Hay momentos en los que la vida se hace demasiado pesada. Momentos en los que el sufrimiento ocupa todo el espacio y parece que no existe una salida. Momentos en los que una persona puede pensar que dejar de vivir es la única manera de dejar de sufrir. En esos momentos, que haya alguien al otro lado importa. Un teléfono no sustituye a un psicólogo, a un psiquiatra, a Atención Primaria, a los servicios de salud mental ni a una red familiar y comunitaria. Pero puede conseguir algo decisivo: que una persona no atraviese sola el momento más oscuro.
Desde la puesta en marcha del 024 en 2022, la línea de atención a la conducta suicida ha recibido más de medio millón de llamadas. Solo en 2025 atendió más de 162.000 consultas telefónicas y, alrededor de la mitad presentaban un riesgo medio-alto de suicidio. También dispone de chat, utilizado especialmente por personas jóvenes.
Pero quizá lo más importante del 024 no sean las cifras. Es la escucha. Escuchar sin juzgar. Dar tiempo. Ayudar a atravesar una crisis. Orientar. Activar una emergencia cuando es necesario. Ayudar a construir un pequeño plan para los siguientes minutos u horas. A veces prevenir consiste en conseguir que alguien pueda llegar al día siguiente.
No hay una única puerta de entrada
La prevención del suicidio necesita una red de puertas de entrada. Está el 024, un servicio gratuito, confidencial y disponible las 24 horas de los 365 días del año. Es un recurso para la crisis, pero no debería convertirse en sustituto de la atención sanitaria continuada. La propia experiencia muestra esa tensión: el teléfono puede ser un auténtico salvavidas en un momento crítico, pero después debe existir una respuesta capaz de acompañar a la persona en el tiempo.
Está también el Teléfono de la Esperanza, que lleva décadas trabajando desde la escucha y la intervención en crisis. Su servicio de orientación telefónica es gratuito, anónimo y permanente, atendido por personas voluntarias formadas en escucha activa e intervención en crisis. Además, ofrece chat, atención profesional y grupos específicos de apoyo, incluido el acompañamiento en procesos de duelo.
Y está ANAR, especialmente importante cuando hablamos de niños, niñas y adolescentes. Porque un menor puede no saber que lo que le ocurre tiene un nombre. Puede no atreverse a contárselo a sus padres. Puede pensar que nadie le va a entender. Puede sentir vergüenza, miedo o culpa. Por eso es tan importante que exista un espacio específicamente pensado para ellos.
El Teléfono/Chat ANAR ofrece atención gratuita y confidencial a niños, niñas y adolescentes, con profesionales de la psicología que escuchan, orientan y, cuando es necesario, derivan o activan recursos sociales, sanitarios, educativos o de protección. En 2025 atendieron más de 252.000 llamadas y chats y cerca de 20.000 casos. Además, ANAR dispone de una línea específica para familias y centros escolares. Porque detrás de un menor que sufre suele haber también un adulto que no sabe qué hacer.
Una red que empieza por escuchar
Hay algo que une estos tres recursos: antes de intervenir, escuchan. Y esto parece sencillo, pero no lo es. Escuchar no significa decir inmediatamente qué debe hacer la otra persona. No significa minimizar: “Eso se te pasará”. “No es para tanto”. “Tienes toda la vida por delante”. “Piensa en tu familia”. “Hay gente que está peor”. Tampoco significa convertir una conversación en un interrogatorio.
Escuchar significa poder decir: “Estoy aquí”. “Cuéntame qué te está pasando”. “No tienes que resolverlo todo ahora”. “Vamos a buscar ayuda juntos”. Son frases sencillas. Pero pueden abrir una puerta.
Especialmente entre adolescentes
En la infancia y la adolescencia esto adquiere una importancia enorme. Un adolescente puede sentirse incomprendido por su familia, tener miedo de acudir a salud mental o no querer llamar por teléfono a un desconocido.
Por eso el chat puede ser una puerta de entrada fundamental. Una parte importante de las consultas del 024 por chat procede de jóvenes, especialmente de 15 a 19 años. Y ANAR lleva años trabajando precisamente en ese territorio: allí donde un niño o adolescente necesita hablar con alguien fuera de su círculo inmediato. Pero debemos recordar algo esencial: una línea de ayuda no puede ser el final del camino. Debe ser, muchas veces, el comienzo.
Del rescate al acompañamiento
Esta es probablemente una de las grandes cuestiones de la prevención del suicidio. Podemos conseguir que una persona atraviese una crisis. Pero después, ¿qué?, ¿Quién la acompaña?, ¿Quién hace seguimiento?, ¿Quién ayuda a reconstruir los vínculos?, ¿Quién aborda la depresión, el trauma, el bullying, la violencia, la soledad, el desempleo, los problemas familiares o las condiciones sociales que están detrás del sufrimiento? Porque el suicidio no tiene una sola causa. Y tampoco tiene una única solución.
El 024 puede ayudar a pasar una noche. El Teléfono de la Esperanza puede ayudar a atravesar una crisis y construir acompañamiento. ANAR puede conseguir que un niño o adolescente sea escuchado y conectado con los recursos que necesita. Pero después necesitamos un sistema sanitario y social que no deje caer a esa persona.
También necesitamos comunidad
La prevención del suicidio no ocurre solamente en los teléfonos. Ocurre en las consultas de Atención Primaria. En los centros de salud mental. En los colegios. En los institutos. En los servicios sociales. En las familias. En las asociaciones. En los centros de trabajo. En los barrios. En una conversación entre amigos. En ese mensaje que pregunta: “¿Cómo estás de verdad?”
Porque una de las grandes lecciones que dejan el 024, el Teléfono de la Esperanza y ANAR es que pedir ayuda es posible cuando existe un lugar donde hacerlo. Y que escuchar puede ser una intervención. No la única. Pero sí, muchas veces, la primera.
Cuando todo se rompe
Una de las personas atendidas explica que, en aquel momento, su opción era hacerse daño y la otra opción fue llamar al 024. Entre una opción y otra hubo una voz. Una persona. Una conversación. Unos minutos. Y quizá una oportunidad.
Por eso necesitamos que nadie tenga que buscar desesperadamente una puerta cuando todo se rompe. Necesitamos que las puertas estén visibles. Que sean accesibles. Que haya profesionales y voluntarios formados. Que exista continuidad asistencial. Que la salud mental deje de ser un territorio de estigma. Que los niños puedan hablar. Que los adolescentes puedan pedir ayuda. Que los hombres puedan mostrar vulnerabilidad. Que las familias sepan qué hacer. Y que una persona en crisis sepa algo fundamental: no tiene que resolver toda su vida esta noche.
A veces, prevenir el suicidio empieza por algo tan sencillo —y tan extraordinariamente importante— como conseguir que alguien pueda decir: “No puedo más”. Y que al otro lado alguien responda: “Estoy aquí. Vamos a pasar este momento juntos”.
Hay momentos en los que la vida se hace demasiado pesada. Momentos en los que el sufrimiento ocupa todo el espacio y parece que no existe una salida. Momentos en los que una persona puede pensar que dejar de vivir es la única manera de dejar de sufrir. En esos momentos, que haya alguien al otro lado importa. Un teléfono no sustituye a un psicólogo, a un psiquiatra, a Atención Primaria, a los servicios de salud mental ni a una red familiar y comunitaria. Pero puede conseguir algo decisivo: que una persona no atraviese sola el momento más oscuro.
Desde la puesta en marcha del 024 en 2022, la línea de atención a la conducta suicida ha recibido más de medio millón de llamadas. Solo en 2025 atendió más de 162.000 consultas telefónicas y, alrededor de la mitad presentaban un riesgo medio-alto de suicidio. También dispone de chat, utilizado especialmente por personas jóvenes.
Pero quizá lo más importante del 024 no sean las cifras. Es la escucha. Escuchar sin juzgar. Dar tiempo. Ayudar a atravesar una crisis. Orientar. Activar una emergencia cuando es necesario. Ayudar a construir un pequeño plan para los siguientes minutos u horas. A veces prevenir consiste en conseguir que alguien pueda llegar al día siguiente.
No hay una única puerta de entrada
La prevención del suicidio necesita una red de puertas de entrada. Está el 024, un servicio gratuito, confidencial y disponible las 24 horas de los 365 días del año. Es un recurso para la crisis, pero no debería convertirse en sustituto de la atención sanitaria continuada. La propia experiencia muestra esa tensión: el teléfono puede ser un auténtico salvavidas en un momento crítico, pero después debe existir una respuesta capaz de acompañar a la persona en el tiempo.
Está también el Teléfono de la Esperanza, que lleva décadas trabajando desde la escucha y la intervención en crisis. Su servicio de orientación telefónica es gratuito, anónimo y permanente, atendido por personas voluntarias formadas en escucha activa e intervención en crisis. Además, ofrece chat, atención profesional y grupos específicos de apoyo, incluido el acompañamiento en procesos de duelo.
Y está ANAR, especialmente importante cuando hablamos de niños, niñas y adolescentes. Porque un menor puede no saber que lo que le ocurre tiene un nombre. Puede no atreverse a contárselo a sus padres. Puede pensar que nadie le va a entender. Puede sentir vergüenza, miedo o culpa. Por eso es tan importante que exista un espacio específicamente pensado para ellos.
El Teléfono/Chat ANAR ofrece atención gratuita y confidencial a niños, niñas y adolescentes, con profesionales de la psicología que escuchan, orientan y, cuando es necesario, derivan o activan recursos sociales, sanitarios, educativos o de protección. En 2025 atendieron más de 252.000 llamadas y chats y cerca de 20.000 casos. Además, ANAR dispone de una línea específica para familias y centros escolares. Porque detrás de un menor que sufre suele haber también un adulto que no sabe qué hacer.
Una red que empieza por escuchar
Hay algo que une estos tres recursos: antes de intervenir, escuchan. Y esto parece sencillo, pero no lo es. Escuchar no significa decir inmediatamente qué debe hacer la otra persona. No significa minimizar: “Eso se te pasará”. “No es para tanto”. “Tienes toda la vida por delante”. “Piensa en tu familia”. “Hay gente que está peor”. Tampoco significa convertir una conversación en un interrogatorio.
Escuchar significa poder decir: “Estoy aquí”. “Cuéntame qué te está pasando”. “No tienes que resolverlo todo ahora”. “Vamos a buscar ayuda juntos”. Son frases sencillas. Pero pueden abrir una puerta.
Especialmente entre adolescentes
En la infancia y la adolescencia esto adquiere una importancia enorme. Un adolescente puede sentirse incomprendido por su familia, tener miedo de acudir a salud mental o no querer llamar por teléfono a un desconocido.
Por eso el chat puede ser una puerta de entrada fundamental. Una parte importante de las consultas del 024 por chat procede de jóvenes, especialmente de 15 a 19 años. Y ANAR lleva años trabajando precisamente en ese territorio: allí donde un niño o adolescente necesita hablar con alguien fuera de su círculo inmediato. Pero debemos recordar algo esencial: una línea de ayuda no puede ser el final del camino. Debe ser, muchas veces, el comienzo.
Del rescate al acompañamiento
Esta es probablemente una de las grandes cuestiones de la prevención del suicidio. Podemos conseguir que una persona atraviese una crisis. Pero después, ¿qué?, ¿Quién la acompaña?, ¿Quién hace seguimiento?, ¿Quién ayuda a reconstruir los vínculos?, ¿Quién aborda la depresión, el trauma, el bullying, la violencia, la soledad, el desempleo, los problemas familiares o las condiciones sociales que están detrás del sufrimiento? Porque el suicidio no tiene una sola causa. Y tampoco tiene una única solución.
El 024 puede ayudar a pasar una noche. El Teléfono de la Esperanza puede ayudar a atravesar una crisis y construir acompañamiento. ANAR puede conseguir que un niño o adolescente sea escuchado y conectado con los recursos que necesita. Pero después necesitamos un sistema sanitario y social que no deje caer a esa persona.
También necesitamos comunidad
La prevención del suicidio no ocurre solamente en los teléfonos. Ocurre en las consultas de Atención Primaria. En los centros de salud mental. En los colegios. En los institutos. En los servicios sociales. En las familias. En las asociaciones. En los centros de trabajo. En los barrios. En una conversación entre amigos. En ese mensaje que pregunta: “¿Cómo estás de verdad?”
Porque una de las grandes lecciones que dejan el 024, el Teléfono de la Esperanza y ANAR es que pedir ayuda es posible cuando existe un lugar donde hacerlo. Y que escuchar puede ser una intervención. No la única. Pero sí, muchas veces, la primera.
Cuando todo se rompe
Una de las personas atendidas explica que, en aquel momento, su opción era hacerse daño y la otra opción fue llamar al 024. Entre una opción y otra hubo una voz. Una persona. Una conversación. Unos minutos. Y quizá una oportunidad.
Por eso necesitamos que nadie tenga que buscar desesperadamente una puerta cuando todo se rompe. Necesitamos que las puertas estén visibles. Que sean accesibles. Que haya profesionales y voluntarios formados. Que exista continuidad asistencial. Que la salud mental deje de ser un territorio de estigma. Que los niños puedan hablar. Que los adolescentes puedan pedir ayuda. Que los hombres puedan mostrar vulnerabilidad. Que las familias sepan qué hacer. Y que una persona en crisis sepa algo fundamental: no tiene que resolver toda su vida esta noche.
A veces, prevenir el suicidio empieza por algo tan sencillo —y tan extraordinariamente importante— como conseguir que alguien pueda decir: “No puedo más”. Y que al otro lado alguien responda: “Estoy aquí. Vamos a pasar este momento juntos”.
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