preguntarnos qué estamos haciendo nosotros para construir una sociedad mejor. Porque los políticos no aparecen de la nada, crecen en el mismo terreno que cultivamos entre todos y son, aunque no siempre de forma perfecta, un reflejo de la sociedad que los elige.

Y yo, a pesar de todo, sigo creyendo. En la gente que ayuda sin esperar nada a cambio, en quien abre una puerta, en quien se alegra sinceramente cuando al de al lado le va bien, en quien defiende sus principios sin necesidad de pisar a nadie.

Termino con un consejo de mi padre que llevo grabado a fuego: "Hijo, lo único que te pido es que no vivas con miedo, como lo hemos hecho todos durante todo este tiempo". Quizá ese sea nuestro verdadero reto como sociedad: volver a vivir sin miedo. Sin miedo a pensar diferente, a equivocarnos, a destacar, a ayudar, a decir lo que creemos.

Gracias a mis padres, a mis hermanas, a mi pareja, a mis amigos, a mi familia del Río, a Paco Casero y a Clemente Mata, por enseñarme, cada uno a su manera, que los principios no se negocian y que ser buena persona no es de ingenuos. Porque, después de todo lo vivido, sigo teniendo una certeza, en un mundo que cada día parece empeñado en hacernos más desconfiados y más duros, seguir siendo buena persona quizá sea el acto de rebeldía más grande que nos queda.

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