Recuerdo cuando vi la final del Mundial de fútbol de Alemania 2006. Tenía doce años, la vi en Chipiona, con mi padre y mi abuelo, y tenía un ídolo sin parangón: Zinedine Zidane. Era el último partido de su carrera, anunciado por él mismo, y lo primero que hizo fue meter un penalti a lo Panenka. Aunque la misma Francia había eliminado a España en octavos, yo iba a muerte con él, pues no se me ocurría mejor broche para su envidiable carrera. Sin embargo, tras una provocación de Materazzi en la prórroga, a Zidane le sobrepasó su propio genio y clavó su cabeza en el pecho del italiano. No me lo podía creer. La decepción fue tan grande que recuerdo las ganas de llorar ante algo que, realmente, ni me iba ni me venía.
Ahora, casi veinte años después, he vuelto a sentir el desencanto, entiéndase, salvando muchísimo las distancias, y desde un prisma de madurez, reflexión y pensamiento que, sin llegar a dilucidar una opinión clara del todo, no tenía en ese verano de 2006.
No mucho después de esto, en plena adolescencia, empecé a abrir las orejas al Carnaval de Cádiz. Aunque siempre fui más de chirigotas, entre tanto pasodoble a Cádiz y octavillas por arriba, me tocaron fuerte dos nombres: Jesús Bienvenido y Juan Carlos Aragón. Ambos, en mi opinión, conseguían expresar sus inquietudes de una forma que se colocaba por encima del resto de los mortales. En particular, Aragón comenzó a abrirme las entendederas de lo que fui empezando a creer que debía ser la vida: rebeldía, desobediencia y libertad frente a cualquier tipo de injusticia o autoridad, además de su marcado discurso en pro de la igualdad, el progresismo o la defensa de los vulnerables.
Con Las noches de bohemia (2010) se ganó un hueco en mi corazón y en mi mente para siempre. En su repertorio negaba a dios —ese mismo año salí de un colegio de monjas en el que estuve desde los cuatro años—, criticaba el absurdo de morir por la patria o se lamentaba del conformismo de la sociedad ante el abuso de poder. Por todo eso, pensar en Juan Carlos Aragón me provoca un cóctel de nostalgia, aprendizaje y admiración que durante años me pareció imposible de destruir.
La noticia es ya bien sabida y no tiene perdón ni explicación. Si Aragón revolucionó el Carnaval y forjó su leyenda reflexionando sobre temas que no encajan, ni con el mayor de los esfuerzos, con la violencia machista física y psicológica, hoy no podemos justificarlo por sus adicciones o pretender una redención post mortem haciendo alusión al derecho a reinserción. Una conducta así, repetida y evidenciada, no hace más que demostrar que, como dijo sobre el tema Lucas Melcón Malacara en unos de sus vídeos, "ningún genio está exento de los pecados del hombre".
Y este peregrino, entre otros tantos, rebasó la línea cometiendo uno de los peores. Hoy la decepción es enorme, por el desengaño ante la abismal incongruencia entre su personaje y su persona y porque, para muchos y muchas, será imposible volver a oír su infinita genialidad sin pensar en lo ocurrido, lo que supone una pérdida doble. ¿Separar al artista de la obra? No lo sé. Solo sé que hubo demasiado genio dentro de Juan Carlos y que, mal que le pese a su afición, la verdad siempre tendrá un camino.
Recuerdo cuando vi la final del Mundial de fútbol de Alemania 2006. Tenía doce años, la vi en Chipiona, con mi padre y mi abuelo, y tenía un ídolo sin parangón: Zinedine Zidane. Era el último partido de su carrera, anunciado por él mismo, y lo primero que hizo fue meter un penalti a lo Panenka. Aunque la misma Francia había eliminado a España en octavos, yo iba a muerte con él, pues no se me ocurría mejor broche para su envidiable carrera. Sin embargo, tras una provocación de Materazzi en la prórroga, a Zidane le sobrepasó su propio genio y clavó su cabeza en el pecho del italiano. No me lo podía creer. La decepción fue tan grande que recuerdo las ganas de llorar ante algo que, realmente, ni me iba ni me venía.
Ahora, casi veinte años después, he vuelto a sentir el desencanto, entiéndase, salvando muchísimo las distancias, y desde un prisma de madurez, reflexión y pensamiento que, sin llegar a dilucidar una opinión clara del todo, no tenía en ese verano de 2006.
No mucho después de esto, en plena adolescencia, empecé a abrir las orejas al Carnaval de Cádiz. Aunque siempre fui más de chirigotas, entre tanto pasodoble a Cádiz y octavillas por arriba, me tocaron fuerte dos nombres: Jesús Bienvenido y Juan Carlos Aragón. Ambos, en mi opinión, conseguían expresar sus inquietudes de una forma que se colocaba por encima del resto de los mortales. En particular, Aragón comenzó a abrirme las entendederas de lo que fui empezando a creer que debía ser la vida: rebeldía, desobediencia y libertad frente a cualquier tipo de injusticia o autoridad, además de su marcado discurso en pro de la igualdad, el progresismo o la defensa de los vulnerables.
Con Las noches de bohemia (2010) se ganó un hueco en mi corazón y en mi mente para siempre. En su repertorio negaba a dios —ese mismo año salí de un colegio de monjas en el que estuve desde los cuatro años—, criticaba el absurdo de morir por la patria o se lamentaba del conformismo de la sociedad ante el abuso de poder. Por todo eso, pensar en Juan Carlos Aragón me provoca un cóctel de nostalgia, aprendizaje y admiración que durante años me pareció imposible de destruir.
La noticia es ya bien sabida y no tiene perdón ni explicación. Si Aragón revolucionó el Carnaval y forjó su leyenda reflexionando sobre temas que no encajan, ni con el mayor de los esfuerzos, con la violencia machista física y psicológica, hoy no podemos justificarlo por sus adicciones o pretender una redención post mortem haciendo alusión al derecho a reinserción. Una conducta así, repetida y evidenciada, no hace más que demostrar que, como dijo sobre el tema Lucas Melcón Malacara en unos de sus vídeos, "ningún genio está exento de los pecados del hombre".
Y este peregrino, entre otros tantos, rebasó la línea cometiendo uno de los peores. Hoy la decepción es enorme, por el desengaño ante la abismal incongruencia entre su personaje y su persona y porque, para muchos y muchas, será imposible volver a oír su infinita genialidad sin pensar en lo ocurrido, lo que supone una pérdida doble. ¿Separar al artista de la obra? No lo sé. Solo sé que hubo demasiado genio dentro de Juan Carlos y que, mal que le pese a su afición, la verdad siempre tendrá un camino.
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