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Drogas: mirar más allá de la sustancia

En Andalucía, durante 2024, casi 52.000 personas estaban en tratamiento por adicciones. Más de 18.500 iniciaron tratamiento ese año

  • Público masivo en un festival de verano.

Hay palabras que nos hacen pensar demasiado rápido. "Drogas" es una de ellas. La pronunciamos y aparecen imágenes: cannabis, cocaína, alcohol, jóvenes, botellones, tráfico, policía, adicción. Y casi siempre aparece también una respuesta sencilla para un problema que sencillo no es: prohibir, controlar, castigar.

Pero después de tantos años hablando de salud pública he aprendido que, cuando un problema es complejo, las respuestas demasiado fáciles suelen quedarse cortas.

Por eso, cuando hablamos de drogas, yo me haría otras preguntas. ¿Quién consume? ¿A qué edad empieza? ¿Por qué consume? ¿Qué busca cuando consume? ¿Qué encuentra? ¿Quién desarrolla un problema y quién no? ¿Quién consigue ayuda a tiempo? ¿Y quién llega demasiado tarde?

Porque las drogas no son solamente sustancias. Son también personas, contextos, oportunidades, sufrimientos y desigualdades.

No todas las drogas son iguales, pero tampoco todos los consumos

Los datos nos dicen que el alcohol sigue siendo la sustancia más consumida en España. En 2024, el 76,5% de la población de 15 a 64 años declaró haberlo consumido en los últimos doce meses. El cannabis lo había consumido el 12,6% y la cocaína en polvo o base, el 2,5%.

Y aquí aparece una primera contradicción que deberíamos ser capaces de abordar sin prejuicios: hablamos mucho de “drogas” cuando pensamos en sustancias ilegales, pero una de las sustancias que más problemas genera en nuestra sociedad es legal, está integrada en nuestra cultura y aparece en celebraciones, reuniones familiares, bares y fiestas.

Quizá deberíamos hablar menos de drogas “buenas” y “malas” y más de consumos de riesgo, daños y problemas de salud. Porque consumir no significa necesariamente tener una adicción. Y tener una adicción no significa ser una mala persona. Parece una obviedad, pero todavía necesitamos repetirlo.

Andalucía: detrás de cada cifra hay una persona

En Andalucía, durante 2024, casi 52.000 personas estaban en tratamiento por adicciones. Más de 18.500 iniciaron tratamiento ese año. Y hay algo que llama especialmente la atención: ocho de cada diez personas que iniciaron tratamiento eran hombres.

Pero detrás de esos números hay historias. Historias de personas que quizá comenzaron consumiendo para divertirse y terminaron necesitando consumir para funcionar.

Personas que empezaron intentando escapar de un malestar y acabaron atrapadas en él. Personas que han perdido relaciones, trabajo, vivienda o salud. Personas que quizá tenían un problema de salud mental antes de empezar a consumir. Y personas que empezaron a consumir cuando todavía eran adolescentes.

Por eso los números son importantes, pero las historias que hay detrás de los números lo son todavía más.

La prevención empieza mucho antes de la droga

No podemos hablar de drogas sin hablar de infancia y adolescencia. Porque cuanto más temprano aparece el consumo, más posibilidades existen de que interfiera con el desarrollo, los estudios, las relaciones, la salud mental y el futuro.

En Andalucía, el cannabis fue la sustancia que motivó casi ocho de cada diez admisiones a tratamiento entre menores en 2024.

Y entonces la pregunta no debería ser solamente: ¿Cómo conseguimos que los jóvenes no consuman? También deberíamos preguntar: ¿Qué está pasando en sus vidas para que algunos necesiten consumir? ¿Hay soledad? ¿Hay ansiedad? ¿Hay problemas familiares? ¿Hay fracaso escolar? ¿Hay falta de expectativas? ¿Hay necesidad de pertenecer? ¿Hay una salud mental que no estamos atendiendo? ¿Hay un ocio que hemos convertido demasiado a menudo en consumo?

Preguntar esto no significa justificar el consumo. Significa intentar entenderlo. Y entender no es justificar. Entender es el primer paso para poder prevenir.

No basta con decir "las drogas son malas"

Por eso creo que la prevención de drogas necesita cambiar de lenguaje. Decirle a un adolescente “las drogas son malas” probablemente no sea suficiente.

Necesitamos hablar de emociones. De autoestima. De relaciones. De presión del grupo. De redes sociales. De pensamiento crítico. De cómo pedir ayuda. De cómo manejar el malestar. De cómo construir un proyecto de vida.

Necesitamos conseguir que un adolescente tenga más recursos para afrontar la vida que razones para escapar de ella. Y necesitamos hacerlo antes de que aparezca el problema.

La prevención no debería consistir solamente en transmitir información sobre sustancias. Debería consistir también en construir capacidades para vivir.

Salud mental y adicciones no pueden ir por separado

Pero tampoco podemos quedarnos solamente en la prevención. Porque hay personas que ya tienen una adicción. Y ahí necesitamos tratamiento. Tratamiento accesible, cercano, coordinado y sin estigma.

Me preocupa especialmente que todavía podamos encontrar a una persona con un problema de adicción y otro de salud mental siendo atendida en circuitos diferentes, como si su vida pudiera dividirse en compartimentos.

No funciona así. El Plan Estratégico de Salud Mental y Adicciones de Andalucía señala que alrededor del 60% de las personas en tratamiento por adicciones presentan comorbilidad psiquiátrica. ¿Cómo vamos a atender bien a una persona si dividimos en dos lo que en su vida está unido? 

Salud mental y adicciones tienen que hablarse. Y tienen que hablar también con Atención Primaria, con los servicios sociales, con educación y con los recursos comunitarios. Porque una adicción no se resuelve solamente en una consulta. A veces necesitamos un psicólogo. A veces un médico. A veces una enfermera. A veces un tratamiento farmacológico. A veces una familia. A veces una vivienda. A veces un trabajo. A veces volver a tener alguien que te llame por tu nombre. Esto también es salud pública.

Reducción de daños: cuidar también cuando todavía no se puede dejar

Hay una palabra que todavía incomoda a algunas personas: reducción de daños. No porque consumir sea bueno. No porque tengamos que resignarnos. Sino porque mientras una persona no pueda o no quiera dejar de consumir, tenemos la obligación de intentar que no muera, que no enferme, que no se infecte, que pueda recibir atención y que tenga una puerta abierta para cuando esté preparada para cambiar.

A veces la salud pública consiste precisamente en eso: no exigir que una persona esté preparada para cambiar antes de ofrecerle ayuda.

La reducción de daños no sustituye a la prevención ni al tratamiento. Los complementa. Porque salvar una vida también es prevención.

Las drogas también hablan de desigualdad

Y aquí aparece otra cuestión que me parece fundamental: las desigualdades. No todas las personas tienen las mismas posibilidades de salir de una adicción.

No es lo mismo consumir teniendo una vivienda, una familia que acompaña, un trabajo y recursos económicos que hacerlo en una situación de pobreza, exclusión o sinhogarismo. No es lo mismo para un hombre que para una mujer. No es lo mismo para un adolescente que para una persona de 50 años. No es lo mismo tener una red que estar completamente solo.

Por eso, si queremos hablar de drogas desde la salud pública, tenemos que hablar también de determinantes sociales. Porque quizá algunas veces estamos intentando tratar con una pastilla, una consulta o un programa lo que también necesita una respuesta social.

Necesitamos llegar antes

Andalucía tiene una red de atención a las adicciones con muchos años de experiencia. Tenemos profesionales, conocimiento y recursos. Pero también necesitamos seguir mejorando la coordinación entre adicciones, salud mental, Atención Primaria y servicios sociales.

Y, sobre todo, necesitamos llegar antes. Antes de la sobredosis. Antes de la infección. Antes del abandono escolar. Antes de la pérdida del trabajo. Antes de la ruptura familiar. Antes de perder la vivienda. Antes de que una persona piense que ya no hay salida.

Porque prevenir no es solamente evitar que alguien empiece a consumir. También es evitar que un problema pequeño termine convirtiéndose en una vida rota.

Una persona con una adicción no es una adicción

Quizá deberíamos recuperar una idea que parece sencilla, pero que cambia completamente la mirada: una persona con una adicción no es una adicción. Es una persona. Con una historia. Con vínculos. Con capacidades. Con heridas. Con posibilidades de cambio. Y con derecho a ser atendida.

Por eso no me convence hablar de una “guerra contra las drogas”. Prefiero hablar de una sociedad que quiere reducir el daño que producen las drogas. Prefiero una sociedad que previene. Que educa. Que regula. Que detecta pronto. Que trata. Que acompaña. Que reduce daños. Que combate el narcotráfico, sí, pero que no confunde la lucha contra el mercado ilegal con la atención a quien tiene una adicción. Y que entiende que detrás de cada cifra hay una vida.

Quizá la verdadera pregunta sea otra

Porque quizá el verdadero fracaso no sea que existan drogas. Quizá el fracaso sea que una persona llegue a necesitarlas para poder soportar su vida y nosotros no hayamos sabido verlo antes.

Ahí está, para mí, una de las grandes tareas de la salud pública. No solamente conseguir que haya menos drogas. Sino conseguir que haya menos sufrimiento que empuje a necesitarlas, menos daño cuando aparecen y más oportunidades para salir cuando ya están presentes.

Porque hablar de drogas debería ser, sobre todo, hablar de personas. Y de qué estamos haciendo como sociedad para que esas personas puedan vivir sin necesitarlas.

Hay palabras que nos hacen pensar demasiado rápido. "Drogas" es una de ellas. La pronunciamos y aparecen imágenes: cannabis, cocaína, alcohol, jóvenes, botellones, tráfico, policía, adicción. Y casi siempre aparece también una respuesta sencilla para un problema que sencillo no es: prohibir, controlar, castigar.

Pero después de tantos años hablando de salud pública he aprendido que, cuando un problema es complejo, las respuestas demasiado fáciles suelen quedarse cortas.

Por eso, cuando hablamos de drogas, yo me haría otras preguntas. ¿Quién consume? ¿A qué edad empieza? ¿Por qué consume? ¿Qué busca cuando consume? ¿Qué encuentra? ¿Quién desarrolla un problema y quién no? ¿Quién consigue ayuda a tiempo? ¿Y quién llega demasiado tarde?

Porque las drogas no son solamente sustancias. Son también personas, contextos, oportunidades, sufrimientos y desigualdades.

No todas las drogas son iguales, pero tampoco todos los consumos

Los datos nos dicen que el alcohol sigue siendo la sustancia más consumida en España. En 2024, el 76,5% de la población de 15 a 64 años declaró haberlo consumido en los últimos doce meses. El cannabis lo había consumido el 12,6% y la cocaína en polvo o base, el 2,5%.

Y aquí aparece una primera contradicción que deberíamos ser capaces de abordar sin prejuicios: hablamos mucho de “drogas” cuando pensamos en sustancias ilegales, pero una de las sustancias que más problemas genera en nuestra sociedad es legal, está integrada en nuestra cultura y aparece en celebraciones, reuniones familiares, bares y fiestas.

Quizá deberíamos hablar menos de drogas “buenas” y “malas” y más de consumos de riesgo, daños y problemas de salud. Porque consumir no significa necesariamente tener una adicción. Y tener una adicción no significa ser una mala persona. Parece una obviedad, pero todavía necesitamos repetirlo.

Andalucía: detrás de cada cifra hay una persona

En Andalucía, durante 2024, casi 52.000 personas estaban en tratamiento por adicciones. Más de 18.500 iniciaron tratamiento ese año. Y hay algo que llama especialmente la atención: ocho de cada diez personas que iniciaron tratamiento eran hombres.

Pero detrás de esos números hay historias. Historias de personas que quizá comenzaron consumiendo para divertirse y terminaron necesitando consumir para funcionar.

Personas que empezaron intentando escapar de un malestar y acabaron atrapadas en él. Personas que han perdido relaciones, trabajo, vivienda o salud. Personas que quizá tenían un problema de salud mental antes de empezar a consumir. Y personas que empezaron a consumir cuando todavía eran adolescentes.

Por eso los números son importantes, pero las historias que hay detrás de los números lo son todavía más.

La prevención empieza mucho antes de la droga

No podemos hablar de drogas sin hablar de infancia y adolescencia. Porque cuanto más temprano aparece el consumo, más posibilidades existen de que interfiera con el desarrollo, los estudios, las relaciones, la salud mental y el futuro.

En Andalucía, el cannabis fue la sustancia que motivó casi ocho de cada diez admisiones a tratamiento entre menores en 2024.

Y entonces la pregunta no debería ser solamente: ¿Cómo conseguimos que los jóvenes no consuman? También deberíamos preguntar: ¿Qué está pasando en sus vidas para que algunos necesiten consumir? ¿Hay soledad? ¿Hay ansiedad? ¿Hay problemas familiares? ¿Hay fracaso escolar? ¿Hay falta de expectativas? ¿Hay necesidad de pertenecer? ¿Hay una salud mental que no estamos atendiendo? ¿Hay un ocio que hemos convertido demasiado a menudo en consumo?

Preguntar esto no significa justificar el consumo. Significa intentar entenderlo. Y entender no es justificar. Entender es el primer paso para poder prevenir.

No basta con decir "las drogas son malas"

Por eso creo que la prevención de drogas necesita cambiar de lenguaje. Decirle a un adolescente “las drogas son malas” probablemente no sea suficiente.

Necesitamos hablar de emociones. De autoestima. De relaciones. De presión del grupo. De redes sociales. De pensamiento crítico. De cómo pedir ayuda. De cómo manejar el malestar. De cómo construir un proyecto de vida.

Necesitamos conseguir que un adolescente tenga más recursos para afrontar la vida que razones para escapar de ella. Y necesitamos hacerlo antes de que aparezca el problema.

La prevención no debería consistir solamente en transmitir información sobre sustancias. Debería consistir también en construir capacidades para vivir.

Salud mental y adicciones no pueden ir por separado

Pero tampoco podemos quedarnos solamente en la prevención. Porque hay personas que ya tienen una adicción. Y ahí necesitamos tratamiento. Tratamiento accesible, cercano, coordinado y sin estigma.

Me preocupa especialmente que todavía podamos encontrar a una persona con un problema de adicción y otro de salud mental siendo atendida en circuitos diferentes, como si su vida pudiera dividirse en compartimentos.

No funciona así. El Plan Estratégico de Salud Mental y Adicciones de Andalucía señala que alrededor del 60% de las personas en tratamiento por adicciones presentan comorbilidad psiquiátrica. ¿Cómo vamos a atender bien a una persona si dividimos en dos lo que en su vida está unido? 

Salud mental y adicciones tienen que hablarse. Y tienen que hablar también con Atención Primaria, con los servicios sociales, con educación y con los recursos comunitarios. Porque una adicción no se resuelve solamente en una consulta. A veces necesitamos un psicólogo. A veces un médico. A veces una enfermera. A veces un tratamiento farmacológico. A veces una familia. A veces una vivienda. A veces un trabajo. A veces volver a tener alguien que te llame por tu nombre. Esto también es salud pública.

Reducción de daños: cuidar también cuando todavía no se puede dejar

Hay una palabra que todavía incomoda a algunas personas: reducción de daños. No porque consumir sea bueno. No porque tengamos que resignarnos. Sino porque mientras una persona no pueda o no quiera dejar de consumir, tenemos la obligación de intentar que no muera, que no enferme, que no se infecte, que pueda recibir atención y que tenga una puerta abierta para cuando esté preparada para cambiar.

A veces la salud pública consiste precisamente en eso: no exigir que una persona esté preparada para cambiar antes de ofrecerle ayuda.

La reducción de daños no sustituye a la prevención ni al tratamiento. Los complementa. Porque salvar una vida también es prevención.

Las drogas también hablan de desigualdad

Y aquí aparece otra cuestión que me parece fundamental: las desigualdades. No todas las personas tienen las mismas posibilidades de salir de una adicción.

No es lo mismo consumir teniendo una vivienda, una familia que acompaña, un trabajo y recursos económicos que hacerlo en una situación de pobreza, exclusión o sinhogarismo. No es lo mismo para un hombre que para una mujer. No es lo mismo para un adolescente que para una persona de 50 años. No es lo mismo tener una red que estar completamente solo.

Por eso, si queremos hablar de drogas desde la salud pública, tenemos que hablar también de determinantes sociales. Porque quizá algunas veces estamos intentando tratar con una pastilla, una consulta o un programa lo que también necesita una respuesta social.

Necesitamos llegar antes

Andalucía tiene una red de atención a las adicciones con muchos años de experiencia. Tenemos profesionales, conocimiento y recursos. Pero también necesitamos seguir mejorando la coordinación entre adicciones, salud mental, Atención Primaria y servicios sociales.

Y, sobre todo, necesitamos llegar antes. Antes de la sobredosis. Antes de la infección. Antes del abandono escolar. Antes de la pérdida del trabajo. Antes de la ruptura familiar. Antes de perder la vivienda. Antes de que una persona piense que ya no hay salida.

Porque prevenir no es solamente evitar que alguien empiece a consumir. También es evitar que un problema pequeño termine convirtiéndose en una vida rota.

Una persona con una adicción no es una adicción

Quizá deberíamos recuperar una idea que parece sencilla, pero que cambia completamente la mirada: una persona con una adicción no es una adicción. Es una persona. Con una historia. Con vínculos. Con capacidades. Con heridas. Con posibilidades de cambio. Y con derecho a ser atendida.

Por eso no me convence hablar de una “guerra contra las drogas”. Prefiero hablar de una sociedad que quiere reducir el daño que producen las drogas. Prefiero una sociedad que previene. Que educa. Que regula. Que detecta pronto. Que trata. Que acompaña. Que reduce daños. Que combate el narcotráfico, sí, pero que no confunde la lucha contra el mercado ilegal con la atención a quien tiene una adicción. Y que entiende que detrás de cada cifra hay una vida.

Quizá la verdadera pregunta sea otra

Porque quizá el verdadero fracaso no sea que existan drogas. Quizá el fracaso sea que una persona llegue a necesitarlas para poder soportar su vida y nosotros no hayamos sabido verlo antes.

Ahí está, para mí, una de las grandes tareas de la salud pública. No solamente conseguir que haya menos drogas. Sino conseguir que haya menos sufrimiento que empuje a necesitarlas, menos daño cuando aparecen y más oportunidades para salir cuando ya están presentes.

Porque hablar de drogas debería ser, sobre todo, hablar de personas. Y de qué estamos haciendo como sociedad para que esas personas puedan vivir sin necesitarlas.

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