Esta semana hemos estado presentes en la inauguración oficial del Festival Internacional de Títeres de Jerez, ahora renombrado como Titerejé. Lo cierto es que en su cartel figuran ya 29 ediciones, pero en realidad serían muchas más de no haberse producido algún que otro parón indeseado.
La magia de este festival es haber sabido conectar, gracias a La Gotera de Lazotea, un hilo intergeneracional. Gracias a ese hilo, yo mismo pude disfrutar de niño, junto a mi grupo de amigas y amigos de la clase del Torresoto —con mi siempre recordado y querido don Luis Mariano Fau como capitán de aquella Radio Pirata Garrapata o aquel periodiquillo escolar llamado Er Pamplina—, de sus actuaciones nacionales e internacionales en plazas como Plateros o el Arenal. Y ahora, algunas décadas después, son mis hijas las que vibran, ríen y se emocionan con la magia de las distintas disciplinas que integran el mundo del titiriterismo. Un arte escénico donde la imaginación es capaz de estar a la altura del mundo onírico e insondable de nuestra infancia.
La compañía portuguesa Rodopio d’ideias ha sido la encargada de abrir una muestra que ya había comenzado en las barriadas y en el Jerez rural. Es un ejemplo de que también es necesario, cual misión pedagógica, llevar la cultura allá donde está menos al alcance del público, ávido de dejarse sorprender —y transformar— por las artes en vivo.
La obra en cuestión, El fado de Ulises, ideada por Claudio Hochman y magníficamente interpretada por una versátil e hiperactiva Carlota Blanc, traducía al lenguaje infantil La Odisea de Homero. Ulises trataba de regresar al hogar y al amor de Penélope, y la propia Penélope tejía por la mañana y destejía por la noche para no sucumbir a la ausencia tan atroz del héroe. La función está narrada a golpe de fado, la canción popular lusa, lo que aumenta el valor de esta obra de marionetas. Y esto provocó, ipso facto, que mi hija mayor —siete años— quedara maravillada por esa música “que es un poco triste, pero muy bonita”.
"¿Cómo se hace un espectáculo?", me preguntó al rato de salir de la función. Una pregunta compleja, repleta de interrogantes, de dudas, de sueños, de anhelos, de riesgos, de ensayo y error. Quizás como la propia cultura, como las propias artes, que a menudo tejen por el día cosas tan hermosas como este festival de títeres al sur del sur y por la noche ven cómo todo lo construido se va por el sumidero por, un poner, mero capricho político.
Esta vez, en este preciso caso, parece que no. El teniente de alcaldesa Agustín Muñoz ofreció el discurso que quizás queríamos escuchar todos. Habló del compromiso y de la importancia de la comunidad que genera el festival. Habló de acercar la cultura a la infancia, de resistir en las plazas y los espacios públicos y de la cultura transformadora. Y se acordó de cuando él mismo traía a este mismo festival a sus hijas...
Y esto, niñas, se llama proyecto de ciudad.
El filósofo y el maestro se habrían entendido de maravilla sentados en el suelo del Arenal. Uno reclamaba la ciudad como obra de todos; el otro, la fantasía como derecho de todos
Lefebvre, Rodari y Shakespeare
Lo explicó mejor que nadie Henri Lefebvre hace casi 60 años, cuando escribió El derecho a la ciudad. El filósofo francés defendía que la ciudad no es un producto que se compra y se vende, sino una obra colectiva que levantan cada día quienes la habitan. Una obra que debería medirse por su valor de uso —lo que nos permite vivir, encontrarnos, jugar— y no por su valor de cambio. Lefebvre reclamaba para la gente el derecho a apropiarse del espacio común, a participar en él, a hacer de la calle un lugar de encuentro y de fiesta y no un simple pasillo entre el trabajo y el sofá.
Cuando una compañía portuguesa (o de donde quiera que venga) planta su retablo en el corazón de un teatrito construido a pulmón en San Miguel o cuando un títere asoma la cabeza en el Arenal, cuando decenas de críos se sientan en el suelo de la plaza de Las Angustias con la boca abierta, eso es exactamente lo que ocurre. La ciudad vuelve a ser de quienes la habitan, aunque sea durante una hora y a golpe de fado o a golpe de muñeco de trapo. Porque el derecho a la ciudad es también el derecho de la infancia a la ciudad. A unas plazas que no la expulsen, que no la encierren entre vallas ni detrás de una pantalla, que la dejen mirar, preguntar y asombrarse. Que no les expongan a un sol de justicia en parques infantiles inhóspitos.
Y aquí aparece Gianni Rodari, aquel maestro italiano que escribió Gramática de la fantasía para demostrar que la imaginación no es un adorno, sino una herramienta. Rodari contaba que una palabra lanzada a la mente de un niño es como una piedra que cae en un estanque. Provoca ondas que se expanden en todas direcciones, que agitan la superficie y remueven el fondo, que despiertan recuerdos, imágenes y preguntas. La de mi hija, ¿cómo se hace un espectáculo?, es una de esas ondas. La piedra la lanzaron una titiritera, una Penélope de trapo y un fado triste pero bonito. El estanque fue una plaza de Jerez.
Rodari defendía que todos los usos de la palabra estuvieran al alcance de todos, “no para que todos sean artistas, sino para que nadie sea esclavo”. Lo mismo vale para los títeres, el teatro o la música. No se trata de que todas las niñas acaben siendo titiriteras o faranduleros. Se trata de que ninguna crezca sin saber que el mundo puede contarse de otra manera, y que lo que hoy parece imposible empieza siempre con un “¿y qué pasaría si...?”.
El filósofo y el maestro se habrían entendido de maravilla sentados en el suelo del Arenal. Uno reclamaba la ciudad como obra de todos; el otro, la fantasía como derecho de todos. Y ambos sabían, cada uno a su manera, que lo que no se juega en la calle termina por perderse.
Decía el Ricardo III de Shakespeare, con su caballo muerto en mitad de la batalla, aquello de “¡Un caballo! ¡Mi reino por un caballo!”. Cuenta la leyenda que aquel rey perdió la corona por culpa de un clavo mal puesto en una herradura. Es la manera que tiene la historia de recordarnos que los reinos, y también las ciudades, rara vez se pierden en las grandes batallas y casi siempre por los pequeños descuidos. Por una plaza que se vacía, por un festival que se deja caer, por un parón que nadie quiso evitar. Yo, que no tengo reino ni falta que me hace, lo cambiaría sin pensarlo por un caballo de trapo movido por los hilos de un titiritero. Mi reino por un títere, por una plaza llena, por una niña que sale de la función preguntando cómo se hace un espectáculo.
Así que, respondiendo a tu pregunta, hija: un espectáculo se hace como se hace una ciudad. Tejiendo cada día, entre muchos, con paciencia de Penélope. Solo que esta vez nadie debería deshacer de noche lo que tanto cuesta tejer de día. Que el telar siga en la plaza. Que Titerejé cumpla treinta ediciones, y cuarenta, y que dentro de algunas décadas sean tus hijas las que se sienten en el suelo a preguntar cómo se hace la magia.
Esta semana hemos estado presentes en la inauguración oficial del Festival Internacional de Títeres de Jerez, ahora renombrado como Titerejé. Lo cierto es que en su cartel figuran ya 29 ediciones, pero en realidad serían muchas más de no haberse producido algún que otro parón indeseado.
La magia de este festival es haber sabido conectar, gracias a La Gotera de Lazotea, un hilo intergeneracional. Gracias a ese hilo, yo mismo pude disfrutar de niño, junto a mi grupo de amigas y amigos de la clase del Torresoto —con mi siempre recordado y querido don Luis Mariano Fau como capitán de aquella Radio Pirata Garrapata o aquel periodiquillo escolar llamado Er Pamplina—, de sus actuaciones nacionales e internacionales en plazas como Plateros o el Arenal. Y ahora, algunas décadas después, son mis hijas las que vibran, ríen y se emocionan con la magia de las distintas disciplinas que integran el mundo del titiriterismo. Un arte escénico donde la imaginación es capaz de estar a la altura del mundo onírico e insondable de nuestra infancia.
La compañía portuguesa Rodopio d’ideias ha sido la encargada de abrir una muestra que ya había comenzado en las barriadas y en el Jerez rural. Es un ejemplo de que también es necesario, cual misión pedagógica, llevar la cultura allá donde está menos al alcance del público, ávido de dejarse sorprender —y transformar— por las artes en vivo.
La obra en cuestión, El fado de Ulises, ideada por Claudio Hochman y magníficamente interpretada por una versátil e hiperactiva Carlota Blanc, traducía al lenguaje infantil La Odisea de Homero. Ulises trataba de regresar al hogar y al amor de Penélope, y la propia Penélope tejía por la mañana y destejía por la noche para no sucumbir a la ausencia tan atroz del héroe. La función está narrada a golpe de fado, la canción popular lusa, lo que aumenta el valor de esta obra de marionetas. Y esto provocó, ipso facto, que mi hija mayor —siete años— quedara maravillada por esa música “que es un poco triste, pero muy bonita”.
"¿Cómo se hace un espectáculo?", me preguntó al rato de salir de la función. Una pregunta compleja, repleta de interrogantes, de dudas, de sueños, de anhelos, de riesgos, de ensayo y error. Quizás como la propia cultura, como las propias artes, que a menudo tejen por el día cosas tan hermosas como este festival de títeres al sur del sur y por la noche ven cómo todo lo construido se va por el sumidero por, un poner, mero capricho político.
Esta vez, en este preciso caso, parece que no. El teniente de alcaldesa Agustín Muñoz ofreció el discurso que quizás queríamos escuchar todos. Habló del compromiso y de la importancia de la comunidad que genera el festival. Habló de acercar la cultura a la infancia, de resistir en las plazas y los espacios públicos y de la cultura transformadora. Y se acordó de cuando él mismo traía a este mismo festival a sus hijas...
Y esto, niñas, se llama proyecto de ciudad.
El filósofo y el maestro se habrían entendido de maravilla sentados en el suelo del Arenal. Uno reclamaba la ciudad como obra de todos; el otro, la fantasía como derecho de todos
Lefebvre, Rodari y Shakespeare
Lo explicó mejor que nadie Henri Lefebvre hace casi 60 años, cuando escribió El derecho a la ciudad. El filósofo francés defendía que la ciudad no es un producto que se compra y se vende, sino una obra colectiva que levantan cada día quienes la habitan. Una obra que debería medirse por su valor de uso —lo que nos permite vivir, encontrarnos, jugar— y no por su valor de cambio. Lefebvre reclamaba para la gente el derecho a apropiarse del espacio común, a participar en él, a hacer de la calle un lugar de encuentro y de fiesta y no un simple pasillo entre el trabajo y el sofá.
Cuando una compañía portuguesa (o de donde quiera que venga) planta su retablo en el corazón de un teatrito construido a pulmón en San Miguel o cuando un títere asoma la cabeza en el Arenal, cuando decenas de críos se sientan en el suelo de la plaza de Las Angustias con la boca abierta, eso es exactamente lo que ocurre. La ciudad vuelve a ser de quienes la habitan, aunque sea durante una hora y a golpe de fado o a golpe de muñeco de trapo. Porque el derecho a la ciudad es también el derecho de la infancia a la ciudad. A unas plazas que no la expulsen, que no la encierren entre vallas ni detrás de una pantalla, que la dejen mirar, preguntar y asombrarse. Que no les expongan a un sol de justicia en parques infantiles inhóspitos.
Y aquí aparece Gianni Rodari, aquel maestro italiano que escribió Gramática de la fantasía para demostrar que la imaginación no es un adorno, sino una herramienta. Rodari contaba que una palabra lanzada a la mente de un niño es como una piedra que cae en un estanque. Provoca ondas que se expanden en todas direcciones, que agitan la superficie y remueven el fondo, que despiertan recuerdos, imágenes y preguntas. La de mi hija, ¿cómo se hace un espectáculo?, es una de esas ondas. La piedra la lanzaron una titiritera, una Penélope de trapo y un fado triste pero bonito. El estanque fue una plaza de Jerez.
Rodari defendía que todos los usos de la palabra estuvieran al alcance de todos, “no para que todos sean artistas, sino para que nadie sea esclavo”. Lo mismo vale para los títeres, el teatro o la música. No se trata de que todas las niñas acaben siendo titiriteras o faranduleros. Se trata de que ninguna crezca sin saber que el mundo puede contarse de otra manera, y que lo que hoy parece imposible empieza siempre con un “¿y qué pasaría si...?”.
El filósofo y el maestro se habrían entendido de maravilla sentados en el suelo del Arenal. Uno reclamaba la ciudad como obra de todos; el otro, la fantasía como derecho de todos. Y ambos sabían, cada uno a su manera, que lo que no se juega en la calle termina por perderse.
Decía el Ricardo III de Shakespeare, con su caballo muerto en mitad de la batalla, aquello de “¡Un caballo! ¡Mi reino por un caballo!”. Cuenta la leyenda que aquel rey perdió la corona por culpa de un clavo mal puesto en una herradura. Es la manera que tiene la historia de recordarnos que los reinos, y también las ciudades, rara vez se pierden en las grandes batallas y casi siempre por los pequeños descuidos. Por una plaza que se vacía, por un festival que se deja caer, por un parón que nadie quiso evitar. Yo, que no tengo reino ni falta que me hace, lo cambiaría sin pensarlo por un caballo de trapo movido por los hilos de un titiritero. Mi reino por un títere, por una plaza llena, por una niña que sale de la función preguntando cómo se hace un espectáculo.
Así que, respondiendo a tu pregunta, hija: un espectáculo se hace como se hace una ciudad. Tejiendo cada día, entre muchos, con paciencia de Penélope. Solo que esta vez nadie debería deshacer de noche lo que tanto cuesta tejer de día. Que el telar siga en la plaza. Que Titerejé cumpla treinta ediciones, y cuarenta, y que dentro de algunas décadas sean tus hijas las que se sienten en el suelo a preguntar cómo se hace la magia.
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