Tengo que admitir que llevo mucho, muchísimo tiempo poniendo en duda que el Homo sapiens sea esa especie portadora del pensamiento complejo. Razón y verdad han perdido la importancia que se les presuponía. Al final, ambas han sucumbido bajo el agrietado prisma de la opinión.
Lo único claro, y que nos hace diferentes a otras especies, es nuestra insana adicción al conflicto. Da igual el escenario, la temática o la relevancia del asunto: nuestra verdadera vocación vital es la militancia de trinchera. Moisés dividió el Mar Rojo en dos, nosotros necesitamos dividir al mundo para hacerlo más difícil, menos amable.
El debate pasó a mejor vida, en su lápida reza el epitafio: “Déjenme descansar y mataos los unos a los otros”. Lo importante no es convencer, ni mucho menos llegar a un término medio. Impera, por decreto de nuestra región umbilical, destrozar al oponente. Reducirlo a cenizas intelectuales, humillarlo y, si es posible, conseguir que pida perdón de rodillas por haber osado pensar de otra manera. Nos hemos convertido en una bandada de buitres hambrientos, sobrevolando el panorama social a la espera de que alguien cometa un error, una declaración ambigua o un simple desliz.
El mundo, esencialmente, está liderado por necios y mezquinos. ¿Lo quieren de otra manera? Los tuyos y los míos. Competir, ese verbo tan aparentemente inofensivo, recauchutado en miles de mensajes motivadores, es lo que nos ha llevado a medirnos ante todo y ante todos de manera irreflexiva e irracional.
Si de verdad somos el reflejo de la naturaleza, quizás deberíamos observar con más atención a las aves que pretendemos imitar. Las bandadas de pájaros cruzan océanos coordinando sus movimientos en perfecta armonía, sabiendo que su supervivencia depende del vuelo conjunto. Nosotros, supuestos reyes de la creación, preferimos el estilo del carroñero: esperar a que el otro caiga para devorarlo en grupo.
La gran ironía de nuestra especie no es otra que olvidarnos que, cuando la última bandada termine de limpiar los huesos del bando contrario, solo quedará un desierto vacío, repleto de osamentas, donde ya no habrá nadie a quien ganarle. Por eso hay cosas que no van a cambiar. Digo bien: ni cambiaron en su momento, tampoco lo harán ahora y aún menos mañana. Estamos predestinados a ser arquitectos de nuestra propia extinción. Hay que estar preparados, no queda otra. Gracias por la lectura y feliz lunes.
Tengo que admitir que llevo mucho, muchísimo tiempo poniendo en duda que el Homo sapiens sea esa especie portadora del pensamiento complejo. Razón y verdad han perdido la importancia que se les presuponía. Al final, ambas han sucumbido bajo el agrietado prisma de la opinión.
Lo único claro, y que nos hace diferentes a otras especies, es nuestra insana adicción al conflicto. Da igual el escenario, la temática o la relevancia del asunto: nuestra verdadera vocación vital es la militancia de trinchera. Moisés dividió el Mar Rojo en dos, nosotros necesitamos dividir al mundo para hacerlo más difícil, menos amable.
El debate pasó a mejor vida, en su lápida reza el epitafio: “Déjenme descansar y mataos los unos a los otros”. Lo importante no es convencer, ni mucho menos llegar a un término medio. Impera, por decreto de nuestra región umbilical, destrozar al oponente. Reducirlo a cenizas intelectuales, humillarlo y, si es posible, conseguir que pida perdón de rodillas por haber osado pensar de otra manera. Nos hemos convertido en una bandada de buitres hambrientos, sobrevolando el panorama social a la espera de que alguien cometa un error, una declaración ambigua o un simple desliz.
El mundo, esencialmente, está liderado por necios y mezquinos. ¿Lo quieren de otra manera? Los tuyos y los míos. Competir, ese verbo tan aparentemente inofensivo, recauchutado en miles de mensajes motivadores, es lo que nos ha llevado a medirnos ante todo y ante todos de manera irreflexiva e irracional.
Si de verdad somos el reflejo de la naturaleza, quizás deberíamos observar con más atención a las aves que pretendemos imitar. Las bandadas de pájaros cruzan océanos coordinando sus movimientos en perfecta armonía, sabiendo que su supervivencia depende del vuelo conjunto. Nosotros, supuestos reyes de la creación, preferimos el estilo del carroñero: esperar a que el otro caiga para devorarlo en grupo.
La gran ironía de nuestra especie no es otra que olvidarnos que, cuando la última bandada termine de limpiar los huesos del bando contrario, solo quedará un desierto vacío, repleto de osamentas, donde ya no habrá nadie a quien ganarle. Por eso hay cosas que no van a cambiar. Digo bien: ni cambiaron en su momento, tampoco lo harán ahora y aún menos mañana. Estamos predestinados a ser arquitectos de nuestra propia extinción. Hay que estar preparados, no queda otra. Gracias por la lectura y feliz lunes.
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