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Habría que romper una lanza a favor de las pequeñas editoriales

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Con el lanzamiento de mi próxima novela a las puertas, Siervos del olvido (Kaizen editores), acuden de súbito una mezcolanza de sensaciones. La alegría de un nuevo proyecto que ve la luz intercalada con la desazón de librar una amalgama de obstáculos. No es para menos. Cualquier osado que haya intentado asomar la cabeza por el resquicio de una mesa de novedades sabe que el proceso no es una carrera de fondo, sino una gincana de vallas gigantes donde el mérito puramente literario ha dejado de ser el motor principal. El universo del libro se ha transformado en un engranaje complejo, frío y, para la inmensa mayoría, desalentadoramente inaccesible.

La realidad es que el sector está gobernado por una máxima que genera descrédito: lo tienes muy complicado si no eres creador de contenido o si tus redes no las avalan una buena legión de seguidores. Así de crudo. Así de reduccionista. Apenas se evalúa la calidad de un manuscrito, el ritmo de la trama o la profundidad de los personajes; en su lugar, chequean el perfil del autor en busca de esa cifra mágica de cinco o seis dígitos que garantice un techo de ventas apetecible. Los algoritmos y las leyes no escritas del mercado dictan que más vale un escaparate bonito que el talento, un atributo que, aunque importante, puede pasar a un segundo o tercer plano sin que se prescinda lo primero.

A día de hoy, lo que más renta a los grandes sellos editoriales es contar con una marca que ya venga aprendida de casa, que ese escaparate del que hablábamos retroalimente al negocio de forma orgánica e inmediata. Casi que da igual si esa marca es incapaz de encadenar más de tres palabras con cierta coherencia. Si el rostro es reconocible, el libro se convierte en un mero producto de merchandising, un objeto de estantería que se vende por lo que representa su autor y no por lo que contienen sus páginas.

Esta alarmante deriva comercial nos obliga a mirar de frente a la realidad sin paños calientes. Sin esta máxima, ¿qué hubiera sido del bueno de Custodio Pérez (del que celebrábamos su éxito en esta misma columna), sin su paso por el plató de "La Revuelta"? No hace falta disponer de una bola de cristal para llegar a la conclusión de que, muy posiblemente, seguiría recolectando tomates en el campo, mientras que, en sus ratos libres, tendría que mendigar la atención de cinco o seis mutuals con los que sentirse acompañado en su firma de libros. El sistema actual premia el impacto mediático por encima de la constancia en el oficio.

Por eso, esta columna no tendría sentido sin la mención de aquellos compañeros de pico o pala que, no exentos de talento, encarnan la lucha desigual de David contra Goliat. Alberto Puyana, Jesús Relinque, Juan Manuel Sainz, Lydia Pastrana, Alma Alanís, Patricia María Gallardo, Enrique Montiel de Arnáiz, Rosario Tey, Manuel Devesa, Sebastián Sancho, Aida Agraso, Manuel García Requejo, Eduardo Formanti, David Magrañal, Lourdes Tello, Fran Reyes o David Yuste. Todos ellos, junto a otros tantos que se quedan en el tintero, bajan y bucean en el barro a diario para que sus historias lleguen a nuestras manos. Gente que no dispone del foco mediático y que su trinchera es la tinta y el papel, las presentaciones en librerías de barrio con apenas diez sillas ocupadas de puro milagro y el boca a boca que se construye con la paciencia del artesano. El mérito de todos ellos es doble, porque no solo escriben, sino que resisten la corriente de un río que intenta ahogarlos.

En este sentido, habría que romper una lanza a favor de las pequeñas editoriales, que se han convertido en las voces disonantes en un mercado en el que priman otros valores por encima de lo meramente literario. En buena medida, son ellos quienes asumen el riesgo real, quienes leen los manuscritos que llegan a ciegas por correo electrónico y quienes deciden hipotecar sus escasos recursos económicos por una historia en la que creen firmemente, sin importarles si el autor tiene diez o diez mil seguidores en su perfil. Sin la resistencia numantina de estas pequeñas editoriales, el panorama literario sería un páramo monótono, un catálogo uniforme de biografías de famosos de temporada, manuales de autoayuda escritos por encargo a terceros y ficciones prefabricadas por comités de marketing.

A fin de cuentas, por el entusiasmo inquebrantable que ponen estas dos partes, autores minoritarios y editoriales modestas, el panorama literario no termina de sucumbir ante la monotonía del algoritmo. Gracias a este esfuerzo conjunto, los lectores todavía tenemos la maravillosa e imprescindible oportunidad de encontrar historias únicas en su especie, piezas literarias insustituibles.

Aprender a valorarlo supondría avanzar con un paso de gigante.

¿Por qué no intentarlo?

Gracias por la lectura y feliz lunes.

Con el lanzamiento de mi próxima novela a las puertas, Siervos del olvido (Kaizen editores), acuden de súbito una mezcolanza de sensaciones. La alegría de un nuevo proyecto que ve la luz intercalada con la desazón de librar una amalgama de obstáculos. No es para menos. Cualquier osado que haya intentado asomar la cabeza por el resquicio de una mesa de novedades sabe que el proceso no es una carrera de fondo, sino una gincana de vallas gigantes donde el mérito puramente literario ha dejado de ser el motor principal. El universo del libro se ha transformado en un engranaje complejo, frío y, para la inmensa mayoría, desalentadoramente inaccesible.

La realidad es que el sector está gobernado por una máxima que genera descrédito: lo tienes muy complicado si no eres creador de contenido o si tus redes no las avalan una buena legión de seguidores. Así de crudo. Así de reduccionista. Apenas se evalúa la calidad de un manuscrito, el ritmo de la trama o la profundidad de los personajes; en su lugar, chequean el perfil del autor en busca de esa cifra mágica de cinco o seis dígitos que garantice un techo de ventas apetecible. Los algoritmos y las leyes no escritas del mercado dictan que más vale un escaparate bonito que el talento, un atributo que, aunque importante, puede pasar a un segundo o tercer plano sin que se prescinda lo primero.

A día de hoy, lo que más renta a los grandes sellos editoriales es contar con una marca que ya venga aprendida de casa, que ese escaparate del que hablábamos retroalimente al negocio de forma orgánica e inmediata. Casi que da igual si esa marca es incapaz de encadenar más de tres palabras con cierta coherencia. Si el rostro es reconocible, el libro se convierte en un mero producto de merchandising, un objeto de estantería que se vende por lo que representa su autor y no por lo que contienen sus páginas.

Esta alarmante deriva comercial nos obliga a mirar de frente a la realidad sin paños calientes. Sin esta máxima, ¿qué hubiera sido del bueno de Custodio Pérez (del que celebrábamos su éxito en esta misma columna), sin su paso por el plató de "La Revuelta"? No hace falta disponer de una bola de cristal para llegar a la conclusión de que, muy posiblemente, seguiría recolectando tomates en el campo, mientras que, en sus ratos libres, tendría que mendigar la atención de cinco o seis mutuals con los que sentirse acompañado en su firma de libros. El sistema actual premia el impacto mediático por encima de la constancia en el oficio.

Por eso, esta columna no tendría sentido sin la mención de aquellos compañeros de pico o pala que, no exentos de talento, encarnan la lucha desigual de David contra Goliat. Alberto Puyana, Jesús Relinque, Juan Manuel Sainz, Lydia Pastrana, Alma Alanís, Patricia María Gallardo, Enrique Montiel de Arnáiz, Rosario Tey, Manuel Devesa, Sebastián Sancho, Aida Agraso, Manuel García Requejo, Eduardo Formanti, David Magrañal, Lourdes Tello, Fran Reyes o David Yuste. Todos ellos, junto a otros tantos que se quedan en el tintero, bajan y bucean en el barro a diario para que sus historias lleguen a nuestras manos. Gente que no dispone del foco mediático y que su trinchera es la tinta y el papel, las presentaciones en librerías de barrio con apenas diez sillas ocupadas de puro milagro y el boca a boca que se construye con la paciencia del artesano. El mérito de todos ellos es doble, porque no solo escriben, sino que resisten la corriente de un río que intenta ahogarlos.

En este sentido, habría que romper una lanza a favor de las pequeñas editoriales, que se han convertido en las voces disonantes en un mercado en el que priman otros valores por encima de lo meramente literario. En buena medida, son ellos quienes asumen el riesgo real, quienes leen los manuscritos que llegan a ciegas por correo electrónico y quienes deciden hipotecar sus escasos recursos económicos por una historia en la que creen firmemente, sin importarles si el autor tiene diez o diez mil seguidores en su perfil. Sin la resistencia numantina de estas pequeñas editoriales, el panorama literario sería un páramo monótono, un catálogo uniforme de biografías de famosos de temporada, manuales de autoayuda escritos por encargo a terceros y ficciones prefabricadas por comités de marketing.

A fin de cuentas, por el entusiasmo inquebrantable que ponen estas dos partes, autores minoritarios y editoriales modestas, el panorama literario no termina de sucumbir ante la monotonía del algoritmo. Gracias a este esfuerzo conjunto, los lectores todavía tenemos la maravillosa e imprescindible oportunidad de encontrar historias únicas en su especie, piezas literarias insustituibles.

Aprender a valorarlo supondría avanzar con un paso de gigante.

¿Por qué no intentarlo?

Gracias por la lectura y feliz lunes.

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