Opinión

La historia de Jerez, falsificada con la IA

La inteligencia artificial está dibujando un Jerez medieval que nunca existió, y el realismo de sus imágenes amenaza con convertir los errores en memoria colectiva

  • Vista de la Torre de la Atalaya sin andamios. -

Fue allá por 1968 cuando Stanley Kubrick, cineasta desigual pero visionario en unas cuantas cosas, nos advirtió que con el paso del tiempo la Inteligencia Artificial podría terminar preparando nuestro exterminio. Aún no se sabe si llegaremos a semejante extremo, pero lo que sí tenemos delante son numerosos problemas generados por el mal uso de la referida herramienta. Sin salirnos del campo del cine, a Eli Roth le han llovido críticas por rodar con ella determinadas secuencias de su último bodrio. No es que haya efectos digitales: es que, al parecer, se han detectado momentos en los que no media ninguna intervención humana. Todo por ordenador. Peor es el caso denunciado el otro día por un importante diario español referente a las novelas escritas en gran parte o en su integridad por la dichosa maquinita, porque algunas de ellas son auténticos superventas. ¿Se nota su uso? Obviamente, pero en el momento en el que una editorial comercializa semejante suerte de producto, el engaño está servido: se hace pasar por creación más o menos seria, léase elaborada por seres humanos con la intención de ofrecer un producto de cierta calidad, algo que tiene el mismo valor literario que nuestras antiguas guías de teléfono.

Otros usos de la IA parecen mucho más inofensivos, pero a la postre incurren en fraudes intelectualmente peligrosos. Un ejemplo lo estamos teniendo últimamente en Jerez de la Frontera, donde se están haciendo circular reconstrucciones visuales del pasado de nuestra ciudad que no solo se prestan a equívocos, sino que presentan errores de bulto; errores destinados a difundirse entre las muy numerosas personas que hacen uso de internet y las redes sociales. Por concretar un poco, me parecen preocupantes las imágenes que se han divulgado del Jerez medieval tanto musulmán como cristiano, que es tema al quien a ustedes es dirige se lleva dedicando ya unos cuantos lustros. Las de Sharish se empeñan en potenciar un carácter exótico e incluso orientalizante que parece de una producción de Samuel Broston, al tiempo que incurren en barbaridades como otorgar dimensiones inmensas a lo que fue una modesta mezquita aljama de cinco naves. Las del Jerez de tiempos del arte mudéjar no le van a la zaga. Hay una especialmente llamativa en la que la Torre de la Atalaya presenta una gran puerta que conduce desde la actual Plaza Plateros hasta lo que no fue sino una habitación para que colgasen las pesas del reloj. De acuerdo con que dicha reconstrucción se haya hecho con fines comerciales por parte de una agencia turística, pero digo yo que la persona encargada de ordenarle a la IA que dibujase podía al menos haberse asomado alguna vez a la planta baja de la torre: basta con entrar en San Dionisio, acercarse al retablo de San Cayetano y comprobar que allí jamás pudo haber puerta alguna. Como está escrito en numerosas publicaciones, la puerta se encontraba en el cuerpo menor de la torre, el de la escalera, y miraba hacia la Plaza de la Asunción. Se cerró durante la reforma iniciada en los años sesenta del siglo pasado.

Hasta aquí, nada que parezca de especial importancia: reconstrucciones desafortunadas hechas por quienes no conocen bien el tema o no saben investigar, sin más. El problema es que están realizadas mediante IA, una tecnología que ofrece una impresión visual de realismo extremo. Si alguien desacierta a la hora de imaginar nuestro pasado en un texto escrito, en sus palabras se quedan los errores. Pero en el momento en el que esos errores toman forma plástica digamos que hiperrealista, haciendo gala de enorme vistosidad y a veces incluso añadiendo movimiento, lo que es una visión equivocada del pasado adquiere una veracidad contra la que la sensatez que pueden pedir los historiadores serios tiene poco que hacer. Ante el común de los mortales esa es la verdad histórica, porque la está viendo con sus propios ojos. Lo falso se convierte en real sin derecho a réplica, toda vez que la inmensa mayoría de los usuarios de redes sociales no van a acudir a los artículos científicos de turno.

Al igual que los profesores tenemos muy difícil lograr que nuestros alumnos dejen de utilizar de manera inadecuada la IA a la hora de hacer los deberes, esto es, de sustituir la comprensión lectora por un simple clic en Chat GPT, resulta imposible poner límites a quienes difunden de manera masiva en redes sociales imágenes que falsifican nuestro pasado. Lo que sí podemos es advertir de la peligrosidad de lo que puede terminar convirtiéndose en un masivo fraude historiográfico.

Fue allá por 1968 cuando Stanley Kubrick, cineasta desigual pero visionario en unas cuantas cosas, nos advirtió que con el paso del tiempo la Inteligencia Artificial podría terminar preparando nuestro exterminio. Aún no se sabe si llegaremos a semejante extremo, pero lo que sí tenemos delante son numerosos problemas generados por el mal uso de la referida herramienta. Sin salirnos del campo del cine, a Eli Roth le han llovido críticas por rodar con ella determinadas secuencias de su último bodrio. No es que haya efectos digitales: es que, al parecer, se han detectado momentos en los que no media ninguna intervención humana. Todo por ordenador. Peor es el caso denunciado el otro día por un importante diario español referente a las novelas escritas en gran parte o en su integridad por la dichosa maquinita, porque algunas de ellas son auténticos superventas. ¿Se nota su uso? Obviamente, pero en el momento en el que una editorial comercializa semejante suerte de producto, el engaño está servido: se hace pasar por creación más o menos seria, léase elaborada por seres humanos con la intención de ofrecer un producto de cierta calidad, algo que tiene el mismo valor literario que nuestras antiguas guías de teléfono.

Otros usos de la IA parecen mucho más inofensivos, pero a la postre incurren en fraudes intelectualmente peligrosos. Un ejemplo lo estamos teniendo últimamente en Jerez de la Frontera, donde se están haciendo circular reconstrucciones visuales del pasado de nuestra ciudad que no solo se prestan a equívocos, sino que presentan errores de bulto; errores destinados a difundirse entre las muy numerosas personas que hacen uso de internet y las redes sociales. Por concretar un poco, me parecen preocupantes las imágenes que se han divulgado del Jerez medieval tanto musulmán como cristiano, que es tema al quien a ustedes es dirige se lleva dedicando ya unos cuantos lustros. Las de Sharish se empeñan en potenciar un carácter exótico e incluso orientalizante que parece de una producción de Samuel Broston, al tiempo que incurren en barbaridades como otorgar dimensiones inmensas a lo que fue una modesta mezquita aljama de cinco naves. Las del Jerez de tiempos del arte mudéjar no le van a la zaga. Hay una especialmente llamativa en la que la Torre de la Atalaya presenta una gran puerta que conduce desde la actual Plaza Plateros hasta lo que no fue sino una habitación para que colgasen las pesas del reloj. De acuerdo con que dicha reconstrucción se haya hecho con fines comerciales por parte de una agencia turística, pero digo yo que la persona encargada de ordenarle a la IA que dibujase podía al menos haberse asomado alguna vez a la planta baja de la torre: basta con entrar en San Dionisio, acercarse al retablo de San Cayetano y comprobar que allí jamás pudo haber puerta alguna. Como está escrito en numerosas publicaciones, la puerta se encontraba en el cuerpo menor de la torre, el de la escalera, y miraba hacia la Plaza de la Asunción. Se cerró durante la reforma iniciada en los años sesenta del siglo pasado.

Hasta aquí, nada que parezca de especial importancia: reconstrucciones desafortunadas hechas por quienes no conocen bien el tema o no saben investigar, sin más. El problema es que están realizadas mediante IA, una tecnología que ofrece una impresión visual de realismo extremo. Si alguien desacierta a la hora de imaginar nuestro pasado en un texto escrito, en sus palabras se quedan los errores. Pero en el momento en el que esos errores toman forma plástica digamos que hiperrealista, haciendo gala de enorme vistosidad y a veces incluso añadiendo movimiento, lo que es una visión equivocada del pasado adquiere una veracidad contra la que la sensatez que pueden pedir los historiadores serios tiene poco que hacer. Ante el común de los mortales esa es la verdad histórica, porque la está viendo con sus propios ojos. Lo falso se convierte en real sin derecho a réplica, toda vez que la inmensa mayoría de los usuarios de redes sociales no van a acudir a los artículos científicos de turno.

Al igual que los profesores tenemos muy difícil lograr que nuestros alumnos dejen de utilizar de manera inadecuada la IA a la hora de hacer los deberes, esto es, de sustituir la comprensión lectora por un simple clic en Chat GPT, resulta imposible poner límites a quienes difunden de manera masiva en redes sociales imágenes que falsifican nuestro pasado. Lo que sí podemos es advertir de la peligrosidad de lo que puede terminar convirtiéndose en un masivo fraude historiográfico.

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