Lo de El Recuenco invita a parar un momento y mirar con calma lo que está pasando en el mundo rural. Un pueblo busca pastor y no encuentra a nadie. La solución llega en forma de bisontes. Y, sin darnos cuenta, quizá estamos aceptando más de lo que parece.
El caso de El Recuenco (Guadalajara, Castilla-La Mancha) tiene algo profundamente revelador y también inquietante sobre el momento que vive el mundo rural en España. Un pequeño municipio lanza un anuncio: se busca pastor. No para una foto ni para un cartel turístico, sino para algo tan serio como gestionar el monte y prevenir incendios. Ofrecen condiciones, visibilidad, facilidades. La propuesta se hace viral, circula por redes, genera conversación. Y, sin embargo, no aparece nadie. Silencio.
Ante esa ausencia, llega el siguiente paso: reintroducir grandes herbívoros salvajes. Bisontes. El proyecto se presenta con un nombre tan sugerente como el de “cuerpo de funcionarios salvajes”. La idea es potente, atractiva, incluso brillante desde el punto de vista del marketing. Recuperar lo salvaje donde ya no queda lo doméstico. Generar relato, impacto, titulares.
Pero detrás de todo esto hay una pregunta que estamos evitando mirar de frente: ¿cómo hemos llegado a necesitar bisontes porque ya no quedan pastores?
Durante años hemos repetido el mismo diagnóstico. Sabemos que la ganadería extensiva fija población, conserva la biodiversidad, previene incendios y mantiene los paisajes que todos admiramos. Lo dicen los informes, lo respaldan los expertos, se aplaude en congresos y foros. Sin embargo, la realidad es otra: explotaciones que desaparecen, pastores que se jubilan sin relevo y jóvenes que lo intentan pero no consiguen sostenerse.
Decimos que hoy el pastor tiene más reconocimiento que hace veinte años. Puede ser. Pero el reconocimiento vacío no paga facturas, no facilita el acceso a la tierra, no elimina la burocracia ni garantiza precios justos. El discurso bonito no sostiene una vida.
Y aquí es donde el caso de El Recuenco nos coloca frente al espejo. Somos capaces de diseñar proyectos complejos para reintroducir bisontes, con todo lo que implican a nivel técnico, legal y económico pero no de crear condiciones dignas, estables y atractivas para que alguien quiera ser pastor. Eso no es falta de ideas. Es falta de prioridad.
En este contexto, el concepto de rewilding se está imponiendo como una solución casi incuestionable. Se vende como dejar fluir a la naturaleza libremente, como una vuelta a lo salvaje. Pero conviene decirlo con claridad: es una intervención humana colosal, carísima y altamente artificial. No estamos ante una ausencia de gestión, sino ante otra forma muy sofisticada de gestionar el territorio.
El caso de El Recuenco puede tener sentido por el tipo de monte, donde los bisontes aprovechan recursos que el ganado no utiliza. En España hay unos 8 millones de hectáreas donde la ganadería es difícil. Pero existen más de 20 millones donde sí puede y debe estar presente.
El riesgo es evidente. Estamos construyendo, casi sin darnos cuenta, la coartada perfecta para dejar morir al sector primario sin remordimientos. Si un proyecto exótico es capaz de movilizar tal cantidad de energía legislativa, permisos excepcionales, creatividad administrativa y fondos de patrocinio, la pregunta es inevitable, ¿qué ocurriría si toda esa maquinaria se volcara en apoyar a los pastores que aún resisten?
Probablemente veríamos algo mucho menos vistoso, pero infinitamente más transformador: una regeneración real del tejido rural humano. Porque el pastor no es solo una “máquina biológica” que convierte hierba en carne o leche. Es un gestor del territorio en el sentido más profundo del término.
Cuando desaparece un pastor, no solo desaparece una actividad económica. Se pierde la toponimia, la observación climatológica local, los senderos que se mantenían con el paso diario, los refugios, el conocimiento acumulado durante generaciones. Y, sobre todo, se pierden los ojos en el campo, esa capacidad de detectar un conato de incendio, una plaga o un problema en el territorio mucho antes de que lo haga cualquier satélite.
Por eso, el debate no debería plantearse como una dicotomía entre lo salvaje y lo doméstico. Los proyectos de rewilding pueden tener sentido y aportar valor en determinados contextos. El problema es cuando se convierten en el sustituto de lo que estamos dejando caer por falta de voluntad política y social.
Aquí hay también una oportunidad. Si un proyecto con bisontes es capaz de poner a un pueblo en el mapa, de atraer atención y recursos, ¿qué podría pasar si esa misma ambición se aplicara a dignificar el oficio de pastor? Pero no desde el discurso, sino desde las decisiones: facilitando el acceso a la tierra, garantizando viabilidad económica, reduciendo trabas administrativas y acompañando a quienes quieren incorporarse.
Esto no es una reivindicación sectorial. Es una pregunta colectiva sobre el modelo de territorio que queremos construir, uno en el que sustituimos lo que desaparece con soluciones cada vez más artificiales, o uno en el que cuidamos y fortalecemos lo que aún estamos a tiempo de sostener.
Lo de El Recuenco no es una anécdota. Es un aviso. Y si no empezamos a actuar con decisión, llegará un momento en el que ya no hará falta lanzar anuncios buscando pastores. Simplemente, no quedará ninguno.
Lo de El Recuenco invita a parar un momento y mirar con calma lo que está pasando en el mundo rural. Un pueblo busca pastor y no encuentra a nadie. La solución llega en forma de bisontes. Y, sin darnos cuenta, quizá estamos aceptando más de lo que parece.
El caso de El Recuenco (Guadalajara, Castilla-La Mancha) tiene algo profundamente revelador y también inquietante sobre el momento que vive el mundo rural en España. Un pequeño municipio lanza un anuncio: se busca pastor. No para una foto ni para un cartel turístico, sino para algo tan serio como gestionar el monte y prevenir incendios. Ofrecen condiciones, visibilidad, facilidades. La propuesta se hace viral, circula por redes, genera conversación. Y, sin embargo, no aparece nadie. Silencio.
Ante esa ausencia, llega el siguiente paso: reintroducir grandes herbívoros salvajes. Bisontes. El proyecto se presenta con un nombre tan sugerente como el de “cuerpo de funcionarios salvajes”. La idea es potente, atractiva, incluso brillante desde el punto de vista del marketing. Recuperar lo salvaje donde ya no queda lo doméstico. Generar relato, impacto, titulares.
Pero detrás de todo esto hay una pregunta que estamos evitando mirar de frente: ¿cómo hemos llegado a necesitar bisontes porque ya no quedan pastores?
Durante años hemos repetido el mismo diagnóstico. Sabemos que la ganadería extensiva fija población, conserva la biodiversidad, previene incendios y mantiene los paisajes que todos admiramos. Lo dicen los informes, lo respaldan los expertos, se aplaude en congresos y foros. Sin embargo, la realidad es otra: explotaciones que desaparecen, pastores que se jubilan sin relevo y jóvenes que lo intentan pero no consiguen sostenerse.
Decimos que hoy el pastor tiene más reconocimiento que hace veinte años. Puede ser. Pero el reconocimiento vacío no paga facturas, no facilita el acceso a la tierra, no elimina la burocracia ni garantiza precios justos. El discurso bonito no sostiene una vida.
Y aquí es donde el caso de El Recuenco nos coloca frente al espejo. Somos capaces de diseñar proyectos complejos para reintroducir bisontes, con todo lo que implican a nivel técnico, legal y económico pero no de crear condiciones dignas, estables y atractivas para que alguien quiera ser pastor. Eso no es falta de ideas. Es falta de prioridad.
En este contexto, el concepto de rewilding se está imponiendo como una solución casi incuestionable. Se vende como dejar fluir a la naturaleza libremente, como una vuelta a lo salvaje. Pero conviene decirlo con claridad: es una intervención humana colosal, carísima y altamente artificial. No estamos ante una ausencia de gestión, sino ante otra forma muy sofisticada de gestionar el territorio.
El caso de El Recuenco puede tener sentido por el tipo de monte, donde los bisontes aprovechan recursos que el ganado no utiliza. En España hay unos 8 millones de hectáreas donde la ganadería es difícil. Pero existen más de 20 millones donde sí puede y debe estar presente.
El riesgo es evidente. Estamos construyendo, casi sin darnos cuenta, la coartada perfecta para dejar morir al sector primario sin remordimientos. Si un proyecto exótico es capaz de movilizar tal cantidad de energía legislativa, permisos excepcionales, creatividad administrativa y fondos de patrocinio, la pregunta es inevitable, ¿qué ocurriría si toda esa maquinaria se volcara en apoyar a los pastores que aún resisten?
Probablemente veríamos algo mucho menos vistoso, pero infinitamente más transformador: una regeneración real del tejido rural humano. Porque el pastor no es solo una “máquina biológica” que convierte hierba en carne o leche. Es un gestor del territorio en el sentido más profundo del término.
Cuando desaparece un pastor, no solo desaparece una actividad económica. Se pierde la toponimia, la observación climatológica local, los senderos que se mantenían con el paso diario, los refugios, el conocimiento acumulado durante generaciones. Y, sobre todo, se pierden los ojos en el campo, esa capacidad de detectar un conato de incendio, una plaga o un problema en el territorio mucho antes de que lo haga cualquier satélite.
Por eso, el debate no debería plantearse como una dicotomía entre lo salvaje y lo doméstico. Los proyectos de rewilding pueden tener sentido y aportar valor en determinados contextos. El problema es cuando se convierten en el sustituto de lo que estamos dejando caer por falta de voluntad política y social.
Aquí hay también una oportunidad. Si un proyecto con bisontes es capaz de poner a un pueblo en el mapa, de atraer atención y recursos, ¿qué podría pasar si esa misma ambición se aplicara a dignificar el oficio de pastor? Pero no desde el discurso, sino desde las decisiones: facilitando el acceso a la tierra, garantizando viabilidad económica, reduciendo trabas administrativas y acompañando a quienes quieren incorporarse.
Esto no es una reivindicación sectorial. Es una pregunta colectiva sobre el modelo de territorio que queremos construir, uno en el que sustituimos lo que desaparece con soluciones cada vez más artificiales, o uno en el que cuidamos y fortalecemos lo que aún estamos a tiempo de sostener.
Lo de El Recuenco no es una anécdota. Es un aviso. Y si no empezamos a actuar con decisión, llegará un momento en el que ya no hará falta lanzar anuncios buscando pastores. Simplemente, no quedará ninguno.
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