Opinión

Feijóo en busca del nitrógeno verde

"La grandeza del discurso está en penetrar y persuadir las verdades; la habilidad más baja del ingenio es enredar a otros con sofisterías". Benito Jerónimo Feijoo

  • El líder del PP, Alberto Núñez Feijóo, durante su intervención en el Congreso.

Nos reímos en su día de los galimatías de Rajoy, pero tras aquel expresidente, a pesar de sus desastrosas intervenciones, se escondía un hombre con cierta cultura y una mente lógica estructurada: la del registrador de la propiedad , que es y  entiende la lógica como la construyen los registradores, por cierto muy parecida a como la entienden los LLM de la inteligencia artificial, a base de frases hechas y listas. Recuérdese aquel celebre definición  de Umberto Eco describiendo a internet:  “Como la madre de todas las listas”. 

Pero los supuestos lapsus de Feijóo responden a algo mucho más inquietante: una profunda y radical ignorancia cultural. Miremos algunos que sonrojarían a cualquier estudiante de primaria. Si a Feijóo se le aplicaran los criterios del estudio PISA, no quedaríamos pisados, sino aplastados por el conocido informe de evaluación de la OCDE. Empecemos por la literatura. En el foro Global Youth Leadership, Feijóo situó el origen de la posverdad en la distopía de Orwell, escrita, según él, «allá por el año 84». La novela se publicó en 1949; cuando llegó 1984, Orwell llevaba más de treinta años muerto. Lo grave no fue solo el error, sino que siguió con el discurso como si nada y solo se disculpó después, cuando las risas ya eran inevitables.Tampoco la ciencia parece su fuerte. Las redes aún recuerdan aquellas vacas que, según él, producían «metanol», cuando lo que emiten es metano, que no es lo mismo ni en química ni en el establo.La geografía, por su parte, le juega malas pasadas con sorprendente regularidad. En el cierre de campaña de las generales situó Huelva en un mar que no baña su costa, que es atlántica. En un mitin en Badajoz se despidió asegurando que la ilusión es lo que percibe cada vez que viene a Andalucía. Y en Valencia inauguró un recorrido agradeciendo el honor de empezarlo en la Costa Dorada, que está en Tarragona.Ni siquiera su propia tierra se libra. Siendo presidente de la Xunta llegó a afirmar que en Galicia se habla «español y castellano», olvidando, nada menos, el gallego.Y, para rematar, hace apenas unos días confundió el hidrógeno con el nitrógeno al referirse al proyecto energético entre Barcelona y Marsella, inventando así un nitrógeno verde que no existe en ninguna tabla periódica.

Pero lo peor es que este tipo de incultura no parece importarle; al contrario, hace gala de ella.Con todo, el caso de Feijóo tiene su mérito, pues retrata muy bien la situación actual de la derecha respecto del conocimiento y la cultura. El pensamiento conservador era conservador, pero también era pensamiento. Lejos muy lejos queda  Benito Jerónimo Feijoo, benedictino gallego precursor de la Ilustración española, combatió supersticiones, falsos milagros y errores comunes con la razón y la experiencia. Ambos son ourensanos y comparten apellido, pero el fraile dedicó su vida a desterrar los «errores comunes», y el político gallego parece empeñado en coleccionarlos.Hoy, si es pensamiento, no es conservador, y si es conservador, no es pensamiento, al modo en que Unamuno se burlaba de cierto periódico navarro tradicionalista. Ese pensamiento se había refugiado tras las murallas de ideologías idealistas como la teología, la doctrina moral de la Iglesia o el fortín seudocientífico del darwinismo social más crudo, que en realidad no es sino antidarwinismo.

Ya no existe una ideología conservadora, porque la ideología es la mediación entre el nosotros y la realidad social, y para tener ideología hace falta cierta forma de organización social de la percepción colectiva. Lo que esta derecha pretende no es convencernos de la bondad o la utilidad de la ideología conservadora, sino sembrar siempre la confusión mental y el desorden cognitivo para, en medio de ese caos, imponer las posiciones más autoritarias y defensivas, de pedigrí netamente reaccionario. El objetivo de este cúmulo de disparates no es abonar el terreno a los valores reaccionarios, sino volvernos, literalmente, locos.

Este cultivo de la incultura es tan brutal en Feijóo que ignora incluso la propia estrategia de confusión cognitiva de la derecha actual. Lo que no ignora es cómo reacciona su ecosistema ante tantas barbaridades, ni cómo les va a los émulos de Trump en Colombia, en Brasil o en Chile. Su razonamiento parece sencillo: si, mostrando mis vergüenzas, no solo no pasa nada, sino que encima me ríen las gracias y suben las encuestas, ¿para qué voy a cambiar? Perdido entre los símbolos de la tabla periódica en busca del nitrógeno verde, Feijóo parece —solo parece— querer convertirla en un laberinto de espejos. El líder gallego parece empeñado en que todos nos perdamos en él. La  escena final de La dama de Shanghái ,de Orson Welles, transcurre precisamente en una sala de espejos, donde nadie sabe ya a quién dispara.

Nos reímos en su día de los galimatías de Rajoy, pero tras aquel expresidente, a pesar de sus desastrosas intervenciones, se escondía un hombre con cierta cultura y una mente lógica estructurada: la del registrador de la propiedad , que es y  entiende la lógica como la construyen los registradores, por cierto muy parecida a como la entienden los LLM de la inteligencia artificial, a base de frases hechas y listas. Recuérdese aquel celebre definición  de Umberto Eco describiendo a internet:  “Como la madre de todas las listas”. 

Pero los supuestos lapsus de Feijóo responden a algo mucho más inquietante: una profunda y radical ignorancia cultural. Miremos algunos que sonrojarían a cualquier estudiante de primaria. Si a Feijóo se le aplicaran los criterios del estudio PISA, no quedaríamos pisados, sino aplastados por el conocido informe de evaluación de la OCDE. Empecemos por la literatura. En el foro Global Youth Leadership, Feijóo situó el origen de la posverdad en la distopía de Orwell, escrita, según él, «allá por el año 84». La novela se publicó en 1949; cuando llegó 1984, Orwell llevaba más de treinta años muerto. Lo grave no fue solo el error, sino que siguió con el discurso como si nada y solo se disculpó después, cuando las risas ya eran inevitables.Tampoco la ciencia parece su fuerte. Las redes aún recuerdan aquellas vacas que, según él, producían «metanol», cuando lo que emiten es metano, que no es lo mismo ni en química ni en el establo.La geografía, por su parte, le juega malas pasadas con sorprendente regularidad. En el cierre de campaña de las generales situó Huelva en un mar que no baña su costa, que es atlántica. En un mitin en Badajoz se despidió asegurando que la ilusión es lo que percibe cada vez que viene a Andalucía. Y en Valencia inauguró un recorrido agradeciendo el honor de empezarlo en la Costa Dorada, que está en Tarragona.Ni siquiera su propia tierra se libra. Siendo presidente de la Xunta llegó a afirmar que en Galicia se habla «español y castellano», olvidando, nada menos, el gallego.Y, para rematar, hace apenas unos días confundió el hidrógeno con el nitrógeno al referirse al proyecto energético entre Barcelona y Marsella, inventando así un nitrógeno verde que no existe en ninguna tabla periódica.

Pero lo peor es que este tipo de incultura no parece importarle; al contrario, hace gala de ella.Con todo, el caso de Feijóo tiene su mérito, pues retrata muy bien la situación actual de la derecha respecto del conocimiento y la cultura. El pensamiento conservador era conservador, pero también era pensamiento. Lejos muy lejos queda  Benito Jerónimo Feijoo, benedictino gallego precursor de la Ilustración española, combatió supersticiones, falsos milagros y errores comunes con la razón y la experiencia. Ambos son ourensanos y comparten apellido, pero el fraile dedicó su vida a desterrar los «errores comunes», y el político gallego parece empeñado en coleccionarlos.Hoy, si es pensamiento, no es conservador, y si es conservador, no es pensamiento, al modo en que Unamuno se burlaba de cierto periódico navarro tradicionalista. Ese pensamiento se había refugiado tras las murallas de ideologías idealistas como la teología, la doctrina moral de la Iglesia o el fortín seudocientífico del darwinismo social más crudo, que en realidad no es sino antidarwinismo.

Ya no existe una ideología conservadora, porque la ideología es la mediación entre el nosotros y la realidad social, y para tener ideología hace falta cierta forma de organización social de la percepción colectiva. Lo que esta derecha pretende no es convencernos de la bondad o la utilidad de la ideología conservadora, sino sembrar siempre la confusión mental y el desorden cognitivo para, en medio de ese caos, imponer las posiciones más autoritarias y defensivas, de pedigrí netamente reaccionario. El objetivo de este cúmulo de disparates no es abonar el terreno a los valores reaccionarios, sino volvernos, literalmente, locos.

Este cultivo de la incultura es tan brutal en Feijóo que ignora incluso la propia estrategia de confusión cognitiva de la derecha actual. Lo que no ignora es cómo reacciona su ecosistema ante tantas barbaridades, ni cómo les va a los émulos de Trump en Colombia, en Brasil o en Chile. Su razonamiento parece sencillo: si, mostrando mis vergüenzas, no solo no pasa nada, sino que encima me ríen las gracias y suben las encuestas, ¿para qué voy a cambiar? Perdido entre los símbolos de la tabla periódica en busca del nitrógeno verde, Feijóo parece —solo parece— querer convertirla en un laberinto de espejos. El líder gallego parece empeñado en que todos nos perdamos en él. La  escena final de La dama de Shanghái ,de Orson Welles, transcurre precisamente en una sala de espejos, donde nadie sabe ya a quién dispara.

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