Por todos es conocido que el último ramalazo de mi carrera en el turismo ha sido colaborar, de vez en cuando, con cierto palacio jerezano. Hace unos meses me tocó acompañar una visita a una pareja: un jerezano con una mujer malagueña. Él podía beneficiarse del descuento para residentes; ella no. Hasta ahí, todo normal.
Nada más entrar, después de comentar lo mucho que les gustaba la cultura y las ganas que tenían de conocer el edificio —once años después de su apertura al público, nunca es tarde—, llegó el momento de pagar la entrada.
"Es caro, ¿eh?".
No era una pregunta. Era una sentencia.
Lo curioso es que la cantidad apenas superaba lo que cuesta una cerveza con una tapa en cualquier bar. Sin embargo, a lo largo de toda la visita el comentario fue repitiéndose de distintas maneras. Que cómo era posible que semejantes obras de arte estuvieran en una casa particular. Que aquello debería ser público. Que el Estado, ese padre que algunos creen que tienen, tendría que subvencionarlo para que la entrada costara menos. Traducido: que otro pague para que yo pueda gastarme esos cuatro euros en un tabanco.
Confieso que ya no me sorprende. Quienes nos dedicamos, de una manera u otra, al mundo de la cultura escuchamos este discurso con demasiada frecuencia.
Parece que existe una idea profundamente arraigada según la cual todo aquello relacionado con las humanidades debería ser accesible, pero sobre todo gratuito.
Nadie entra en una cafetería y le explica al camarero que el café debería costar menos porque le gusta mucho. Nadie negocia con un electricista apelando al amor por su oficio. Tampoco esperamos que un fontanero nos arregle una avería "por visibilidad".
Sin embargo, cuando se trata de una presentación de un libro, una conferencia o una ruta cultural, la conversación cambia por completo. «Es que fulanito lo hace gratis.» Pues llame a fulanito, señora. Y lo digo con absoluta naturalidad porque nadie debería sentirse culpable por cobrar por su trabajo.
Detrás de una ruta literaria no hay una hora caminando por una ciudad. Hay días leyendo una novela, investigando el contexto histórico, caminando por las calles para comprobar recorridos, escribiendo un guion, ensayando, diseñando la promoción, pagando gasolina, siendo autónoma y asumiendo que, si ese día llueve y nadie aparece, el trabajo ya está hecho igualmente.
Detrás de la presentación de un libro tampoco hay una hora con un micrófono en la mano. Hay una lectura previa, una preparación, una entrevista diseñada para que el público disfrute y el autor se sienta cómodo. Hay experiencia. Hay formación. Hay tiempo. Y el tiempo se paga.
Quizá el problema sea que muchas profesiones culturales tienen una parte invisible. El público solo ve el resultado final. Igual que quien contempla una exposición no piensa en los meses que ha costado montarla, quien asiste a una conferencia rara vez imagina las horas de preparación que hay detrás.
Como, además, solemos disfrutar con nuestro trabajo, existe la sensación de que casi nos están haciendo un favor dejándonos ejercerlo. Y no. Que algo nos apasione no significa que no tenga valor económico, solo que hemos tenido las narices de dedicarnos a lo que nos gusta, aunque no haya un sueldo fijo a final de mes.
A mí me apasiona escribir. Es probablemente la actividad que más feliz me hace. Precisamente por eso sé el tiempo que exige. Las horas delante del ordenador, la documentación, las correcciones, las dudas. Nadie le diría a un arquitecto que diseñe una casa gratis porque le encanta la arquitectura. ¿Por qué se sigue diciendo a quienes nos dedicamos a la cultura?
No estoy defendiendo que todo deba ser caro. Ni mucho menos. Las administraciones tienen un papel fundamental facilitando el acceso a la cultura y acercándola a quienes, de otro modo, no podrían disfrutarla. Pero facilitar el acceso no puede significar que el profesional deje de cobrar porque entonces alguien está pagando igualmente esa cultura. Solo que suele ser quien la produce.
Y ya va siendo hora de abandonar esa costumbre. Porque quienes escribimos, guiamos, investigamos, presentamos libros, organizamos actividades o enseñamos patrimonio tenemos la misma mala costumbre que cualquier otro trabajador. Comemos todos los días. Y las facturas, por desgracia, no la paga el amor al arte.
Por todos es conocido que el último ramalazo de mi carrera en el turismo ha sido colaborar, de vez en cuando, con cierto palacio jerezano. Hace unos meses me tocó acompañar una visita a una pareja: un jerezano con una mujer malagueña. Él podía beneficiarse del descuento para residentes; ella no. Hasta ahí, todo normal.
Nada más entrar, después de comentar lo mucho que les gustaba la cultura y las ganas que tenían de conocer el edificio —once años después de su apertura al público, nunca es tarde—, llegó el momento de pagar la entrada.
"Es caro, ¿eh?".
No era una pregunta. Era una sentencia.
Lo curioso es que la cantidad apenas superaba lo que cuesta una cerveza con una tapa en cualquier bar. Sin embargo, a lo largo de toda la visita el comentario fue repitiéndose de distintas maneras. Que cómo era posible que semejantes obras de arte estuvieran en una casa particular. Que aquello debería ser público. Que el Estado, ese padre que algunos creen que tienen, tendría que subvencionarlo para que la entrada costara menos. Traducido: que otro pague para que yo pueda gastarme esos cuatro euros en un tabanco.
Confieso que ya no me sorprende. Quienes nos dedicamos, de una manera u otra, al mundo de la cultura escuchamos este discurso con demasiada frecuencia.
Parece que existe una idea profundamente arraigada según la cual todo aquello relacionado con las humanidades debería ser accesible, pero sobre todo gratuito.
Nadie entra en una cafetería y le explica al camarero que el café debería costar menos porque le gusta mucho. Nadie negocia con un electricista apelando al amor por su oficio. Tampoco esperamos que un fontanero nos arregle una avería "por visibilidad".
Sin embargo, cuando se trata de una presentación de un libro, una conferencia o una ruta cultural, la conversación cambia por completo. «Es que fulanito lo hace gratis.» Pues llame a fulanito, señora. Y lo digo con absoluta naturalidad porque nadie debería sentirse culpable por cobrar por su trabajo.
Detrás de una ruta literaria no hay una hora caminando por una ciudad. Hay días leyendo una novela, investigando el contexto histórico, caminando por las calles para comprobar recorridos, escribiendo un guion, ensayando, diseñando la promoción, pagando gasolina, siendo autónoma y asumiendo que, si ese día llueve y nadie aparece, el trabajo ya está hecho igualmente.
Detrás de la presentación de un libro tampoco hay una hora con un micrófono en la mano. Hay una lectura previa, una preparación, una entrevista diseñada para que el público disfrute y el autor se sienta cómodo. Hay experiencia. Hay formación. Hay tiempo. Y el tiempo se paga.
Quizá el problema sea que muchas profesiones culturales tienen una parte invisible. El público solo ve el resultado final. Igual que quien contempla una exposición no piensa en los meses que ha costado montarla, quien asiste a una conferencia rara vez imagina las horas de preparación que hay detrás.
Como, además, solemos disfrutar con nuestro trabajo, existe la sensación de que casi nos están haciendo un favor dejándonos ejercerlo. Y no. Que algo nos apasione no significa que no tenga valor económico, solo que hemos tenido las narices de dedicarnos a lo que nos gusta, aunque no haya un sueldo fijo a final de mes.
A mí me apasiona escribir. Es probablemente la actividad que más feliz me hace. Precisamente por eso sé el tiempo que exige. Las horas delante del ordenador, la documentación, las correcciones, las dudas. Nadie le diría a un arquitecto que diseñe una casa gratis porque le encanta la arquitectura. ¿Por qué se sigue diciendo a quienes nos dedicamos a la cultura?
No estoy defendiendo que todo deba ser caro. Ni mucho menos. Las administraciones tienen un papel fundamental facilitando el acceso a la cultura y acercándola a quienes, de otro modo, no podrían disfrutarla. Pero facilitar el acceso no puede significar que el profesional deje de cobrar porque entonces alguien está pagando igualmente esa cultura. Solo que suele ser quien la produce.
Y ya va siendo hora de abandonar esa costumbre. Porque quienes escribimos, guiamos, investigamos, presentamos libros, organizamos actividades o enseñamos patrimonio tenemos la misma mala costumbre que cualquier otro trabajador. Comemos todos los días. Y las facturas, por desgracia, no la paga el amor al arte.
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