¿Que cómo se ha hecho rico? Insultando. En España, insultando, que es gerundio, se ingresa incluso en la Real Academia de la Lengua. Ahí están Quevedo, Cela y Pérez-Reverte. Hay quien piensa que insultar es un arte y, además, hacerlo continuamente, es un oficio bien pagado. Hay locutores de radio que se han hecho ricos presumiendo de sus habilidades vejatorias. Seguramente por eso, las primeras palabras que aprenden los jugadores extranjeros cuando llegan a la liga española son los tacos e insultos. En el fútbol, el insulto es un lenguaje coral. Se insulta a coro.
No hace tanto tiempo, un equipo de Primera Federación había sido advertido por el comité de competición con graves sanciones por el comportamiento de su afición. Especialmente, en lo relativo al colectivo arbitral. Los colegiados que pasaban por ese campo estaban hartos de ser vejados y humillados sistemáticamente, incluso antes de empezar los encuentros. Es una modalidad del insulto llamada “insultos preventivos”. Los árbitros amenazaron incluso con el boicot cada vez que les tocara arbitrar en ese estadio. La federación decidió tomar medidas tajantes, advirtiendo a los directivos de que, si en el próximo partido se producía algún agravio al árbitro, por leve que fuera, cerrarían inmediatamente el campo durante el resto de la competición. Y llegó el día del partido y el runrún de la amenaza había corrido como la pólvora entre los socios y abonados, que se juramentaron para no dar motivos a la sanción. Crearon jefes de grupo, para controlar desde la grada a los aficionados más exaltados, con el objetivo de evitar cualquier grito extemporáneo.
Y comenzó el partido. El campo estaba lleno, pero el silencio era absoluto. El único sonido que se escuchaba eran las voces de los jugadores, el pitido del árbitro y los golpes al balón. Parecía la banda sonora de un partido a puerta cerrada. De repente, en el área del equipo visitante, se produjo una entrada violenta y el jugador local cayó al suelo fulminado. Era penalti sí o sí, pero el árbitro miró para otro lado, haciendo con la mano el gesto de sigan, sigan. El campo emitió un tenso murmullo que iba en aumento, hasta que, en la grada pegada al palco, un fornido espectador se puso en pie y con un vozarrón de barítono gritó: ¡Árbitrooooooooooo! La gente al escuchar este grito, temiéndose lo peor, hizo un silencio de camposanto. Tras la pausa, que duró una eternidad, el espectador vociferante, remató con todas sus ganas: ¡Injustoooooooo!
Llegados a este punto, tal vez sería el momento de explicar que en realidad los insultos y agravios españoles no son para tanto. Nuestros insultos graves son básicamente dos: “Hijo de viruta” y cabrón. “Hijo de viruta”, en su literalidad, no debería considerarse un insulto, dado que el aludido no es responsable de las supuestas actividades extraescolares de su madre. Lo mismo sucede con el apelativo de “cabrón”, que tampoco debería considerarse un insulto. Este término tan contundente y sonoro solo existe en español, pues tiene su origen en un apellido. Pedro Hernández Cabrón fue un gaditano que en 1496 se hizo rico haciendo “cabronadas” a los judíos expulsados de España, tanto en la costa africana, como en Canarias.
Esta ambigüedad en el significado real de los insultos se acentúa en Andalucia, donde un “hijo de viruta” se utiliza a menudo como apelativo cariñoso. Y lo mismo sucede con “cabrón” y hasta con “maricón”. Podríamos decir que, entre nosotros, pesa menos la semántica del insulto que el ímpetu y la intención del insultador.
¿Que cómo se ha hecho rico? Insultando. En España, insultando, que es gerundio, se ingresa incluso en la Real Academia de la Lengua. Ahí están Quevedo, Cela y Pérez-Reverte. Hay quien piensa que insultar es un arte y, además, hacerlo continuamente, es un oficio bien pagado. Hay locutores de radio que se han hecho ricos presumiendo de sus habilidades vejatorias. Seguramente por eso, las primeras palabras que aprenden los jugadores extranjeros cuando llegan a la liga española son los tacos e insultos. En el fútbol, el insulto es un lenguaje coral. Se insulta a coro.
No hace tanto tiempo, un equipo de Primera Federación había sido advertido por el comité de competición con graves sanciones por el comportamiento de su afición. Especialmente, en lo relativo al colectivo arbitral. Los colegiados que pasaban por ese campo estaban hartos de ser vejados y humillados sistemáticamente, incluso antes de empezar los encuentros. Es una modalidad del insulto llamada “insultos preventivos”. Los árbitros amenazaron incluso con el boicot cada vez que les tocara arbitrar en ese estadio. La federación decidió tomar medidas tajantes, advirtiendo a los directivos de que, si en el próximo partido se producía algún agravio al árbitro, por leve que fuera, cerrarían inmediatamente el campo durante el resto de la competición. Y llegó el día del partido y el runrún de la amenaza había corrido como la pólvora entre los socios y abonados, que se juramentaron para no dar motivos a la sanción. Crearon jefes de grupo, para controlar desde la grada a los aficionados más exaltados, con el objetivo de evitar cualquier grito extemporáneo.
Y comenzó el partido. El campo estaba lleno, pero el silencio era absoluto. El único sonido que se escuchaba eran las voces de los jugadores, el pitido del árbitro y los golpes al balón. Parecía la banda sonora de un partido a puerta cerrada. De repente, en el área del equipo visitante, se produjo una entrada violenta y el jugador local cayó al suelo fulminado. Era penalti sí o sí, pero el árbitro miró para otro lado, haciendo con la mano el gesto de sigan, sigan. El campo emitió un tenso murmullo que iba en aumento, hasta que, en la grada pegada al palco, un fornido espectador se puso en pie y con un vozarrón de barítono gritó: ¡Árbitrooooooooooo! La gente al escuchar este grito, temiéndose lo peor, hizo un silencio de camposanto. Tras la pausa, que duró una eternidad, el espectador vociferante, remató con todas sus ganas: ¡Injustoooooooo!
Llegados a este punto, tal vez sería el momento de explicar que en realidad los insultos y agravios españoles no son para tanto. Nuestros insultos graves son básicamente dos: “Hijo de viruta” y cabrón. “Hijo de viruta”, en su literalidad, no debería considerarse un insulto, dado que el aludido no es responsable de las supuestas actividades extraescolares de su madre. Lo mismo sucede con el apelativo de “cabrón”, que tampoco debería considerarse un insulto. Este término tan contundente y sonoro solo existe en español, pues tiene su origen en un apellido. Pedro Hernández Cabrón fue un gaditano que en 1496 se hizo rico haciendo “cabronadas” a los judíos expulsados de España, tanto en la costa africana, como en Canarias.
Esta ambigüedad en el significado real de los insultos se acentúa en Andalucia, donde un “hijo de viruta” se utiliza a menudo como apelativo cariñoso. Y lo mismo sucede con “cabrón” y hasta con “maricón”. Podríamos decir que, entre nosotros, pesa menos la semántica del insulto que el ímpetu y la intención del insultador.
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