Hubo un tiempo en que se repetía una frase con resignación: "La gente ya no lee". Parecía el diagnóstico definitivo para explicar cualquier problema relacionado con los libros. Si una librería cerraba, era porque la lectura estaba muriendo. Si una editorial desaparecía, la culpa era de las pantallas. Todo resultaba bastante sencillo. Lo curioso es que hoy ocurre exactamente lo contrario.
Los datos de la Federación Andaluza de Librerías confirman que España lee más que nunca. Cada año aumenta el número de lectores, se venden más libros y el interés por la lectura continúa creciendo. Sin embargo, basta con darse un paseo por cualquier ciudad para comprobar que las librerías independientes siguen bajando la persiana. Aparentemente, las cuentas no salen.
¿Cómo es posible que se lean más libros y, al mismo tiempo, desaparezcan los lugares donde tradicionalmente los comprábamos? Confieso que esta pregunta me toca de cerca. Por un lado, porque llevo años vinculada al mundo del libro y, por otro, porque un día decidí cumplir uno de esos sueños quijotescos que parecen irrenunciables: abrir una librería.
Duró un año. Y no, no es porque no se vendiera o no creyera en ella. Todo lo contrario. Cerré cuando comprendí que mantener aquel negocio exigía una dedicación absoluta y que, si quería salvarlo, tendría que renunciar precisamente a aquello que me había llevado hasta allí: escribir. Y, por mucho que me doliera aceptarlo, descubrí que en el escalafón de mis pasiones la escritura ocupa el primer lugar. Incluso por delante de la posibilidad de tener una librería.
Aquella experiencia me enseñó que una librería no es una estantería llena de libros. Es una persona. La persona que lleva semanas esperando la novedad que te gusta. La que recuerda qué autor te emocionó la última vez. La que te dice "llévate este, creo que te va a encantar", aunque sea un libro del que apenas ha oído hablar nadie. Eso no aparece en ninguna plataforma de venta. Tampoco en un algoritmo. Y, sin embargo, es una parte fundamental de la lectura.
Muchas ferias, muchas cajas...
Después llegaron las ferias del libro. Muchas ferias. Demasiadas cajas, demasiados viajes y demasiadas horas viendo pasar lectores delante de un stand. Hay una escena que se repite constantemente y que cualquiera que haya vendido libros reconocerá. Alguien se acerca, coge un ejemplar, lee la contraportada, hace una fotografía de la portada con el móvil y se marcha. Nunca sabes qué ocurre después.
Quizá lo compre en otra librería. Ojalá. Quizá espere unos días y lo adquiera por internet porque encuentra un 5% de descuento. Ese cinco por ciento que la Ley del Libro permite aplicar y que algunas grandes cadenas utilizan de forma sistemática en sus páginas web. Conviene recordarlo porque, a menudo, culpamos al librero del precio de los libros cuando ni siquiera es él quien lo fija.
Prefiero pensar que ocurre eso porque la otra posibilidad es que termine descargándolo ilegalmente, y me resisto a creer que esa sea la opción mayoritaria.
No seré yo quien demonice la compra por internet. Sería bastante hipócrita. Todos hemos comprado alguna vez un libro online por comodidad, por falta de tiempo o porque simplemente no lo encontrábamos cerca de casa. Internet ha resuelto muchos problemas y seguirá haciéndolo.
El riesgo aparece cuando deja de ser una alternativa para convertirse en la única forma de comprar. Porque entonces dejamos de perder una librería. Perdemos algo bastante más difícil de sustituir. Perdemos un lugar donde conversar sobre libros. Donde descubrir autores que no buscábamos. Donde una recomendación cambia una lectura. Donde alguien conoce a sus clientes por su nombre y sabe qué regalarle a un niño que empieza a leer o a una persona que acaba de jubilarse.
Las librerías hacen barrio. Hacen ciudad. Mantienen viva una conversación cultural que ninguna pantalla puede reproducir exactamente igual. Por eso creo que cada vez que una librería independiente consigue mantenerse abierta ocurre algo mucho más importante de lo que indican las cifras de ventas. Significa que todavía hay personas que deciden entrar, preguntar, dejarse aconsejar y comprar cerca de casa.
Y quizá ahí esté la verdadera diferencia. Porque leer más siempre será una buena noticia. Pero conseguir que esos lectores sigan cruzando la puerta de una librería es una responsabilidad que ya no depende únicamente de quienes venden libros. También depende de quienes los compramos.
Hubo un tiempo en que se repetía una frase con resignación: "La gente ya no lee". Parecía el diagnóstico definitivo para explicar cualquier problema relacionado con los libros. Si una librería cerraba, era porque la lectura estaba muriendo. Si una editorial desaparecía, la culpa era de las pantallas. Todo resultaba bastante sencillo. Lo curioso es que hoy ocurre exactamente lo contrario.
Los datos de la Federación Andaluza de Librerías confirman que España lee más que nunca. Cada año aumenta el número de lectores, se venden más libros y el interés por la lectura continúa creciendo. Sin embargo, basta con darse un paseo por cualquier ciudad para comprobar que las librerías independientes siguen bajando la persiana. Aparentemente, las cuentas no salen.
¿Cómo es posible que se lean más libros y, al mismo tiempo, desaparezcan los lugares donde tradicionalmente los comprábamos? Confieso que esta pregunta me toca de cerca. Por un lado, porque llevo años vinculada al mundo del libro y, por otro, porque un día decidí cumplir uno de esos sueños quijotescos que parecen irrenunciables: abrir una librería.
Duró un año. Y no, no es porque no se vendiera o no creyera en ella. Todo lo contrario. Cerré cuando comprendí que mantener aquel negocio exigía una dedicación absoluta y que, si quería salvarlo, tendría que renunciar precisamente a aquello que me había llevado hasta allí: escribir. Y, por mucho que me doliera aceptarlo, descubrí que en el escalafón de mis pasiones la escritura ocupa el primer lugar. Incluso por delante de la posibilidad de tener una librería.
Aquella experiencia me enseñó que una librería no es una estantería llena de libros. Es una persona. La persona que lleva semanas esperando la novedad que te gusta. La que recuerda qué autor te emocionó la última vez. La que te dice "llévate este, creo que te va a encantar", aunque sea un libro del que apenas ha oído hablar nadie. Eso no aparece en ninguna plataforma de venta. Tampoco en un algoritmo. Y, sin embargo, es una parte fundamental de la lectura.
Muchas ferias, muchas cajas...
Después llegaron las ferias del libro. Muchas ferias. Demasiadas cajas, demasiados viajes y demasiadas horas viendo pasar lectores delante de un stand. Hay una escena que se repite constantemente y que cualquiera que haya vendido libros reconocerá. Alguien se acerca, coge un ejemplar, lee la contraportada, hace una fotografía de la portada con el móvil y se marcha. Nunca sabes qué ocurre después.
Quizá lo compre en otra librería. Ojalá. Quizá espere unos días y lo adquiera por internet porque encuentra un 5% de descuento. Ese cinco por ciento que la Ley del Libro permite aplicar y que algunas grandes cadenas utilizan de forma sistemática en sus páginas web. Conviene recordarlo porque, a menudo, culpamos al librero del precio de los libros cuando ni siquiera es él quien lo fija.
Prefiero pensar que ocurre eso porque la otra posibilidad es que termine descargándolo ilegalmente, y me resisto a creer que esa sea la opción mayoritaria.
No seré yo quien demonice la compra por internet. Sería bastante hipócrita. Todos hemos comprado alguna vez un libro online por comodidad, por falta de tiempo o porque simplemente no lo encontrábamos cerca de casa. Internet ha resuelto muchos problemas y seguirá haciéndolo.
El riesgo aparece cuando deja de ser una alternativa para convertirse en la única forma de comprar. Porque entonces dejamos de perder una librería. Perdemos algo bastante más difícil de sustituir. Perdemos un lugar donde conversar sobre libros. Donde descubrir autores que no buscábamos. Donde una recomendación cambia una lectura. Donde alguien conoce a sus clientes por su nombre y sabe qué regalarle a un niño que empieza a leer o a una persona que acaba de jubilarse.
Las librerías hacen barrio. Hacen ciudad. Mantienen viva una conversación cultural que ninguna pantalla puede reproducir exactamente igual. Por eso creo que cada vez que una librería independiente consigue mantenerse abierta ocurre algo mucho más importante de lo que indican las cifras de ventas. Significa que todavía hay personas que deciden entrar, preguntar, dejarse aconsejar y comprar cerca de casa.
Y quizá ahí esté la verdadera diferencia. Porque leer más siempre será una buena noticia. Pero conseguir que esos lectores sigan cruzando la puerta de una librería es una responsabilidad que ya no depende únicamente de quienes venden libros. También depende de quienes los compramos.
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