Yo empecé mi militancia antifascista en 1973, cuando apenas contaba con 14 años, y mi estreno fue en el Instituto San Isidoro de Sevilla. Allí dominaba un círculo amplio de la Joven Guardia Roja, una organización maoísta, y en ella realicé mi bautismo de fuego. El San Isidoro tenía el enorme privilegio de haber sido uno de los pocos —si es que hay alguno más— en albergar a un premio Nobel entre sus aulas: Severo Ochoa, junto con los hermanos Machado, Luis Cernuda, Bécquer o los hermanos Álvarez Quintero (por cierto, muy admirados por el poeta de la Realidad y el Deseo). En este contexto, mi Beatrice fue Paco Camacho (que luego fue un actor genial de Esperpento y a quien ahora le he perdido por completo la pista), que nada más ingresar yo en la Joven Guardia Roja me dijo una sentencia que ha marcado mi vida militante: "Los intereses objetivos del alumnado son antifascistas, y nuestra tarea aquí es hacer que esos intereses pasen de ser objetivos a ser subjetivos". Y así me empeñé.
Viene todo esto a colación porque uno de los primeros comités que creamos en la Joven era el Comité de Lucha Ideológica, donde desmontábamos los argumentos más usuales del franquismo y sus discursos, y contrastábamos ideas no solo con el enemigo de clase, sino también con las supuestas desviaciones revisionistas dentro de la izquierda. Mi camarada y maestro Paco Camacho, lector imberbe de Freud o de Heidegger (tenía un libro sobre el autor alemán escrito en folios mecanografiados con solo 15 años), y por supuesto de Marcuse. Con esta patria cultural maoísta y marcusiana no es de extrañar que siempre me hayan parecido muy relevantes, y nunca haya despreciado, las que hoy llamamos guerras culturales.
La guerra cultural es material
El error de la vieja izquierda economicista fue tratar la cultura como superestructura prescindible («dejaos de identidades y hablemos de salarios»); el error del progresismo cultural fue el simétrico, tratar el reconocimiento como si flotara sobre la distribución. La formulación correcta es la de Nancy Fraser: reconocimiento y redistribución son dos dimensiones del mismo orden institucional, y las guerras culturales actuales son precisamente el lugar donde se negocia —con máscaras simbólicas— la estructura material del capitalismo poscrisis: quién cuida, quién contamina, quién migra, quién posee la vivienda y quién posee la atención. La guerra cultural no es el ruido que tapa la lucha de clases: es la forma actual, mediada y monetizada, en que la lucha de clases se libra cuando sus formas clásicas (sindicato, partido obrero, huelga) han sido en parte desmanteladas —también materialmente—.
El desconcierto de la izquierda parte de que el enemigo de clase ha mutado: del antiguo neoliberalismo a estos iluminismos de resonancias tecnofascistas. En estos momentos de mutación ideológica de una parte de la derecha, rebrota con más fuerza la necesidad de la lucha ideológica o guerra cultural.
El teorema de Arrow y su truco
Pues bien, el neoliberalismo negaba la posibilidad teórica de la democracia, o la reducía a un simple ajuste de mercado electoral. Uno de los grandes teóricos liberales fue el premio Nobel de Economía Kenneth Arrow, que pasó a la posteridad por un famoso teorema de la imposibilidad, según el cual la agregación de elecciones individuales no da como resultado una elección colectiva, y que enunciaba lo siguiente: con tres o más alternativas, ningún sistema de votación puede convertir las preferencias individuales en una preferencia colectiva coherente cumpliendo a la vez cuatro condiciones razonables: admitir cualquier perfil de preferencias, respetar la unanimidad, decidir entre dos opciones sin atender a terceras, y no ser una dictadura.
Pero este teorema, que supuestamente muestra la imposibilidad lógica y matemática de una elección colectiva, tiene truco. El truco está en un desplazamiento semántico: Arrow llama «dictador» a algo que no lo es. Su definición formal designa a un votante cuyas preferencias siempre coinciden con el resultado social —una correlación estructural contingente, no un poder causal—. Ese individuo no impone nada: se identifica a posteriori, examinando cómo responde el sistema, y ni siquiera él sabe que lo es. Como en la paradoja del bebedor, un existencial lógicamente vacuo se disfraza de influencia real. El teorema encuentra una consecuencia matemática y la bautiza como si fuera una prescripción política: confunde el resultado inevitable con la tiranía.
La ilusión cognitiva y sus profetas
Con estas sofisticadas ilusiones cognitivas, como el teorema de imposibilidad, se estaba sembrando la semilla ideológica de la irracionalidad de la fracción iliberal y tecnofascista actual. Esto da la razón en parte a aquellos que creen que el actual iliberalismo libertariano de Trump o Milei nace de una semilla bien plantada por los Reagan, Thatcher o Menem: el motor de la irracionalidad ya habitaba en la derecha, bajo el aura de elegantes formalizaciones matemáticas, en la teoría de la elección racional o de la elección colectiva, como la de Arrow. O sea, que el teorema de imposibilidad de Arrow no es más que una ilusión cognitiva. ¿Y qué es una ilusión cognitiva? Una ilusión cognitiva es un error sistemático y predecible del pensamiento: percibimos, juzgamos o razonamos mal, pero con la convicción subjetiva de estar acertando. Como las ilusiones ópticas, persiste aunque conozcamos el truco, porque nace de los propios mecanismos de la cognición, no de ignorancia o descuido individual.
La vocación científica de un teorema es la modestia: demuestra exactamente lo que demuestra, bajo axiomas explícitos, y nada más. La ilusión cognitiva opera al revés: estira el resultado más allá de sus premisas y lo convierte en consigna. Cuando el iliberalismo esgrime a Arrow como prueba de que la democracia es imposible, actúa como el bebedor alcoholizado de la paradoja: toma una verdad lógica vacua por un poder causal real. La ciencia exige distinguir consecuencia formal de prescripción política; la ideología necesita confundirlas. Por eso todo teorema honesto desmiente a quienes lo blanden: su propio rigor delata el contrabando. Al lector o lectora atentos no se les habrá escapado que no he citado ningún ejemplo español. No aparecen ni los Feijóo ni los Abascal; al fin y al cabo, ellos son tan castizos porque son ignorantes. Para ellos no hay mayor ilusión cognitiva que la cabra de la Legión después de muchos vasos de tinto español, por supuesto.
Yo empecé mi militancia antifascista en 1973, cuando apenas contaba con 14 años, y mi estreno fue en el Instituto San Isidoro de Sevilla. Allí dominaba un círculo amplio de la Joven Guardia Roja, una organización maoísta, y en ella realicé mi bautismo de fuego. El San Isidoro tenía el enorme privilegio de haber sido uno de los pocos —si es que hay alguno más— en albergar a un premio Nobel entre sus aulas: Severo Ochoa, junto con los hermanos Machado, Luis Cernuda, Bécquer o los hermanos Álvarez Quintero (por cierto, muy admirados por el poeta de la Realidad y el Deseo). En este contexto, mi Beatrice fue Paco Camacho (que luego fue un actor genial de Esperpento y a quien ahora le he perdido por completo la pista), que nada más ingresar yo en la Joven Guardia Roja me dijo una sentencia que ha marcado mi vida militante: "Los intereses objetivos del alumnado son antifascistas, y nuestra tarea aquí es hacer que esos intereses pasen de ser objetivos a ser subjetivos". Y así me empeñé.
Viene todo esto a colación porque uno de los primeros comités que creamos en la Joven era el Comité de Lucha Ideológica, donde desmontábamos los argumentos más usuales del franquismo y sus discursos, y contrastábamos ideas no solo con el enemigo de clase, sino también con las supuestas desviaciones revisionistas dentro de la izquierda. Mi camarada y maestro Paco Camacho, lector imberbe de Freud o de Heidegger (tenía un libro sobre el autor alemán escrito en folios mecanografiados con solo 15 años), y por supuesto de Marcuse. Con esta patria cultural maoísta y marcusiana no es de extrañar que siempre me hayan parecido muy relevantes, y nunca haya despreciado, las que hoy llamamos guerras culturales.
La guerra cultural es material
El error de la vieja izquierda economicista fue tratar la cultura como superestructura prescindible («dejaos de identidades y hablemos de salarios»); el error del progresismo cultural fue el simétrico, tratar el reconocimiento como si flotara sobre la distribución. La formulación correcta es la de Nancy Fraser: reconocimiento y redistribución son dos dimensiones del mismo orden institucional, y las guerras culturales actuales son precisamente el lugar donde se negocia —con máscaras simbólicas— la estructura material del capitalismo poscrisis: quién cuida, quién contamina, quién migra, quién posee la vivienda y quién posee la atención. La guerra cultural no es el ruido que tapa la lucha de clases: es la forma actual, mediada y monetizada, en que la lucha de clases se libra cuando sus formas clásicas (sindicato, partido obrero, huelga) han sido en parte desmanteladas —también materialmente—.
El desconcierto de la izquierda parte de que el enemigo de clase ha mutado: del antiguo neoliberalismo a estos iluminismos de resonancias tecnofascistas. En estos momentos de mutación ideológica de una parte de la derecha, rebrota con más fuerza la necesidad de la lucha ideológica o guerra cultural.
El teorema de Arrow y su truco
Pues bien, el neoliberalismo negaba la posibilidad teórica de la democracia, o la reducía a un simple ajuste de mercado electoral. Uno de los grandes teóricos liberales fue el premio Nobel de Economía Kenneth Arrow, que pasó a la posteridad por un famoso teorema de la imposibilidad, según el cual la agregación de elecciones individuales no da como resultado una elección colectiva, y que enunciaba lo siguiente: con tres o más alternativas, ningún sistema de votación puede convertir las preferencias individuales en una preferencia colectiva coherente cumpliendo a la vez cuatro condiciones razonables: admitir cualquier perfil de preferencias, respetar la unanimidad, decidir entre dos opciones sin atender a terceras, y no ser una dictadura.
Pero este teorema, que supuestamente muestra la imposibilidad lógica y matemática de una elección colectiva, tiene truco. El truco está en un desplazamiento semántico: Arrow llama «dictador» a algo que no lo es. Su definición formal designa a un votante cuyas preferencias siempre coinciden con el resultado social —una correlación estructural contingente, no un poder causal—. Ese individuo no impone nada: se identifica a posteriori, examinando cómo responde el sistema, y ni siquiera él sabe que lo es. Como en la paradoja del bebedor, un existencial lógicamente vacuo se disfraza de influencia real. El teorema encuentra una consecuencia matemática y la bautiza como si fuera una prescripción política: confunde el resultado inevitable con la tiranía.
La ilusión cognitiva y sus profetas
Con estas sofisticadas ilusiones cognitivas, como el teorema de imposibilidad, se estaba sembrando la semilla ideológica de la irracionalidad de la fracción iliberal y tecnofascista actual. Esto da la razón en parte a aquellos que creen que el actual iliberalismo libertariano de Trump o Milei nace de una semilla bien plantada por los Reagan, Thatcher o Menem: el motor de la irracionalidad ya habitaba en la derecha, bajo el aura de elegantes formalizaciones matemáticas, en la teoría de la elección racional o de la elección colectiva, como la de Arrow. O sea, que el teorema de imposibilidad de Arrow no es más que una ilusión cognitiva. ¿Y qué es una ilusión cognitiva? Una ilusión cognitiva es un error sistemático y predecible del pensamiento: percibimos, juzgamos o razonamos mal, pero con la convicción subjetiva de estar acertando. Como las ilusiones ópticas, persiste aunque conozcamos el truco, porque nace de los propios mecanismos de la cognición, no de ignorancia o descuido individual.
La vocación científica de un teorema es la modestia: demuestra exactamente lo que demuestra, bajo axiomas explícitos, y nada más. La ilusión cognitiva opera al revés: estira el resultado más allá de sus premisas y lo convierte en consigna. Cuando el iliberalismo esgrime a Arrow como prueba de que la democracia es imposible, actúa como el bebedor alcoholizado de la paradoja: toma una verdad lógica vacua por un poder causal real. La ciencia exige distinguir consecuencia formal de prescripción política; la ideología necesita confundirlas. Por eso todo teorema honesto desmiente a quienes lo blanden: su propio rigor delata el contrabando. Al lector o lectora atentos no se les habrá escapado que no he citado ningún ejemplo español. No aparecen ni los Feijóo ni los Abascal; al fin y al cabo, ellos son tan castizos porque son ignorantes. Para ellos no hay mayor ilusión cognitiva que la cabra de la Legión después de muchos vasos de tinto español, por supuesto.
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