Opinión

Lo que el ojo del pulpo no vio

Fallé al predecir a Sánchez y acerté al describirlo: me faltaba en el mapa una puerta llamada Diputación Permanente

  • Pedro Sánchez, en una imagen de archivo. -

"Dejemos que nuestras hipótesis mueran en nuestro lugar".

Karl R. Popper

"En el campo de la observación, el azar solo favorece a los espíritus preparados", escribí el viernes citando a Pasteur. Hoy toca reconocer que mi espíritu no estaba tan preparado como creía. Esta mañana, a las nueve, Pedro Sánchez ha comparecido en la Moncloa, ha anunciado la disolución de las Cortes y ha convocado elecciones generales para el 29 de noviembre: exactamente la fecha que las fuentes del Gobierno daban "al 99 %" y que yo, pertrechado de biología evolutiva, daba por descartada.

Prometí que, si ocurría, no me refugiaría en la escapatoria fácil de que "en el fondo el tempo era suyo". Cumplo. Mi predicción ha fallado, y ha fallado sin atenuantes. No ha habido comparecencia sin disolución ni legislatura magullada rumbo a 2027. Gould y Lewontin tenían razón al advertirnos contra los relatos just so, y la única manera decente de honrar esa advertencia es no reescribir el pasado para que encaje en la teoría.

Pero una cosa es la predicción y otra la descripción, y la filosofía de la ciencia lleva un siglo enseñándonos a no confundirlas. Duhem y Quine mostraron que un experimento nunca refuta una hipótesis aislada, sino una conjunción: la hipótesis central más las condiciones iniciales más los supuestos auxiliares. Cuando el pronóstico falla, algo de esa conjunción es falso, pero el experimento no nos dice qué. Lakatos añadió la condición que separa la honestidad del apaño: se puede revisar el cinturón protector de una teoría, siempre que la revisión produzca predicciones nuevas y arriesgadas. Si solo sirve para salvar la cara, es una maniobra ad hoc. Intentaré no hacerla.

¿Dónde estuvo, entonces, el error? No en el núcleo, creo, sino en el mapa. Dibujé el morfoespacio de Sánchez como si tuviera dos regiones: resistir sin convocar, o convocar en el calendario del adversario, levantando acta de la derrota. Lo segundo era incompatible con el atractor; luego debía ocurrir lo primero. El silogismo era impecable y la premisa, incompleta. Me faltaba una tercera región: disolver sin dejar de legislar.

Esa región tiene nombre constitucional: la Diputación Permanente. El artículo 78 de la Constitución le atribuye, cuando las Cámaras están disueltas, la facultad de convalidar o derogar los decretos-leyes que prevé el artículo 86. Y el Gobierno no entra en funciones por disolver las Cortes, sino tras la celebración de las elecciones, según el artículo 101. Entre hoy y el 29 de noviembre, por tanto, el Consejo de Ministros conserva intacta su capacidad de dictar decretos-leyes, y la Diputación Permanente del Congreso debe pronunciarse sobre ellos en el plazo de treinta días. Los decretos de vivienda cayeron el viernes; la política de vivienda no ha caído con ellos.

Lo más irónico es que tenía el fósil en mi propio cajón. Cité 2019 como ejemplo de convocatoria tras la caída de los presupuestos y no reparé en lo que vino después. Aquel febrero, con las Cortes a punto de disolverse, la portavoz socialista Adriana Lastra lo dejó claro: siempre queda la Diputación Permanente. Y en octubre de ese mismo año la Diputación convalidó tres reales decretos con las Cámaras disueltas. El precedente estaba ahí; fui yo quien no lo vio.

¿Qué cambia esto en la descripción? Mi tesis era que Sánchez no convoca para certificar una derrota, sino desde el éxito o para fabricarlo. Con la Diputación Permanente en el tablero, la disolución deja de ser un acta de rendición y se convierte en otra cosa: el traslado de la batalla de la vivienda desde el hemiciclo a la campaña. Si el Gobierno aprueba un nuevo decreto-ley de vivienda, el PP, Vox y Junts tendrán que votarlo otra vez, ahora con las urnas a la vista y cada voto convertido en cartel. Si lo convalidan, el Gobierno habrá ganado lo que perdió el viernes. Si lo tumban, la derrota del viernes se repetirá en el peor momento posible para quienes la infligieron. Es un juego en el que ambos resultados pagan al mismo jugador. Eso es exactamente lo que yo llamaba fabricar el éxito.

La comparecencia de esta mañana va en esa dirección. Sánchez ha cargado contra quienes bloquearon los decretos, ha dicho que algunos confunden pactar con traicionar y ha pedido a la izquierda que se movilice para ampliar la mayoría. El eslogan que el viernes yo proponía como alternativa a las elecciones, "la derecha y Junts votaron contra tu alquiler", no ha sustituido a la campaña: es la campaña. Y la calle ya está ahí. Las marchas por la vivienda han recorrido Andalucía este fin de semana y el Sindicato de Inquilinas de Cádiz habla abiertamente de huelga general.

Conviene, con todo, no vender la piel del oso. La Diputación Permanente reproduce de forma proporcional la aritmética del Pleno, de modo que nada garantiza la convalidación. Además, reiterar un decreto-ley que acaba de ser derogado exige algo más que cambiarle la fecha: el contenido debe ser distinto y la "extraordinaria y urgente necesidad" del artículo 86 tendrá que justificarse otra vez, con un Gobierno que acaba de admitir que este Congreso no le da para gobernar. Lo que sostengo no es que la jugada vaya a salir bien, sino que está disponible, y que sin ella la convocatoria de hoy resulta mucho menos inexplicable de lo que mi columna la hacía parecer.

Queda la deuda con Lakatos. Para que esta revisión no sea un relato a toro pasado, tiene que arriesgar algo. Ahí va, con fecha: antes del 29 de noviembre el Consejo de Ministros aprobará al menos un nuevo decreto-ley en materia de vivienda, este llegará a la Diputación Permanente y su votación será una de las escenas centrales de la campaña. Si no ocurre, no solo habrá fallado la predicción del viernes; habrá fallado también la descripción, y lo diré aquí mismo, como ahora.

Termino con el pulpo, que sigue mereciendo la atención. Su ojo y el nuestro convergieron en casi todo, pero no en un detalle. En la retina de los vertebrados el nervio óptico atraviesa la capa de fotorreceptores y deja un punto ciego. En la del pulpo, el nervio sale por detrás y no hay punto ciego alguno. Yo miré a Sánchez con ojo de vertebrado, y mi punto ciego estaba precisamente donde salía el nervio institucional: en una Diputación Permanente que todo el mundo conoce y casi nadie mira. El azar, decía Pasteur, favorece a los espíritus preparados. Esta vez no favoreció al mío. Quizá por eso, para la próxima, convenga mirar también lo que el reglamento esconde detrás de la retina.

"Dejemos que nuestras hipótesis mueran en nuestro lugar".

Karl R. Popper

"En el campo de la observación, el azar solo favorece a los espíritus preparados", escribí el viernes citando a Pasteur. Hoy toca reconocer que mi espíritu no estaba tan preparado como creía. Esta mañana, a las nueve, Pedro Sánchez ha comparecido en la Moncloa, ha anunciado la disolución de las Cortes y ha convocado elecciones generales para el 29 de noviembre: exactamente la fecha que las fuentes del Gobierno daban "al 99 %" y que yo, pertrechado de biología evolutiva, daba por descartada.

Prometí que, si ocurría, no me refugiaría en la escapatoria fácil de que "en el fondo el tempo era suyo". Cumplo. Mi predicción ha fallado, y ha fallado sin atenuantes. No ha habido comparecencia sin disolución ni legislatura magullada rumbo a 2027. Gould y Lewontin tenían razón al advertirnos contra los relatos just so, y la única manera decente de honrar esa advertencia es no reescribir el pasado para que encaje en la teoría.

Pero una cosa es la predicción y otra la descripción, y la filosofía de la ciencia lleva un siglo enseñándonos a no confundirlas. Duhem y Quine mostraron que un experimento nunca refuta una hipótesis aislada, sino una conjunción: la hipótesis central más las condiciones iniciales más los supuestos auxiliares. Cuando el pronóstico falla, algo de esa conjunción es falso, pero el experimento no nos dice qué. Lakatos añadió la condición que separa la honestidad del apaño: se puede revisar el cinturón protector de una teoría, siempre que la revisión produzca predicciones nuevas y arriesgadas. Si solo sirve para salvar la cara, es una maniobra ad hoc. Intentaré no hacerla.

¿Dónde estuvo, entonces, el error? No en el núcleo, creo, sino en el mapa. Dibujé el morfoespacio de Sánchez como si tuviera dos regiones: resistir sin convocar, o convocar en el calendario del adversario, levantando acta de la derrota. Lo segundo era incompatible con el atractor; luego debía ocurrir lo primero. El silogismo era impecable y la premisa, incompleta. Me faltaba una tercera región: disolver sin dejar de legislar.

Esa región tiene nombre constitucional: la Diputación Permanente. El artículo 78 de la Constitución le atribuye, cuando las Cámaras están disueltas, la facultad de convalidar o derogar los decretos-leyes que prevé el artículo 86. Y el Gobierno no entra en funciones por disolver las Cortes, sino tras la celebración de las elecciones, según el artículo 101. Entre hoy y el 29 de noviembre, por tanto, el Consejo de Ministros conserva intacta su capacidad de dictar decretos-leyes, y la Diputación Permanente del Congreso debe pronunciarse sobre ellos en el plazo de treinta días. Los decretos de vivienda cayeron el viernes; la política de vivienda no ha caído con ellos.

Lo más irónico es que tenía el fósil en mi propio cajón. Cité 2019 como ejemplo de convocatoria tras la caída de los presupuestos y no reparé en lo que vino después. Aquel febrero, con las Cortes a punto de disolverse, la portavoz socialista Adriana Lastra lo dejó claro: siempre queda la Diputación Permanente. Y en octubre de ese mismo año la Diputación convalidó tres reales decretos con las Cámaras disueltas. El precedente estaba ahí; fui yo quien no lo vio.

¿Qué cambia esto en la descripción? Mi tesis era que Sánchez no convoca para certificar una derrota, sino desde el éxito o para fabricarlo. Con la Diputación Permanente en el tablero, la disolución deja de ser un acta de rendición y se convierte en otra cosa: el traslado de la batalla de la vivienda desde el hemiciclo a la campaña. Si el Gobierno aprueba un nuevo decreto-ley de vivienda, el PP, Vox y Junts tendrán que votarlo otra vez, ahora con las urnas a la vista y cada voto convertido en cartel. Si lo convalidan, el Gobierno habrá ganado lo que perdió el viernes. Si lo tumban, la derrota del viernes se repetirá en el peor momento posible para quienes la infligieron. Es un juego en el que ambos resultados pagan al mismo jugador. Eso es exactamente lo que yo llamaba fabricar el éxito.

La comparecencia de esta mañana va en esa dirección. Sánchez ha cargado contra quienes bloquearon los decretos, ha dicho que algunos confunden pactar con traicionar y ha pedido a la izquierda que se movilice para ampliar la mayoría. El eslogan que el viernes yo proponía como alternativa a las elecciones, "la derecha y Junts votaron contra tu alquiler", no ha sustituido a la campaña: es la campaña. Y la calle ya está ahí. Las marchas por la vivienda han recorrido Andalucía este fin de semana y el Sindicato de Inquilinas de Cádiz habla abiertamente de huelga general.

Conviene, con todo, no vender la piel del oso. La Diputación Permanente reproduce de forma proporcional la aritmética del Pleno, de modo que nada garantiza la convalidación. Además, reiterar un decreto-ley que acaba de ser derogado exige algo más que cambiarle la fecha: el contenido debe ser distinto y la "extraordinaria y urgente necesidad" del artículo 86 tendrá que justificarse otra vez, con un Gobierno que acaba de admitir que este Congreso no le da para gobernar. Lo que sostengo no es que la jugada vaya a salir bien, sino que está disponible, y que sin ella la convocatoria de hoy resulta mucho menos inexplicable de lo que mi columna la hacía parecer.

Queda la deuda con Lakatos. Para que esta revisión no sea un relato a toro pasado, tiene que arriesgar algo. Ahí va, con fecha: antes del 29 de noviembre el Consejo de Ministros aprobará al menos un nuevo decreto-ley en materia de vivienda, este llegará a la Diputación Permanente y su votación será una de las escenas centrales de la campaña. Si no ocurre, no solo habrá fallado la predicción del viernes; habrá fallado también la descripción, y lo diré aquí mismo, como ahora.

Termino con el pulpo, que sigue mereciendo la atención. Su ojo y el nuestro convergieron en casi todo, pero no en un detalle. En la retina de los vertebrados el nervio óptico atraviesa la capa de fotorreceptores y deja un punto ciego. En la del pulpo, el nervio sale por detrás y no hay punto ciego alguno. Yo miré a Sánchez con ojo de vertebrado, y mi punto ciego estaba precisamente donde salía el nervio institucional: en una Diputación Permanente que todo el mundo conoce y casi nadie mira. El azar, decía Pasteur, favorece a los espíritus preparados. Esta vez no favoreció al mío. Quizá por eso, para la próxima, convenga mirar también lo que el reglamento esconde detrás de la retina.

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