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Puro teatro

El Ayuntamiento de Cádiz no ha sido coherente, no ha sido capaz de mantener el mismo discurso para dos artistas de la ciudad, para Aragón y para Pemán. Y tampoco ha sido valiente: que no se esconda Bruno

  • Juan Carlos Aragón y José María Pemán, en imágenes de archivo.

¡Qué difícil es ser ecuánime, justo y coherente en todo momento y en toda situación! En política es casi imposible encontrar actuaciones donde lo justo y lo coherente predomine. Sobreactúa el gobierno en su defensa ante las acusaciones de corrupción y sobreactúa la oposición cuando lo ataca. Unos porque, aún teniendo razón en que hay un escoramiento más que notorio por parte de la judicatura y sus contornos a la hora de actuar, no es menos cierto que en los casos ya comprobados, sean estos más o menos graves, debería de dar alguna explicación más convincente y no solo la de enrocarse. Los otros porque la realidad es como cunado se dice eso de no escupir para arriba que al final te cae la saliva encima. La oposición, y en esto tenía toda la razón el presidente Sánchez, no puede hablar y señalar con eso de P.S. y silbar para otro lado con lo de M. Rajoy. Y eso es lo menor pues tienen casos de corrupción para empapelar hasta al apuntador, otra cosa es la atención que los medios de comunicación (y los jueces) le dispensan, pero eso es otro tema, sangrante, pero otro tema.

La coherencia es comportarse de manera consecuente con los principios que uno tiene, piensa o defiende. Coherencia es aplicar la misma lógica ante dos situaciones iguales. Coherencia es adecuar lo que se dice con lo que se hace.

En la Grecia clásica el teatro era una de las actividades más importantes para los ciudadanos. No solo era un acto cultural, o de ocio, era un espacio donde se establecían modus operandis que definían al arte como organismo bello por su estética, por su estructura y por su ejecución. Aristóteles, en su Poética, estableció que las obras teatrales tenían, para que pudieran ser consideradas como aptas para su presentación ante público, unas reglas que les confiriera una coherencia o unidad, eran una triple coherencia que debía servir para que el espectador de la obra no tuviera dudas, no fuera engañado, no fuera confundido: Unidad de la acción, unidad temporal y unidad espacial. También decían estos clásicos que el arte debía imitar a la naturaleza y por tanto eliminar artificiosidades. La regla contemplaba que los personajes de la obra de teatro debían ser decorosos y, por supuesto, hacer compatible la estética con la ética.

En estos días se han terminado las obras del Teatro de Verano, en el parque Genovés de Cádiz, instalación importante para la actividad cultural en la ciudad, sin duda. Después de quince años, y de no pocas visicitudes en la ejecución de las obras, por fin tendremos otro espacio escénico tan arraigado en la ciudad (allí vi actuar a Joan Manuel Serrat, a Raphael, he visto teatro, he estado en mítines… incluso, cuando azotaba el viento de levante, llegaba hasta mi casa con extraordinaria nitidez el sonido de aquellos conciertos. Mi madre, cuando cantaba la Rocío Jurado o la Pantoja, imploraba para que soplara el aire de forma que ella pudiera, como cualquier persona sin dineros para pagar esas entradas, escuchar a sus artistas favoritas asomada a la ventana).

Terminadas las obras, tardó poco tiempo el partido Vox en reclamar al Ayuntamiento que restituyera el nombre de Pemán a la instalación. Bruno, alcalde solícito y miedoso, tardó 24 horas en complacer a esos interlocutores. Y lo hizo basándose en que no había ningún expediente tramitado con el cambio anterior de nombre (es de agradecer el magnífico trabajo del Archivo Municipal que nos ha adelantado en redes sociales el expediente por el que el llamado “Teatro del Parque” se pasó a denominar desde 1964, Teatro Pemán) y que se llamaría, por consiguiente, Pemán. Vale.

Hace unos días el Ayuntamiento se hizo eco de una sentencia en la que se condenaba al autor Juan Carlos Aragón, por violencia de género. Se actuó rápido, incluso se le quitó el nombre del citado al colegio antes llamado Andalucía. Estas decisiones han creado polémica porque, más allá de que pueda parecer razonable que no se den homenajes y dignidades a una persona con esos antecedentes, como siempre hubo un intento de señalar al contrario político por aquello de si sabían o no de las conductas delictivas de Aragón.

Quiero decir que, desde mi punto de vista, artísticamente, me parece mucho mejor Juan Carlos Aragón que Pemán, la obra del carnavalero es, y en esto hay pocas discusiones, de las más importantes de la historia de la fiesta. Pemán no (y antes de nada: sí, me he leído su obra. No toda, pero sí la más significativa). Pemán, desde mi punto de vista solo destacó como articulista en la prensa, concretamente en el ABC. Como dramaturgo tuvo mucho éxito, pero sus obras eras pastiches costumbristas de muy baja calidad. Desde luego hoy mismo tenemos algunos autores teatrales con mayor calidad, nombro a dos amigos: Guillermo Alonso del Real y Ana López Segovia, pero también está, por supuesto, Antonio Estrada… hay varios, y todos mejores que Pemán. Como poeta, simplemente era bastante malo, cualquier adolescente hace mejores ripios que Don José María. Es mi opinión, y no pasa nada, hay gente que lo ve como uno de los más grandes. Hay gente pa to.

En cualquier caso, el hecho incontrovertible de que era un “intelectual” de la época (una época donde para tener el marchamo de intelectual tenías que ser del régimen y, en cualquier caso, ya se encargó el régimen de depurar a los intelectuales que no fueran del mismo), y que ese mismo régimen le recompensó dándole determinadas distinciones y el nombre al Teatro del Parque. El hecho de haberle quitado el nombre tiene dos causas o dos justificaciones, una, que siendo una instalación municipal, el propio Ayuntamiento puede cambiarle el nombre cuando quiera, no hace falta que medie ley alguna, pero, dos, que existe una ley, la de Memoria Democrática, que ha sido aplicada para retirarle el nombre a determinadas calles y distinciones a personajes vinculados a la dictadura. Pemán, que fue un represor confeso (nunca se arrepintió de haber ideado y ejecutado la depuración de los maestros, y con ello la matanza de los mismos, en Cádiz unos sesenta.

Lean el magnífico estudio que hizo Pepe Pettenghi sobre esta depuración en su libro La escuela derrotada), que, como Queipo de Llano, hacía alocuciones terroríficas alabando las matanzas del ejército golpista y arengando a las tropas a seguir cometiendo crímenes… Según fue pasando el tiempo, ya no le hizo falta hacer más arengas, ganaron la guerra, reprimieron lo que quisieron reprimir y simplemente se acomodó al franquismo, como falangista primero, como intelectual que señalaba las líneas de la política cultural franquista después y, por último, monárquico, nunca demócrata (hay un cierto empeño de presentarlo como alguien que al final de su vida vio la luz. Mentira, nunca hizo discurso alguno sobre el particular. Es gracioso que se utilice una fotografía en la que se dan la mano él y Rafael Alberti para justificar su pase a la democracia, y pelillos a la mar).

El Ayuntamiento no ha sido coherente, no ha sido capaz de mantener el mismo discurso para dos artistas de la ciudad, para Aragón y para Pemán. Y tampoco ha sido valiente: que no se esconda Bruno y hermanos mártires en que al no haber ningún expediente con la supresión del nombre de Pemán para argumentar su acción. Lo tendrían fácil: háganlo, cumplan la ley, hagan lo mismo que con Aragón. Pero no, es una cuestión de ideología. A Bruno, seguramente, le importa un pimiento la Ley, el Teatro, Pemán y Aragón, a Bruno realmente parece que le importa todo un pimiento menos que cuando se manifiestan en su puerta le digan picardías. Han hecho lo que querían hacer: Poner a un heroe de los suyos, restituir el nombre de uno de los suyos, un artista de los suyos de los que a ellos les gusta. Todo lo demás es puro teatro.

¡Qué difícil es ser ecuánime, justo y coherente en todo momento y en toda situación! En política es casi imposible encontrar actuaciones donde lo justo y lo coherente predomine. Sobreactúa el gobierno en su defensa ante las acusaciones de corrupción y sobreactúa la oposición cuando lo ataca. Unos porque, aún teniendo razón en que hay un escoramiento más que notorio por parte de la judicatura y sus contornos a la hora de actuar, no es menos cierto que en los casos ya comprobados, sean estos más o menos graves, debería de dar alguna explicación más convincente y no solo la de enrocarse. Los otros porque la realidad es como cunado se dice eso de no escupir para arriba que al final te cae la saliva encima. La oposición, y en esto tenía toda la razón el presidente Sánchez, no puede hablar y señalar con eso de P.S. y silbar para otro lado con lo de M. Rajoy. Y eso es lo menor pues tienen casos de corrupción para empapelar hasta al apuntador, otra cosa es la atención que los medios de comunicación (y los jueces) le dispensan, pero eso es otro tema, sangrante, pero otro tema.

La coherencia es comportarse de manera consecuente con los principios que uno tiene, piensa o defiende. Coherencia es aplicar la misma lógica ante dos situaciones iguales. Coherencia es adecuar lo que se dice con lo que se hace.

En la Grecia clásica el teatro era una de las actividades más importantes para los ciudadanos. No solo era un acto cultural, o de ocio, era un espacio donde se establecían modus operandis que definían al arte como organismo bello por su estética, por su estructura y por su ejecución. Aristóteles, en su Poética, estableció que las obras teatrales tenían, para que pudieran ser consideradas como aptas para su presentación ante público, unas reglas que les confiriera una coherencia o unidad, eran una triple coherencia que debía servir para que el espectador de la obra no tuviera dudas, no fuera engañado, no fuera confundido: Unidad de la acción, unidad temporal y unidad espacial. También decían estos clásicos que el arte debía imitar a la naturaleza y por tanto eliminar artificiosidades. La regla contemplaba que los personajes de la obra de teatro debían ser decorosos y, por supuesto, hacer compatible la estética con la ética.

En estos días se han terminado las obras del Teatro de Verano, en el parque Genovés de Cádiz, instalación importante para la actividad cultural en la ciudad, sin duda. Después de quince años, y de no pocas visicitudes en la ejecución de las obras, por fin tendremos otro espacio escénico tan arraigado en la ciudad (allí vi actuar a Joan Manuel Serrat, a Raphael, he visto teatro, he estado en mítines… incluso, cuando azotaba el viento de levante, llegaba hasta mi casa con extraordinaria nitidez el sonido de aquellos conciertos. Mi madre, cuando cantaba la Rocío Jurado o la Pantoja, imploraba para que soplara el aire de forma que ella pudiera, como cualquier persona sin dineros para pagar esas entradas, escuchar a sus artistas favoritas asomada a la ventana).

Terminadas las obras, tardó poco tiempo el partido Vox en reclamar al Ayuntamiento que restituyera el nombre de Pemán a la instalación. Bruno, alcalde solícito y miedoso, tardó 24 horas en complacer a esos interlocutores. Y lo hizo basándose en que no había ningún expediente tramitado con el cambio anterior de nombre (es de agradecer el magnífico trabajo del Archivo Municipal que nos ha adelantado en redes sociales el expediente por el que el llamado “Teatro del Parque” se pasó a denominar desde 1964, Teatro Pemán) y que se llamaría, por consiguiente, Pemán. Vale.

Hace unos días el Ayuntamiento se hizo eco de una sentencia en la que se condenaba al autor Juan Carlos Aragón, por violencia de género. Se actuó rápido, incluso se le quitó el nombre del citado al colegio antes llamado Andalucía. Estas decisiones han creado polémica porque, más allá de que pueda parecer razonable que no se den homenajes y dignidades a una persona con esos antecedentes, como siempre hubo un intento de señalar al contrario político por aquello de si sabían o no de las conductas delictivas de Aragón.

Quiero decir que, desde mi punto de vista, artísticamente, me parece mucho mejor Juan Carlos Aragón que Pemán, la obra del carnavalero es, y en esto hay pocas discusiones, de las más importantes de la historia de la fiesta. Pemán no (y antes de nada: sí, me he leído su obra. No toda, pero sí la más significativa). Pemán, desde mi punto de vista solo destacó como articulista en la prensa, concretamente en el ABC. Como dramaturgo tuvo mucho éxito, pero sus obras eras pastiches costumbristas de muy baja calidad. Desde luego hoy mismo tenemos algunos autores teatrales con mayor calidad, nombro a dos amigos: Guillermo Alonso del Real y Ana López Segovia, pero también está, por supuesto, Antonio Estrada… hay varios, y todos mejores que Pemán. Como poeta, simplemente era bastante malo, cualquier adolescente hace mejores ripios que Don José María. Es mi opinión, y no pasa nada, hay gente que lo ve como uno de los más grandes. Hay gente pa to.

En cualquier caso, el hecho incontrovertible de que era un “intelectual” de la época (una época donde para tener el marchamo de intelectual tenías que ser del régimen y, en cualquier caso, ya se encargó el régimen de depurar a los intelectuales que no fueran del mismo), y que ese mismo régimen le recompensó dándole determinadas distinciones y el nombre al Teatro del Parque. El hecho de haberle quitado el nombre tiene dos causas o dos justificaciones, una, que siendo una instalación municipal, el propio Ayuntamiento puede cambiarle el nombre cuando quiera, no hace falta que medie ley alguna, pero, dos, que existe una ley, la de Memoria Democrática, que ha sido aplicada para retirarle el nombre a determinadas calles y distinciones a personajes vinculados a la dictadura. Pemán, que fue un represor confeso (nunca se arrepintió de haber ideado y ejecutado la depuración de los maestros, y con ello la matanza de los mismos, en Cádiz unos sesenta.

Lean el magnífico estudio que hizo Pepe Pettenghi sobre esta depuración en su libro La escuela derrotada), que, como Queipo de Llano, hacía alocuciones terroríficas alabando las matanzas del ejército golpista y arengando a las tropas a seguir cometiendo crímenes… Según fue pasando el tiempo, ya no le hizo falta hacer más arengas, ganaron la guerra, reprimieron lo que quisieron reprimir y simplemente se acomodó al franquismo, como falangista primero, como intelectual que señalaba las líneas de la política cultural franquista después y, por último, monárquico, nunca demócrata (hay un cierto empeño de presentarlo como alguien que al final de su vida vio la luz. Mentira, nunca hizo discurso alguno sobre el particular. Es gracioso que se utilice una fotografía en la que se dan la mano él y Rafael Alberti para justificar su pase a la democracia, y pelillos a la mar).

El Ayuntamiento no ha sido coherente, no ha sido capaz de mantener el mismo discurso para dos artistas de la ciudad, para Aragón y para Pemán. Y tampoco ha sido valiente: que no se esconda Bruno y hermanos mártires en que al no haber ningún expediente con la supresión del nombre de Pemán para argumentar su acción. Lo tendrían fácil: háganlo, cumplan la ley, hagan lo mismo que con Aragón. Pero no, es una cuestión de ideología. A Bruno, seguramente, le importa un pimiento la Ley, el Teatro, Pemán y Aragón, a Bruno realmente parece que le importa todo un pimiento menos que cuando se manifiestan en su puerta le digan picardías. Han hecho lo que querían hacer: Poner a un heroe de los suyos, restituir el nombre de uno de los suyos, un artista de los suyos de los que a ellos les gusta. Todo lo demás es puro teatro.

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