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savia rural

¿A qué huelen los recuerdos?

"De todos los sentidos la vista es el más superficial; el oído, el más orgulloso; el olfato, el más voluptuoso; el gusto, el más supersticioso e inconstante; el tacto, el más profundo" (Diderot)

  • Uno de los tradicionales naranjos florecidos.

Una de las muchas imágenes que tengo grabadas en la memoria es la de mi abuelo sentado en una mesa camilla con una gorra gris, una levita del mismo color y el periódico entre sus manos. Con él y esos periódicos conocí las primeras letras y las primeras palabras; provista de unas tijeras de costura le ayudé a recortar las noticias que le interesaban y que, una vez apartadas de la página, mi abuelo custodiaba en una caja de lata verde con rótulos dorados, junto a unas tiras cómicas, que yo a veces no entendía, pero que siempre dibujaban una sonrisa en el gesto adusto de mi tía.

Otra de las escenas más habituales en la casa donde crecí se desarrollaba en la cocina, junto a una radio de baquelita granate salpicada de cromados, con una antena que se desplazaba al capricho de las ondas. Me recuerdo acariciando con los pies descalzos la piel envejecida de la cocina, a fuerza de pisadas y de años, la pátina de pintura roja apenas podía ocultar el cansancio acumulado. “Aquí radio Córdoba, EAJ 24, Música a su gusto”, “Tome usted café Mis Nietos a cualquier hora del día”,” Casa Guerrero electricidad. Especialista en montajes eléctricos en alta y baja tensión” (no sabía qué era alta y baja tensión, pero reconocía el apellido de mi familia). Frente a mí, la belleza generosa de mi abuela, su profunda mirada gris hecha de jirones de tristeza. Esa mujer valiente a la que, si le hubieran quedado lágrimas, Lucecita y su desesperanza la habrían hecho llorar cada tarde. Junto a este transistor a pilas y la radio de madera, la de válvulas enchufada en la salita de invierno, pasó mi infancia en la Calle José Antonio, ahora Plaza de Andalucía en Espiel.

“Los aromas tienen la capacidad de traernos recuerdos perdidos en un rincón del pasado".

Allí empecé tomar conciencia del mundo a través de las puertas mágicas de los sentidos, las que abren nuestra comprensión incluso a las percepciones más sutiles. Hume decía que “era imposible pensar en algo que no hubiésemos percibido antes a través de nuestros sentidos”. Los recuerdos se ensamblan inevitablemente con los sentidos, destacando el olfato por su capacidad evocadora. Partick Süskind en El perfume escribió: “hay aromas que el tiempo no se atreve a borrar”. Para la neurociencia la explicación es muy sencilla: el olfato ubicado cerca del hipocampo es el responsable de nuestra memoria y conecta con el centro emotivo del cerebro, el sistema límbico, para permitirnos revivir escenas remotas con una nitidez asombrosa. El resto de los sentidos tiene que recorrer un largo camino para alcanzar las partes del cerebro que se ocupan de los recuerdos. En palabras de Hellen Keller, “los perfumes, los aromas, son poderosos magos capaces de transportarnos hacia los años que hemos vivido”

Los aromas tienen la capacidad de traernos recuerdos perdidos en un rincón del pasado. Etimológicamente el verbo recordar proviene del latín re (de nuevo) y cordis (corazón); por tanto, en origen significa “volver a pasar por el corazón”, con el valor de sentir o recuperar algo. Los antiguos romanos y griegos no situaban la mente en la cabeza, ni en el cerebro, sino dentro del pecho. En Latinoamérica y en algunas zonas rurales del Norte de España, recordar significaba “despertar”, “salir del sueño. Esta acepción tiene un antecedente literario ilustre, el de Jorge Manrique quien escribía: “recuerde el alma dormida, avive el seso y despierte, contemplando como se pasa la vida…”.

Y rememorando mi vida anterior, he llegado a la conclusión de que he pasado más tiempo fuera de Espiel, que en el pueblo donde nací; sin embargo, los recuerdos contenidos en mi cerebro, o en mi corazón, proceden en gran parte de este lugar, del sitio de mi recreo como llamaba Antonio Vega a su espacio de calma. En algunas ocasiones percibo la vida como un tren en marcha del que subo y bajo sin detenerme a pensar cuál será el próximo destino. En ese transitar de un espacio a otro, de una tarea a otra, en el desenfreno al que la rapidez del día a día me empuja, a menudo cierro los ojos e imagino ese lugar donde escuchar el silencio, acariciar el viento con los dedos, sentir el cálido beso del sol atravesando tímidamente el espesor de la copa de un árbol, saborear el sosiego de estar en lugar seguro. En ese instante, me abandono y dejo que mis emociones viajen libres al paraíso olfativo de mi infancia.

A las embriagadoras mañanas de verano, de jazmines al abrigo de un delantal, que se esparcen como blancas gotas de lluvia sobre la mesa. A intensos otoños de membrillo, azúcar y canela y el fuego alquímico que transforma los ásperos sueños amarillos en codoñate, cuya adecuada consistencia mi abuela comprobaba entre las yemas de sus dedos. Los inviernos de mejillas encendidas por el tomillo incandescente de los candelorios; el origen de un rito entre pagano y cristiano, entre judío y romano, el fuego que ilumina, que purifica y augura buenas cosechas.

Una de las muchas imágenes que tengo grabadas en la memoria es la de mi abuelo sentado en una mesa camilla con una gorra gris, una levita del mismo color y el periódico entre sus manos. Con él y esos periódicos conocí las primeras letras y las primeras palabras; provista de unas tijeras de costura le ayudé a recortar las noticias que le interesaban y que, una vez apartadas de la página, mi abuelo custodiaba en una caja de lata verde con rótulos dorados, junto a unas tiras cómicas, que yo a veces no entendía, pero que siempre dibujaban una sonrisa en el gesto adusto de mi tía.

Otra de las escenas más habituales en la casa donde crecí se desarrollaba en la cocina, junto a una radio de baquelita granate salpicada de cromados, con una antena que se desplazaba al capricho de las ondas. Me recuerdo acariciando con los pies descalzos la piel envejecida de la cocina, a fuerza de pisadas y de años, la pátina de pintura roja apenas podía ocultar el cansancio acumulado. “Aquí radio Córdoba, EAJ 24, Música a su gusto”, “Tome usted café Mis Nietos a cualquier hora del día”,” Casa Guerrero electricidad. Especialista en montajes eléctricos en alta y baja tensión” (no sabía qué era alta y baja tensión, pero reconocía el apellido de mi familia). Frente a mí, la belleza generosa de mi abuela, su profunda mirada gris hecha de jirones de tristeza. Esa mujer valiente a la que, si le hubieran quedado lágrimas, Lucecita y su desesperanza la habrían hecho llorar cada tarde. Junto a este transistor a pilas y la radio de madera, la de válvulas enchufada en la salita de invierno, pasó mi infancia en la Calle José Antonio, ahora Plaza de Andalucía en Espiel.

“Los aromas tienen la capacidad de traernos recuerdos perdidos en un rincón del pasado".

Allí empecé tomar conciencia del mundo a través de las puertas mágicas de los sentidos, las que abren nuestra comprensión incluso a las percepciones más sutiles. Hume decía que “era imposible pensar en algo que no hubiésemos percibido antes a través de nuestros sentidos”. Los recuerdos se ensamblan inevitablemente con los sentidos, destacando el olfato por su capacidad evocadora. Partick Süskind en El perfume escribió: “hay aromas que el tiempo no se atreve a borrar”. Para la neurociencia la explicación es muy sencilla: el olfato ubicado cerca del hipocampo es el responsable de nuestra memoria y conecta con el centro emotivo del cerebro, el sistema límbico, para permitirnos revivir escenas remotas con una nitidez asombrosa. El resto de los sentidos tiene que recorrer un largo camino para alcanzar las partes del cerebro que se ocupan de los recuerdos. En palabras de Hellen Keller, “los perfumes, los aromas, son poderosos magos capaces de transportarnos hacia los años que hemos vivido”

Los aromas tienen la capacidad de traernos recuerdos perdidos en un rincón del pasado. Etimológicamente el verbo recordar proviene del latín re (de nuevo) y cordis (corazón); por tanto, en origen significa “volver a pasar por el corazón”, con el valor de sentir o recuperar algo. Los antiguos romanos y griegos no situaban la mente en la cabeza, ni en el cerebro, sino dentro del pecho. En Latinoamérica y en algunas zonas rurales del Norte de España, recordar significaba “despertar”, “salir del sueño. Esta acepción tiene un antecedente literario ilustre, el de Jorge Manrique quien escribía: “recuerde el alma dormida, avive el seso y despierte, contemplando como se pasa la vida…”.

Y rememorando mi vida anterior, he llegado a la conclusión de que he pasado más tiempo fuera de Espiel, que en el pueblo donde nací; sin embargo, los recuerdos contenidos en mi cerebro, o en mi corazón, proceden en gran parte de este lugar, del sitio de mi recreo como llamaba Antonio Vega a su espacio de calma. En algunas ocasiones percibo la vida como un tren en marcha del que subo y bajo sin detenerme a pensar cuál será el próximo destino. En ese transitar de un espacio a otro, de una tarea a otra, en el desenfreno al que la rapidez del día a día me empuja, a menudo cierro los ojos e imagino ese lugar donde escuchar el silencio, acariciar el viento con los dedos, sentir el cálido beso del sol atravesando tímidamente el espesor de la copa de un árbol, saborear el sosiego de estar en lugar seguro. En ese instante, me abandono y dejo que mis emociones viajen libres al paraíso olfativo de mi infancia.

A las embriagadoras mañanas de verano, de jazmines al abrigo de un delantal, que se esparcen como blancas gotas de lluvia sobre la mesa. A intensos otoños de membrillo, azúcar y canela y el fuego alquímico que transforma los ásperos sueños amarillos en codoñate, cuya adecuada consistencia mi abuela comprobaba entre las yemas de sus dedos. Los inviernos de mejillas encendidas por el tomillo incandescente de los candelorios; el origen de un rito entre pagano y cristiano, entre judío y romano, el fuego que ilumina, que purifica y augura buenas cosechas.

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