Cada vez que veo la aguja mareada de puertas adentro del PSOE viene a mi mente una frase del inolvidable Alfredo Pérez Rubalcaba en sus múltiples conversaciones diarias con Pepiño Blanco en aquella campaña electoral de la primavera de 2008 que le trajo como candidato por Cádiz en las elecciones generales en las que Zapatero terminaría renovando su presidencia del gobierno de España.
Ocurría que cuando a Blanco le entraban los resultados de uno de esos trackings diarios que el Partido hacía a lo largo de la campaña y los resultados no presagiaban un buen resultado, Rubalcaba solía intentar tranquilizarlo con esa expresión tan del gusto de su refinada ironía: “Pepe, que no cunda el pánico en el supermercado”, y con ello rebajaba el sentimiento pesimista que se había apoderado del alma del por aquel entonces responsable máximo de organización del Partido Socialista.
Y en los momentos que vivimos viene como anillo al dedo aquella llamada a la calma que Alfredo realizaba de una manera tan particular y no sólo para el interior del Partido sino también para el conjunto de la clase política, que está demostrando una insolvencia nunca antes conocida, y para las bases ciudadanas a la derecha y a la izquierda del espectro político. Un poco de calma en esta especie de frenopático en el que hemos convertido las instituciones y las calles y plaza de nuestro país nos vendría bien para calibrar el deterioro que ha alcanzado la convivencia política y también la social, esta última aún más preocupante, en estas dos Españas que hemos vuelto a crear y en la que una de ellas como cantaba el poeta ha de helarte el corazón.
En el Partido Socialista hay nervios y yo diría que en todos los niveles desde la dirección al militante más modesto de una agrupación de pueblos, nadie entiende lo que sucedió a finales de julio en Ceuta pero menos aún que casi mes y medio más tarde el problema en las calles de la ciudad autónoma siga perpetuándose y que en el supermercado la única dimisión hasta ahora sea la de un reponedor con categoría de jefe de gabinete. La ocasión le ha venido que ni pintada a todo aquel que se la tiene jurada al sanchismo dirigente y de nuevo García-Page se ha enfundado el traje de esa especie de Catilina manchego con el que a los dirigentes sanchistas les gusta caracterizarlo.
Y si el supermercado socialista resuma intranquilidad otro tanto ocurre en el Partido Popular que ve como todos sus esfuerzos por derribar a Sánchez, unos esfuerzos que han sido y continúan siendo muy generosos en el fondo y en la forma, no les hace más fuertes a ellos sino a sus rivales de la extrema derecha que se han sentado a la puerta de su casa a ver pasar el cadáver político de Feijoo como bien aconseja el proverbio chino.
Una extrema derecha que ha aprendido bien la parte más truculenta de la practica política del Partido Popular, la judicialización de la oposición al Gobierno, como bien demuestra la reciente sentencia del Supremo sobre la llamada “ley de nietos”, sentencia que no tiene por donde cogerse salvo por la férrea voluntad de una parte de la judicatura, diga lo que diga la señora Perelló, de ayudar en la noble tarea propuesta hace ya meses por Aznar al grito de “el que ‘pueda hacer que haga”.
Convendría pues que, en las nobles dependencia de la más alta judicatura española, el pánico a los gobiernos de izquierdas dejara de ser la toxina que contamina los buenos propósitos de tantos miles de jueces , hombres y mujeres, que no esperan del Alto Tribunal otra cosa que la aplicación de las leyes que el legislativo ha puesto a sus disposición mostrando así su respeto hacia ese otro poder del Estado que la ciudadanía ha elegido libre y democráticamente elección tras elección, y así que el que pueda votar que vote…
Cada vez que veo la aguja mareada de puertas adentro del PSOE viene a mi mente una frase del inolvidable Alfredo Pérez Rubalcaba en sus múltiples conversaciones diarias con Pepiño Blanco en aquella campaña electoral de la primavera de 2008 que le trajo como candidato por Cádiz en las elecciones generales en las que Zapatero terminaría renovando su presidencia del gobierno de España.
Ocurría que cuando a Blanco le entraban los resultados de uno de esos trackings diarios que el Partido hacía a lo largo de la campaña y los resultados no presagiaban un buen resultado, Rubalcaba solía intentar tranquilizarlo con esa expresión tan del gusto de su refinada ironía: “Pepe, que no cunda el pánico en el supermercado”, y con ello rebajaba el sentimiento pesimista que se había apoderado del alma del por aquel entonces responsable máximo de organización del Partido Socialista.
Y en los momentos que vivimos viene como anillo al dedo aquella llamada a la calma que Alfredo realizaba de una manera tan particular y no sólo para el interior del Partido sino también para el conjunto de la clase política, que está demostrando una insolvencia nunca antes conocida, y para las bases ciudadanas a la derecha y a la izquierda del espectro político. Un poco de calma en esta especie de frenopático en el que hemos convertido las instituciones y las calles y plaza de nuestro país nos vendría bien para calibrar el deterioro que ha alcanzado la convivencia política y también la social, esta última aún más preocupante, en estas dos Españas que hemos vuelto a crear y en la que una de ellas como cantaba el poeta ha de helarte el corazón.
En el Partido Socialista hay nervios y yo diría que en todos los niveles desde la dirección al militante más modesto de una agrupación de pueblos, nadie entiende lo que sucedió a finales de julio en Ceuta pero menos aún que casi mes y medio más tarde el problema en las calles de la ciudad autónoma siga perpetuándose y que en el supermercado la única dimisión hasta ahora sea la de un reponedor con categoría de jefe de gabinete. La ocasión le ha venido que ni pintada a todo aquel que se la tiene jurada al sanchismo dirigente y de nuevo García-Page se ha enfundado el traje de esa especie de Catilina manchego con el que a los dirigentes sanchistas les gusta caracterizarlo.
Y si el supermercado socialista resuma intranquilidad otro tanto ocurre en el Partido Popular que ve como todos sus esfuerzos por derribar a Sánchez, unos esfuerzos que han sido y continúan siendo muy generosos en el fondo y en la forma, no les hace más fuertes a ellos sino a sus rivales de la extrema derecha que se han sentado a la puerta de su casa a ver pasar el cadáver político de Feijoo como bien aconseja el proverbio chino.
Una extrema derecha que ha aprendido bien la parte más truculenta de la practica política del Partido Popular, la judicialización de la oposición al Gobierno, como bien demuestra la reciente sentencia del Supremo sobre la llamada “ley de nietos”, sentencia que no tiene por donde cogerse salvo por la férrea voluntad de una parte de la judicatura, diga lo que diga la señora Perelló, de ayudar en la noble tarea propuesta hace ya meses por Aznar al grito de “el que ‘pueda hacer que haga”.
Convendría pues que, en las nobles dependencia de la más alta judicatura española, el pánico a los gobiernos de izquierdas dejara de ser la toxina que contamina los buenos propósitos de tantos miles de jueces , hombres y mujeres, que no esperan del Alto Tribunal otra cosa que la aplicación de las leyes que el legislativo ha puesto a sus disposición mostrando así su respeto hacia ese otro poder del Estado que la ciudadanía ha elegido libre y democráticamente elección tras elección, y así que el que pueda votar que vote…
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