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Listas de espera: lo que no se cuenta también importa

Si premiamos a un sistema sanitario por reducir una cifra, debemos asegurarnos de que la cifra representa realmente aquello que queremos mejorar

  • Un quirófano en un hospital del SAS.

Hay pocas cosas que generen tanta frustración en la sanidad pública como esperar. Esperar una cita con el especialista. Esperar una prueba diagnóstica. Esperar una operación. Esperar una llamada. Esperar una cita en atención primaria. Pero hay otra espera, menos visible y quizá todavía más importante: esperar a saber cuántas personas están esperando realmente.

Porque una lista de espera no es solamente una cifra. Es un instrumento para conocer la dimensión de un problema sanitario, organizar recursos, establecer prioridades y rendir cuentas ante la ciudadanía. Por eso la manera de contarla importa. Mucho. Y en España estamos asistiendo a una discusión que debería preocuparnos a todos: cómo se construyen las listas de espera, cuándo entra un paciente en ellas, cómo se modifica su prioridad y qué información se ofrece a la ciudadanía.

El Ministerio de Sanidad prepara precisamente un Real Decreto para establecer criterios comunes de medición, contar las esperas desde la indicación médica y prohibir registros paralelos. La intención declarada es reforzar la transparencia y la trazabilidad de las listas de espera. No es un asunto menor. Porque si cada comunidad autónoma cuenta de una manera diferente, comparar resulta difícil. Y si existen registros paralelos, resulta todavía más difícil saber cuál es la fotografía real.

Andalucía: esperar sin conocer la lista de espera diagnóstica desde hace 8 años ni la global hace casi 2

En Andalucía tenemos un problema añadido. La Junta dejó de publicar con la periodicidad habitual las listas de espera sanitarias. Se ha señalado que la última información publicada por la Junta sobre la situación global de las listas correspondía a junio de 2025 y que, desde entonces, no se ha ofrecido públicamente una actualización equivalente. Hay aquí una contradicción que merece explicaciones. La propia Junta afirma que considera prioritaria la transparencia y que dispone de un sistema de información sobre listas de espera. Pero su página estadística señala actualmente como último dato disponible diciembre de 2024, con una actualización semestral. Y la listas de supera de pruebas diagnósticas no se conoce desde que empezó a gobernar el PP.

Mientras tanto, los andaluces siguen esperando. Y necesitan saber cuántos son. No porque una cifra resuelva una lista de espera. Sino porque sin una fotografía fiable no podemos saber si estamos mejorando o empeorando.

Una lista de espera no puede ser un ejercicio de maquillaje

Lo que está ocurriendo en Madrid alrededor del Hospital Ramón y Cajal debería servirnos como advertencia. Una investigación de EL PAÍS ha documentado correos y documentos que apuntan a cambios en la clasificación de pacientes que esperaban una intervención, reduciendo la prioridad de determinados casos. No corresponde convertir una investigación en una sentencia. Pero sí corresponde extraer una lección. Si los objetivos de gestión pueden influir en cómo se clasifica a los pacientes, la lista deja de ser un espejo de la realidad y empieza a convertirse en un objetivo que hay que maquillar. Y eso es extremadamente peligroso.

Porque detrás de cada cambio administrativo hay una persona. Una persona que puede estar esperando una operación. Una persona que puede tener dolor. Una persona cuya enfermedad puede estar avanzando. Una persona que necesita una respuesta.

El problema de los incentivos

Si premiamos a un sistema sanitario por reducir una cifra, debemos asegurarnos de que la cifra representa realmente aquello que queremos mejorar. Porque hay dos maneras de reducir una lista. Una es atender a más pacientes. La otra es conseguir que haya menos pacientes contabilizados. La primera mejora la sanidad. La segunda mejora la estadística, pero genera desconfianza y, sobre todo, oculta el problema en lugar de resolverlo.

Por eso el futuro Real Decreto estatal que prepara el Gobierno de España puede tener una importancia enorme si consigue establecer reglas homogéneas: cuándo comienza la espera, cuándo termina, cómo se registra la indicación médica, cómo se establece la prioridad y qué ocurre cuando un paciente cambia de situación. Y, sobre todo, si consigue evitar que existan caminos diferentes para que una misma realidad aparezca de manera distinta según dónde viva una persona.

Andalucía necesita algo más que cifras

En Andalucía llevamos demasiado tiempo discutiendo las listas de espera como una batalla de números. Y necesitamos un sistema de información público, transparente, homogéneo, verificable y auditado.

No debería depender del Gobierno de turno. Ni de quién gestione un hospital. Ni de cómo decida cada comunidad autónoma registrar a sus pacientes.

Esperar tiene consecuencias de salud

Esperar no es neutral. Esperar puede significar dolor. Puede significar ansiedad.Puede significar incapacidad para trabajar. Puede significar dependencia. Puede significar pérdida de calidad de vida. Y, en determinados procesos, puede significar que una enfermedad avance e incluso la muerte.

Por eso no deberíamos hablar solamente de cuántas personas esperan. Tenemos que saber: cuánto esperan, para qué esperan, quiénes esperan, dónde esperan y qué consecuencias tiene esa espera. Y hacerlo con perspectiva de equidad.

Porque no espera igual quien tiene recursos para acudir a la sanidad privada que quien depende exclusivamente del sistema público. No espera igual una persona con capacidad para desplazarse cientos de kilómetros que quien vive en un municipio pequeño. No espera igual quien tiene conocimientos para reclamar que quien no sabe siquiera dónde hacerlo.

La lista de espera también puede ser una expresión de desigualdad. El paciente no puede desaparecer de la estadística

Hay una idea que debería estar en el centro de cualquier reforma: el paciente no puede desaparecer porque desaparezca del registro. Si una persona está esperando una intervención porque un médico ha indicado que la necesita, ese debería ser el punto de partida. Precisamente eso pretende abordar el nuevo marco estatal: contar la espera desde la indicación médica y evitar registros paralelos. Es una cuestión técnica, sí. Pero también profundamente ética. Porque una lista de espera no es una hoja de cálculo. Es una lista de personas.

Transparencia no es publicar una cifra

Publicar una cifra cada cierto tiempo no es suficiente. Necesitamos saber cómo se construye. Qué incluye. Qué excluye. Qué pacientes quedan fuera. Cuándo empieza a contar el reloj. Cuándo se detiene. Qué ocurre si el paciente rechaza una alternativa. Qué ocurre si se deriva a la privada. Qué ocurre si cambia de prioridad. Y qué controles existen para impedir que alguien tenga interés en alterar esos datos.

En Andalucía, esto resulta especialmente importante ahora que la información pública no ofrece la actualización que la ciudadanía necesita. No publicar una lista no hace desaparecer la espera. Solo hace más difícil conocerla.

Una sanidad pública necesita confianza

La sanidad pública no vive únicamente de profesionales, hospitales, centros de salud y presupuesto. También vive de confianza. Y la confianza se construye diciendo la verdad cuando los datos son buenos y cuando son malos. Si hay demasiados pacientes esperando, hay que decirlo. Si las listas mejoran, hay que demostrarlo. Si empeoran, hay que explicarlo. Si un sistema de registro tenía problemas, hay que corregirlo. Y si alguien manipula datos, hay que investigarlo y, si corresponde, exigir responsabilidades.

Pero nunca deberíamos adaptar la realidad a la estadística. La estadística tiene que adaptarse a la realidad. Porque el objetivo de una lista de espera no debería ser que el Gobierno pueda decir que ha reducido el número de pacientes. El objetivo debería ser que haya menos personas esperando. Y que quienes esperan lo hagan durante el menor tiempo posible y con criterios clínicos transparentes y justos. Ahí está la diferencia.

Entre gestionar la espera y gestionar la cifra. Entre cuidar a las personas y cuidar la estadística. Entre una sanidad que rinde cuentas y una sanidad que simplemente presenta cuentas. Las listas de espera no necesitan maquillaje. Necesitan transparencia, reglas comunes, datos fiables y capacidad para resolverlas. Porque detrás de cada número hay una persona. Mi Y esa persona no debería tener que esperar también para saber cuánto tiempo tendrá que seguir esperando.

Hay pocas cosas que generen tanta frustración en la sanidad pública como esperar. Esperar una cita con el especialista. Esperar una prueba diagnóstica. Esperar una operación. Esperar una llamada. Esperar una cita en atención primaria. Pero hay otra espera, menos visible y quizá todavía más importante: esperar a saber cuántas personas están esperando realmente.

Porque una lista de espera no es solamente una cifra. Es un instrumento para conocer la dimensión de un problema sanitario, organizar recursos, establecer prioridades y rendir cuentas ante la ciudadanía. Por eso la manera de contarla importa. Mucho. Y en España estamos asistiendo a una discusión que debería preocuparnos a todos: cómo se construyen las listas de espera, cuándo entra un paciente en ellas, cómo se modifica su prioridad y qué información se ofrece a la ciudadanía.

El Ministerio de Sanidad prepara precisamente un Real Decreto para establecer criterios comunes de medición, contar las esperas desde la indicación médica y prohibir registros paralelos. La intención declarada es reforzar la transparencia y la trazabilidad de las listas de espera. No es un asunto menor. Porque si cada comunidad autónoma cuenta de una manera diferente, comparar resulta difícil. Y si existen registros paralelos, resulta todavía más difícil saber cuál es la fotografía real.

Andalucía: esperar sin conocer la lista de espera diagnóstica desde hace 8 años ni la global hace casi 2

En Andalucía tenemos un problema añadido. La Junta dejó de publicar con la periodicidad habitual las listas de espera sanitarias. Se ha señalado que la última información publicada por la Junta sobre la situación global de las listas correspondía a junio de 2025 y que, desde entonces, no se ha ofrecido públicamente una actualización equivalente. Hay aquí una contradicción que merece explicaciones. La propia Junta afirma que considera prioritaria la transparencia y que dispone de un sistema de información sobre listas de espera. Pero su página estadística señala actualmente como último dato disponible diciembre de 2024, con una actualización semestral. Y la listas de supera de pruebas diagnósticas no se conoce desde que empezó a gobernar el PP.

Mientras tanto, los andaluces siguen esperando. Y necesitan saber cuántos son. No porque una cifra resuelva una lista de espera. Sino porque sin una fotografía fiable no podemos saber si estamos mejorando o empeorando.

Una lista de espera no puede ser un ejercicio de maquillaje

Lo que está ocurriendo en Madrid alrededor del Hospital Ramón y Cajal debería servirnos como advertencia. Una investigación de EL PAÍS ha documentado correos y documentos que apuntan a cambios en la clasificación de pacientes que esperaban una intervención, reduciendo la prioridad de determinados casos. No corresponde convertir una investigación en una sentencia. Pero sí corresponde extraer una lección. Si los objetivos de gestión pueden influir en cómo se clasifica a los pacientes, la lista deja de ser un espejo de la realidad y empieza a convertirse en un objetivo que hay que maquillar. Y eso es extremadamente peligroso.

Porque detrás de cada cambio administrativo hay una persona. Una persona que puede estar esperando una operación. Una persona que puede tener dolor. Una persona cuya enfermedad puede estar avanzando. Una persona que necesita una respuesta.

El problema de los incentivos

Si premiamos a un sistema sanitario por reducir una cifra, debemos asegurarnos de que la cifra representa realmente aquello que queremos mejorar. Porque hay dos maneras de reducir una lista. Una es atender a más pacientes. La otra es conseguir que haya menos pacientes contabilizados. La primera mejora la sanidad. La segunda mejora la estadística, pero genera desconfianza y, sobre todo, oculta el problema en lugar de resolverlo.

Por eso el futuro Real Decreto estatal que prepara el Gobierno de España puede tener una importancia enorme si consigue establecer reglas homogéneas: cuándo comienza la espera, cuándo termina, cómo se registra la indicación médica, cómo se establece la prioridad y qué ocurre cuando un paciente cambia de situación. Y, sobre todo, si consigue evitar que existan caminos diferentes para que una misma realidad aparezca de manera distinta según dónde viva una persona.

Andalucía necesita algo más que cifras

En Andalucía llevamos demasiado tiempo discutiendo las listas de espera como una batalla de números. Y necesitamos un sistema de información público, transparente, homogéneo, verificable y auditado.

No debería depender del Gobierno de turno. Ni de quién gestione un hospital. Ni de cómo decida cada comunidad autónoma registrar a sus pacientes.

Esperar tiene consecuencias de salud

Esperar no es neutral. Esperar puede significar dolor. Puede significar ansiedad.Puede significar incapacidad para trabajar. Puede significar dependencia. Puede significar pérdida de calidad de vida. Y, en determinados procesos, puede significar que una enfermedad avance e incluso la muerte.

Por eso no deberíamos hablar solamente de cuántas personas esperan. Tenemos que saber: cuánto esperan, para qué esperan, quiénes esperan, dónde esperan y qué consecuencias tiene esa espera. Y hacerlo con perspectiva de equidad.

Porque no espera igual quien tiene recursos para acudir a la sanidad privada que quien depende exclusivamente del sistema público. No espera igual una persona con capacidad para desplazarse cientos de kilómetros que quien vive en un municipio pequeño. No espera igual quien tiene conocimientos para reclamar que quien no sabe siquiera dónde hacerlo.

La lista de espera también puede ser una expresión de desigualdad. El paciente no puede desaparecer de la estadística

Hay una idea que debería estar en el centro de cualquier reforma: el paciente no puede desaparecer porque desaparezca del registro. Si una persona está esperando una intervención porque un médico ha indicado que la necesita, ese debería ser el punto de partida. Precisamente eso pretende abordar el nuevo marco estatal: contar la espera desde la indicación médica y evitar registros paralelos. Es una cuestión técnica, sí. Pero también profundamente ética. Porque una lista de espera no es una hoja de cálculo. Es una lista de personas.

Transparencia no es publicar una cifra

Publicar una cifra cada cierto tiempo no es suficiente. Necesitamos saber cómo se construye. Qué incluye. Qué excluye. Qué pacientes quedan fuera. Cuándo empieza a contar el reloj. Cuándo se detiene. Qué ocurre si el paciente rechaza una alternativa. Qué ocurre si se deriva a la privada. Qué ocurre si cambia de prioridad. Y qué controles existen para impedir que alguien tenga interés en alterar esos datos.

En Andalucía, esto resulta especialmente importante ahora que la información pública no ofrece la actualización que la ciudadanía necesita. No publicar una lista no hace desaparecer la espera. Solo hace más difícil conocerla.

Una sanidad pública necesita confianza

La sanidad pública no vive únicamente de profesionales, hospitales, centros de salud y presupuesto. También vive de confianza. Y la confianza se construye diciendo la verdad cuando los datos son buenos y cuando son malos. Si hay demasiados pacientes esperando, hay que decirlo. Si las listas mejoran, hay que demostrarlo. Si empeoran, hay que explicarlo. Si un sistema de registro tenía problemas, hay que corregirlo. Y si alguien manipula datos, hay que investigarlo y, si corresponde, exigir responsabilidades.

Pero nunca deberíamos adaptar la realidad a la estadística. La estadística tiene que adaptarse a la realidad. Porque el objetivo de una lista de espera no debería ser que el Gobierno pueda decir que ha reducido el número de pacientes. El objetivo debería ser que haya menos personas esperando. Y que quienes esperan lo hagan durante el menor tiempo posible y con criterios clínicos transparentes y justos. Ahí está la diferencia.

Entre gestionar la espera y gestionar la cifra. Entre cuidar a las personas y cuidar la estadística. Entre una sanidad que rinde cuentas y una sanidad que simplemente presenta cuentas. Las listas de espera no necesitan maquillaje. Necesitan transparencia, reglas comunes, datos fiables y capacidad para resolverlas. Porque detrás de cada número hay una persona. Mi Y esa persona no debería tener que esperar también para saber cuánto tiempo tendrá que seguir esperando.

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