Hoy voy a dejarles por escrito mi humilde opinión sobre un tema que considero bastante importante y sobre el cual todos debemos reflexionar y actuar en la medida que nos sea posible; en mi caso, escribirles sobre ello en esta columna de los domingos es uno de los pasos que considero poder dar para aportar mi granito de arena. Para ello voy a hacer uso de la historia (esa que, por desgracia, está tan en desuso) y voy a fijarme en un personaje que, aunque recordarlo nos puede motivar una sonrisa, por aquel entonces hizo el mismo daño que los que hoy en día siguen sus pasos con herramientas más evolucionadas, pero que llegan a destruir la vida de las personas sin importarles edad, sexo o condición.
El carismático pero peligroso personaje del “charlatán” ha existido a lo largo de toda la historia y especialmente destacó en los siglos XVII y XIX; se hacían pasar por científicos y vendían remedios inútiles engañando a los pueblerinos con curaciones, que eran de todo menos milagrosas. Seguramente, si nos centramos en el presente y en la era digital en la que vivimos, todos podemos detectar la presencia continua de este personaje en esas sociedades virtuales en las que nos movemos y que no dejan de ser tan falsas como estos individuos que se denominan a ellos mismos como gurús de la salud, lectores de la suerte, influencers de pseudociencia, promotores de productos y una larga lista de nombres tan absurdos como aquellos que se autodefinen con ellos. El valor que se les da a todos ellos no solo genera desinformación, sino que también crea consecuencias graves, como problemas de salud, pérdidas económicas o daños emocionales para quienes caen en sus redes. En mi opinión, y estoy al noventa por ciento convencida de ello, los mayores problemas sociales a los que nos enfrentamos, como el incremento de la mala salud mental de toda la población en general, tienen su origen en la existencia cada vez mayor de personajes que se lucran a costa de los sentimientos y debilidad de las personas; niños, adolescentes, adultos y ancianos, no hay escrúpulos mientras la cuenta del banco no pare de llenarse.
Ahora igual alguien se pregunta por qué hemos llegado a esta situación en la que menores se suicidan tirándose por las ventanas, colgándose de árboles, jugando a juegos online con retos mortíferos. Algunos se dejan acosar, pegar, vejar con tal de estar acompañados, aunque sea del mismísimo diablo. Las personas, y hablo de todo tipo de edades, niños, adolescentes, ancianos, se sienten cada vez más solas; el núcleo familiar, la pareja, los amigos, existen y les rodean a diario, pero acompañados de una pantalla a la que miran y abrazan más que a ellos. ¿Qué hacer ante esta situación? Pues aquello que se solía decir: “Donde fueres, haz lo que vieres” e intentamos sanar nuestra soledad y resolver nuestros problemas a través de las pantallas de los teléfonos, Tablet et.. porque si mi amigo está todo el día en redes y parece tan feliz en las fotografías está claro que esa es la solución y yo también seré igual de feliz que él. La falsa realidad y sociedad siempre nos acoge y ya no importa si mi esposo no lo hace, si mis hijos no me visitan o llaman, sino tengo amigos en el instituto porque en las redes sociales puedo encontrar a alguien que me apoye como han de hacer mis padres, tengo a novecientos seguidores que yo prefiero llamar amigos y no tengo que acudir al médico ni al psicólogo porque también hay personas muy inteligentes y generosas que me dicen como actuar para ser feliz.
Pero, ¿qué ocurre cuando estos seres generosos se cansan de nosotros y de ayudarnos por amor al arte? ¿Qué sucede cuando descubres que hasta en ese mundo irreal estás totalmente solo? Los problemas te aplastan como una losa y duele tanto que solo sacas energía para autolesionarte, tanto física como mentalmente. Quienes te rodean, familia, amigos, siguen en el mundo irreal y siguen aparentando ser felices y eso te frustra aún más. El sanador mental que creía te hacía bien ha desaparecido porque no tienes con qué pagarle, pero tampoco tienes recursos para pagar a un psicólogo y a un médico que puedan ayudarte. Acudes a la sanidad pública y te ponen en una lista de espera de años para que un médico de verdad te trate; te das cuenta entonces de que nada es gratis en esta vida y que en este caso el precio que pagas es el de tu salud mental y de tu vida, que no sabes si soportará la espera de meses o años. Pero en la televisión ponen jornadas en el congreso debatiendo sobre la salud mental y las propuestas para mejorar los servicios que los españoles necesitan; apagas la tele porque ver esas imágenes cuando llevas cerca de un año con antidepresivos y esperando que te atienda un psicólogo te hiere aún más y refuerzan tu enfermiza teoría de que nada vale la pena en este mundo.
Creo que ya han debido entender el mensaje; si es así, ahora les invito a reflexionar individualmente a cada uno sobre estas situaciones que les he descrito y que, si no están viviendo en mayor o menor grado personalmente, seguramente habrá alguien muy cercano a ustedes que sí lo haga. Intentar ayudar al que se siente solo e incomprendido no es fácil porque, en la mayoría de los casos, no sabemos detectarlo; ni siquiera a veces sabemos cómo realmente nos sentimos nosotros, pero podemos hacer un pequeño compromiso con nosotros mismos y con los demás, dejando el mundo irreal a un lado durante un tiempo y vivir de la mano de quienes nos rodean, ayudar a levantarse a quien se cae, abrazar a aquel que lo pide a gritos, no soltar a quien está a punto de caer y sujetarnos unos a otros fuerte, muy fuerte es de las pocas soluciones que están en nuestras manos mientras no nos den los recursos necesarios. Mens sana in corpore sano, decían nuestros sabios antepasados griegos, siempre sabios. Ellos no tenían teléfonos, pantallas, ni redes sociales y eran felices trabajando la mente y el cuerpo con ellos mismos como herramientas. ¡Ay, cuánta falta hacen la historia y los libros en nuestras vidas!



