En los tiempos políticos que corren nos encontramos presidentes con sonrisas perpetuas, amigos de vacas y hasta cantantes de videos electorales. Es la alegría impostada, que olvida los fallos de los cribados durante su gestión, da la espalda al río de andaluces y andaluzas que tienen que emigrar a buscar una vida digna o mienten sin pudor afirmando que no hay grandes tenedores de vivienda. Qué alegría.
También hay quien nunca sonríe, tras su barba bien recortada y su pectoral anabolizado, vomitando odio, racismo y xenofobia, frotándose las manos con su aumento de votos, de sillones en el parlamento y, sobre todo, de influencia para aplicar su propia batalla cultural reaccionaria y fascista. Otros tienen su rostro serio y enjuto, denunciando injusticias y tratando de apartarse por todos los medios del estigma de cohabitar en minoría muy minoritaria en un gobierno que no le convence pero que tampoco se atreve a abandonar.
Y luego tenemos a quienes se llenan la boca de alegría, la defienden y usan para oponerla a la supuesta tristeza de otros, la manosean como slogan aunque, incoherentemente desarrollan un discurso agresivo, gamberrete, directo, de riña callejera, que recuerda a aquella indignación del 15-M y sus líderes, a sabiendas que es esa actitud desafiante, nada alegre por cierto, la que le ha dado cierta visibilidad mediática.
No hay alegría sin quejío. No podemos estar contentos hasta que no gritamos lo que sentimos, no denunciamos las injusticias, no chillamos al causante. El quejío no es la queja del quejica, el lamento suave del sumiso, el ay ay del doliente. El quejío es la reivindicación dura, a voz en grito, que reclama, denuncia y no deja a nadie impasible, que desgarra la garganta del que lo vive y el oído del que tiene la culpa. Es la voz de Andalucía que trasciende fuera y dentro de sus fronteras, que se hace sentir rompiendo sorderas, que reclama por los dolores de la Matria.
Y luego vendrá la alegría, cuando soñemos con una Andalucía libre y soberana, sin ataduras de instituciones, empresas o partidos manejados desde fuera, cuando la veamos creciendo a su aire y desde su mirada, cuando la sintamos orgullosa de su identidad y su ser. Pero no antes. La alegría sin quejío es pura estulticia, risita falsa, autocomplacencia, ombliguismo acrítico y egocéntrico.
En el Ideal andaluz, Blas Infante denuncia cómo se ha caricaturizado muchas veces al andaluz de superficial, ignorando el trasfondo de dolor y marginación social que lo rodeaba históricamente, plasmado en el quejío. La verdadera alegría de Andalucía no es sonrisa o mantra publicitario sino herramienta de resiliencia, fortaleza y voluntad para transformar la conciencia, de pueblo y de clase. No es pasiva, ni doliente, es dinámica y revolucionaria, es búsqueda de la superación del colonialismo interno y la discriminación. La alegría forma la base de la identidad andaluza, no es patrimonio de unos y de otros, es nuestra manera de la redención social y el despertar de la conciencia colectiva.
En los tiempos políticos que corren nos encontramos presidentes con sonrisas perpetuas, amigos de vacas y hasta cantantes de videos electorales. Es la alegría impostada, que olvida los fallos de los cribados durante su gestión, da la espalda al río de andaluces y andaluzas que tienen que emigrar a buscar una vida digna o mienten sin pudor afirmando que no hay grandes tenedores de vivienda. Qué alegría.
También hay quien nunca sonríe, tras su barba bien recortada y su pectoral anabolizado, vomitando odio, racismo y xenofobia, frotándose las manos con su aumento de votos, de sillones en el parlamento y, sobre todo, de influencia para aplicar su propia batalla cultural reaccionaria y fascista. Otros tienen su rostro serio y enjuto, denunciando injusticias y tratando de apartarse por todos los medios del estigma de cohabitar en minoría muy minoritaria en un gobierno que no le convence pero que tampoco se atreve a abandonar.
Y luego tenemos a quienes se llenan la boca de alegría, la defienden y usan para oponerla a la supuesta tristeza de otros, la manosean como slogan aunque, incoherentemente desarrollan un discurso agresivo, gamberrete, directo, de riña callejera, que recuerda a aquella indignación del 15-M y sus líderes, a sabiendas que es esa actitud desafiante, nada alegre por cierto, la que le ha dado cierta visibilidad mediática.
No hay alegría sin quejío. No podemos estar contentos hasta que no gritamos lo que sentimos, no denunciamos las injusticias, no chillamos al causante. El quejío no es la queja del quejica, el lamento suave del sumiso, el ay ay del doliente. El quejío es la reivindicación dura, a voz en grito, que reclama, denuncia y no deja a nadie impasible, que desgarra la garganta del que lo vive y el oído del que tiene la culpa. Es la voz de Andalucía que trasciende fuera y dentro de sus fronteras, que se hace sentir rompiendo sorderas, que reclama por los dolores de la Matria.
Y luego vendrá la alegría, cuando soñemos con una Andalucía libre y soberana, sin ataduras de instituciones, empresas o partidos manejados desde fuera, cuando la veamos creciendo a su aire y desde su mirada, cuando la sintamos orgullosa de su identidad y su ser. Pero no antes. La alegría sin quejío es pura estulticia, risita falsa, autocomplacencia, ombliguismo acrítico y egocéntrico.
En el Ideal andaluz, Blas Infante denuncia cómo se ha caricaturizado muchas veces al andaluz de superficial, ignorando el trasfondo de dolor y marginación social que lo rodeaba históricamente, plasmado en el quejío. La verdadera alegría de Andalucía no es sonrisa o mantra publicitario sino herramienta de resiliencia, fortaleza y voluntad para transformar la conciencia, de pueblo y de clase. No es pasiva, ni doliente, es dinámica y revolucionaria, es búsqueda de la superación del colonialismo interno y la discriminación. La alegría forma la base de la identidad andaluza, no es patrimonio de unos y de otros, es nuestra manera de la redención social y el despertar de la conciencia colectiva.
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