Hace unos días circuló por redes sociales un vídeo que provocó miles de comentarios. Una creadora de contenido dedicada a los libros abría un paquete enviado por una editorial. Dentro había una edición especialmente cuidada de La Odisea. Al verla, preguntó si era «lo de la película que hay ahora en el cine». Después leyó la carta que acompañaba el ejemplar, escrita con un tono deliberadamente evocador, y concluyó con una frase que terminó de incendiar el debate: "Qué complicado esto de leer, ¿no?".
Las críticas no tardaron en llegar. Y, como suele ocurrir en internet, tampoco tardó en aparecer el bando contrario. "No tiene por qué leer a los clásicos", decían unos. "Cada uno lee lo que quiere". "Dejad que la gente disfrute de la lectura".
Estoy completamente de acuerdo. Nadie tiene la obligación de leer a Homero. Ni a Cervantes. Ni a Shakespeare. La literatura no debería convertirse en una competición para demostrar quién ha leído más clásicos. Cada lector construye su biblioteca como quiere y bastante hace quien encuentra tiempo para leer entre el trabajo, la familia y las obligaciones cotidianas. Pero esa no era la cuestión. Confundir ambas cosas es responder sin haber entendido la crítica.
No se estaba discutiendo el derecho a no leer La Odisea. Se estaba hablando de algo mucho más básico: la necesidad de conocer aquello sobre lo que uno habla cuando ha decidido convertir los libros en el centro de su contenido.
Yo tampoco he leído todos los clásicos. Ni muchísimo menos. Pero sé quién fue Homero. Sé qué es La Odisea. Sé por qué sigue editándose casi tres mil años después y por qué continúa inspirando novelas, películas y series. Del mismo modo que alguien puede no haber leído Don Quijote de la Mancha y, aun así, entender que está ante una de las obras fundamentales de nuestra literatura. No hace falta haberlo leído para reconocer su importancia. Pero sí hace falta conocerlo si has decidido presentarte ante miles de personas como alguien que recomienda libros.
Porque recomendar lecturas implica también una cierta responsabilidad. No consiste únicamente en abrir paquetes, enseñar portadas bonitas o acumular novedades enviadas por las editoriales. Significa despertar la curiosidad de otros lectores, ofrecer contexto y, sobre todo, transmitir que los libros forman parte de una conversación mucho más amplia que las tendencias del momento.
Quizá por eso me llamó tanto la atención aquella frase: "Qué complicado esto de leer". No porque el texto fuera complejo. La Odisea puede exigir más concentración que una novela contemporánea, como también la exige cualquier obra escrita hace siglos. Eso forma parte de la experiencia de leer. Lo sorprendente era escuchar esa reflexión precisamente en una cuenta dedicada a los libros.
Y entonces uno no puede evitar hacerse una pregunta incómoda. ¿Estamos creando comunidades de lectores o comunidades de consumidores de libros? Porque no es exactamente lo mismo.
Un lector puede tardar meses en terminar una novela, volver sobre ella, investigar quién era su autor y recomendarla con entusiasmo. Un consumidor necesita novedades constantes. El algoritmo premia la cantidad. Las editoriales envían paquetes. Las redes sociales favorecen el haul, el unboxing, la fotografía de la portada y el vídeo de treinta segundos. Todo eso genera contenido y no necesariamente genera lectores.
Hemos empezado a confundir el amor por los libros con la capacidad para producir contenido sobre ellos. Son habilidades distintas. Una persona puede tener miles de seguidores y no haber sentido nunca curiosidad por saber quién fue Homero. Otra puede leer en silencio toda la vida sin abrir una sola cuenta en redes sociales.
No sé cuál de las dos influirá más en el futuro de la lectura. Lo que sí sé es que la literatura siempre ha sobrevivido a las modas. También sobrevivirá a esta. Porque las redes cambian de algoritmo cada pocos meses. La Odisea lleva casi tres mil años esperando a su próximo lector. Y sospecho que todavía tendrá paciencia para esperar unos cuantos siglos más.
Hace unos días circuló por redes sociales un vídeo que provocó miles de comentarios. Una creadora de contenido dedicada a los libros abría un paquete enviado por una editorial. Dentro había una edición especialmente cuidada de La Odisea. Al verla, preguntó si era «lo de la película que hay ahora en el cine». Después leyó la carta que acompañaba el ejemplar, escrita con un tono deliberadamente evocador, y concluyó con una frase que terminó de incendiar el debate: "Qué complicado esto de leer, ¿no?".
Las críticas no tardaron en llegar. Y, como suele ocurrir en internet, tampoco tardó en aparecer el bando contrario. "No tiene por qué leer a los clásicos", decían unos. "Cada uno lee lo que quiere". "Dejad que la gente disfrute de la lectura".
Estoy completamente de acuerdo. Nadie tiene la obligación de leer a Homero. Ni a Cervantes. Ni a Shakespeare. La literatura no debería convertirse en una competición para demostrar quién ha leído más clásicos. Cada lector construye su biblioteca como quiere y bastante hace quien encuentra tiempo para leer entre el trabajo, la familia y las obligaciones cotidianas. Pero esa no era la cuestión. Confundir ambas cosas es responder sin haber entendido la crítica.
No se estaba discutiendo el derecho a no leer La Odisea. Se estaba hablando de algo mucho más básico: la necesidad de conocer aquello sobre lo que uno habla cuando ha decidido convertir los libros en el centro de su contenido.
Yo tampoco he leído todos los clásicos. Ni muchísimo menos. Pero sé quién fue Homero. Sé qué es La Odisea. Sé por qué sigue editándose casi tres mil años después y por qué continúa inspirando novelas, películas y series. Del mismo modo que alguien puede no haber leído Don Quijote de la Mancha y, aun así, entender que está ante una de las obras fundamentales de nuestra literatura. No hace falta haberlo leído para reconocer su importancia. Pero sí hace falta conocerlo si has decidido presentarte ante miles de personas como alguien que recomienda libros.
Porque recomendar lecturas implica también una cierta responsabilidad. No consiste únicamente en abrir paquetes, enseñar portadas bonitas o acumular novedades enviadas por las editoriales. Significa despertar la curiosidad de otros lectores, ofrecer contexto y, sobre todo, transmitir que los libros forman parte de una conversación mucho más amplia que las tendencias del momento.
Quizá por eso me llamó tanto la atención aquella frase: "Qué complicado esto de leer". No porque el texto fuera complejo. La Odisea puede exigir más concentración que una novela contemporánea, como también la exige cualquier obra escrita hace siglos. Eso forma parte de la experiencia de leer. Lo sorprendente era escuchar esa reflexión precisamente en una cuenta dedicada a los libros.
Y entonces uno no puede evitar hacerse una pregunta incómoda. ¿Estamos creando comunidades de lectores o comunidades de consumidores de libros? Porque no es exactamente lo mismo.
Un lector puede tardar meses en terminar una novela, volver sobre ella, investigar quién era su autor y recomendarla con entusiasmo. Un consumidor necesita novedades constantes. El algoritmo premia la cantidad. Las editoriales envían paquetes. Las redes sociales favorecen el haul, el unboxing, la fotografía de la portada y el vídeo de treinta segundos. Todo eso genera contenido y no necesariamente genera lectores.
Hemos empezado a confundir el amor por los libros con la capacidad para producir contenido sobre ellos. Son habilidades distintas. Una persona puede tener miles de seguidores y no haber sentido nunca curiosidad por saber quién fue Homero. Otra puede leer en silencio toda la vida sin abrir una sola cuenta en redes sociales.
No sé cuál de las dos influirá más en el futuro de la lectura. Lo que sí sé es que la literatura siempre ha sobrevivido a las modas. También sobrevivirá a esta. Porque las redes cambian de algoritmo cada pocos meses. La Odisea lleva casi tres mil años esperando a su próximo lector. Y sospecho que todavía tendrá paciencia para esperar unos cuantos siglos más.
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