Opinión

Gracias a Dios, es el fin del mundo

Entre alquileres imposibles, privilegios intactos y nostalgia franquista, el fin del mundo empieza a parecer una crónica cotidiana

  • Una concentración por la vivienda tras la muerte de Maricarmen. -

Hace ya demasiado tiempo que todo esto rebasó la barrera de lo absurdo. Como si el COVID-19 hubiese sido la primera de las diez plagas de Egipto, estamos como a la espera de ver cuándo llega el fin del mundo. 

Esta realidad en la que vivimos se vuelve cada vez más y más surrealista, y no quiero caer siempre en las referencias a Los Simpson, pero ¿qué puedo  decir si soy milenial y, además, ellos ya lo predijeron? 

En un mundo donde la nueva secretaria de prensa de la Casa Blanca es una Stacy Malibú que, de abogada, solo tiene el outfit, un trend de los 80 moviliza  a más gente que la lucha nacional por una vivienda digna. Al mismo tiempo,  la prensa fascista deshumaniza y humilla a una señora de 87 años que muere dos semanas después de ser desahuciada de su casa. Por si fuera poco, la  gente que ha tenido la valentía de acampar en Sol ahora tiene que aguantar  que un puñado de cayetanos ultras se acerquen a insultarlos al grito de  «¡Viva Franco!», sin tener mucha idea de la dictadura, pero sabiendo  perfectamente el precio de su primer luisvi. 

Sin respeto a los vivos ni a los muertos, acaben de sacarlos del hospital o de  recuperar sus huesos de una cuneta, lo importante es lo importante: que el tratamiento del cáncer y la universidad se los pague el que pueda, es decir, el que hereda. 

Cuando dicen que nos comen los fachas, supongo que se refieren a esa  gente que ha ido a una manifestación pacífica con botes de jabón de medio litro en la mano. Han ido a defender a España, dicen, como Dios manda, a base de insultar a otros españoles que llevan dos semanas con el lomo  partido luchando porque la vivienda sea un derecho y no un negocio. Todos  gritando a coro «¡Rojos de mierda!», con sus vocecillas de castrati y sus  sobacos de metrosexuales: la pataleta desesperada de los niños únicos que  ven su privilegio amenazado. 

¿Para qué comentar el tema de las elecciones, lo mal que lo ha hecho la izquierda, lo patético que ha sido tener que verles rogar a Rufián que se  vistiera de Spiderman porque solo existe en la izquierda un Peter Parker? Por el amor de Dios. ¿Para qué entrar a desmigar el juego sucio de la  ultraderecha, que mira a Donald Trump con los ojitos brillantes de un niño  que mira a su padre? («¡No votéis por correo, que el sistema está amañado!  Sobre todo si yo pierdo, guiño, guiño, codazo, codazo»). Este abusón de  colegio ha descubierto que el cénit de la IA es usarla para representarse a sí  mismo sometiendo a un tigre. Aunque solo después de usar las imágenes  reales de un chico de 23 años con problemas de salud mental que ha muerto a causa del ataque del animal. Yo, sinceramente, viendo este panorama,  tengo el sistema nervioso al borde del colapso y las pastillas de ashwagandha en la mesita de noche como la Policía Nacional detrás de una narcolancha. Qué lástima. En estas estamos, fluyendo de Guatemala al  mismísimo carajo. Un poco sin ánimo de lucro de Algeciras, porque ¿tú qué  prefieres? ¿Un alquiler de 2.650 € o tener que irte a Portugal para abortar? 

Thank God, It’s Doomsday. 

Hace ya demasiado tiempo que todo esto rebasó la barrera de lo absurdo. Como si el COVID-19 hubiese sido la primera de las diez plagas de Egipto, estamos como a la espera de ver cuándo llega el fin del mundo. 

Esta realidad en la que vivimos se vuelve cada vez más y más surrealista, y no quiero caer siempre en las referencias a Los Simpson, pero ¿qué puedo  decir si soy milenial y, además, ellos ya lo predijeron? 

En un mundo donde la nueva secretaria de prensa de la Casa Blanca es una Stacy Malibú que, de abogada, solo tiene el outfit, un trend de los 80 moviliza  a más gente que la lucha nacional por una vivienda digna. Al mismo tiempo,  la prensa fascista deshumaniza y humilla a una señora de 87 años que muere dos semanas después de ser desahuciada de su casa. Por si fuera poco, la  gente que ha tenido la valentía de acampar en Sol ahora tiene que aguantar  que un puñado de cayetanos ultras se acerquen a insultarlos al grito de  «¡Viva Franco!», sin tener mucha idea de la dictadura, pero sabiendo  perfectamente el precio de su primer luisvi. 

Sin respeto a los vivos ni a los muertos, acaben de sacarlos del hospital o de  recuperar sus huesos de una cuneta, lo importante es lo importante: que el tratamiento del cáncer y la universidad se los pague el que pueda, es decir, el que hereda. 

Cuando dicen que nos comen los fachas, supongo que se refieren a esa  gente que ha ido a una manifestación pacífica con botes de jabón de medio litro en la mano. Han ido a defender a España, dicen, como Dios manda, a base de insultar a otros españoles que llevan dos semanas con el lomo  partido luchando porque la vivienda sea un derecho y no un negocio. Todos  gritando a coro «¡Rojos de mierda!», con sus vocecillas de castrati y sus  sobacos de metrosexuales: la pataleta desesperada de los niños únicos que  ven su privilegio amenazado. 

¿Para qué comentar el tema de las elecciones, lo mal que lo ha hecho la izquierda, lo patético que ha sido tener que verles rogar a Rufián que se  vistiera de Spiderman porque solo existe en la izquierda un Peter Parker? Por el amor de Dios. ¿Para qué entrar a desmigar el juego sucio de la  ultraderecha, que mira a Donald Trump con los ojitos brillantes de un niño  que mira a su padre? («¡No votéis por correo, que el sistema está amañado!  Sobre todo si yo pierdo, guiño, guiño, codazo, codazo»). Este abusón de  colegio ha descubierto que el cénit de la IA es usarla para representarse a sí  mismo sometiendo a un tigre. Aunque solo después de usar las imágenes  reales de un chico de 23 años con problemas de salud mental que ha muerto a causa del ataque del animal. Yo, sinceramente, viendo este panorama,  tengo el sistema nervioso al borde del colapso y las pastillas de ashwagandha en la mesita de noche como la Policía Nacional detrás de una narcolancha. Qué lástima. En estas estamos, fluyendo de Guatemala al  mismísimo carajo. Un poco sin ánimo de lucro de Algeciras, porque ¿tú qué  prefieres? ¿Un alquiler de 2.650 € o tener que irte a Portugal para abortar? 

Thank God, It’s Doomsday. 

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