La muerte a los 44 años del exfutbolista Borja Ferrer Solavera ha dejado a todos los que le conocieron con un poso de tristeza y el corazón encogido. Borjita era una de esas personas que se dejan querer. Un futbolista que huyó siempre del estereotipo de los que le dan patada al balón. Mientras algunos miraban por encima del hombro, él no perdía el contacto directo a los ojos, con una sonrisa y una cercanía extraordinaria. Se escribe y se dice en demasiadas ocasiones cuando llega el capítulo final, como si la muerte santificara, pero en su caso era verdad: Borja era un gran tipo.
Un joven eterno al que le gustaba disfrutar y que, pese a la jodida enfermedad, no perdía las ganas de vivir. En estos años de batalla siempre se aferró a la esperanza con una actitud de lo más positiva, casi pensando más en ver bien a los que estaban alrededor que en ese maldito bicho que le llevó a tener que ser intervenido de la cabeza en el verano de 2024.
Borja nació en Barcelona, pero llegó muy joven a Jerez, donde comenzó a formarse futbolísticamente. Del Xerez B daría el salto al primer equipo, logrando el ascenso a Segunda en la temporada 00-01 con Máximo Hernández en el banquillo. Compartió por entonces vestuario con los míticos Juan Pedro, Jesule, Antonio, Moreno, Katxorro, Viqueira, González o Julio Pineda. Tenía 18 años y un gran futuro por delante en el mundo del balompié. Y hubiera llegado donde hubiera querido. Talento tenía de sobra. Cabeza también, pero su corazón aventurero tal vez le privó de llegar a la élite del fútbol. No es que no le diera importancia al fútbol, es que su principal prioridad era la vida y vivirla a su manera.
No tenía la necesidad de llegar a toda costa ni presumía, como la gran mayoría, de ser futbolista. Su humildad estaba por encima de esos egos que aparecen entre quienes se creen superiores por darle patadas al balón. Le gustaba pasar desapercibido y perderse entre las olas de cualquier playa del litoral gaditano o de Portugal. El surf era una de sus pasiones y la compartía equilibradamente junto a su exquisito toque de balón.
En la 01-02 probó la Segunda División de la mano de Bernd Schuster. Apenas jugó diez partidos, pero dejó destellos de su calidad. Al año siguiente, sin oportunidades, acabó marchándose al filial del Real Madrid para retornar en la 03-04 al Xerez, campaña que comenzó con Carlos Orúe al frente de la nave azulina. A mediados de curso cambió de aires y se marchó a la Ponferradina. Rayo Vallecano, tanto el primer equipo como el filial, CD Alcalá y Castelldefels fueron los otros equipos en los que militó hasta que, con 25 años, decidió colgar las botas. Y lo hizo sin ningún drama, sabiendo que el fútbol no lo es todo y queriendo disfrutar de su propio camino.
Amigo de sus amigos, amante de los animales y de la música garrapatera. En Jerez hizo una familia, de las que se eligen y de la que se sentía infinitamente orgulloso. Le gustaba la fiesta, pero en plan disfrutón, de pasarlo bien y divertirse sin tener que desfasar y arrasar con todo. Fue quien quiso ser. La vida es ahora y así la vivió. De espíritu alegre y con esa mentalidad de que aquí estamos dos días, las olas de la vida le llevaron a Tarifa, donde se sentía libre y sentía esa libertad que el fútbol, con sus ataduras y sus presiones, tal vez no le dio.
A la enfermedad se enfrentó de frente, visibilizando su realidad e intentando regatear a una muerte que hoy le ganaba el partido, pero que no le arrebatará nunca su sonrisa y la huella que deja. Descansa en paz, Borjita. Que allá donde estés encuentres muchas olas.
La muerte a los 44 años del exfutbolista Borja Ferrer Solavera ha dejado a todos los que le conocieron con un poso de tristeza y el corazón encogido. Borjita era una de esas personas que se dejan querer. Un futbolista que huyó siempre del estereotipo de los que le dan patada al balón. Mientras algunos miraban por encima del hombro, él no perdía el contacto directo a los ojos, con una sonrisa y una cercanía extraordinaria. Se escribe y se dice en demasiadas ocasiones cuando llega el capítulo final, como si la muerte santificara, pero en su caso era verdad: Borja era un gran tipo.
Un joven eterno al que le gustaba disfrutar y que, pese a la jodida enfermedad, no perdía las ganas de vivir. En estos años de batalla siempre se aferró a la esperanza con una actitud de lo más positiva, casi pensando más en ver bien a los que estaban alrededor que en ese maldito bicho que le llevó a tener que ser intervenido de la cabeza en el verano de 2024.
Borja nació en Barcelona, pero llegó muy joven a Jerez, donde comenzó a formarse futbolísticamente. Del Xerez B daría el salto al primer equipo, logrando el ascenso a Segunda en la temporada 00-01 con Máximo Hernández en el banquillo. Compartió por entonces vestuario con los míticos Juan Pedro, Jesule, Antonio, Moreno, Katxorro, Viqueira, González o Julio Pineda. Tenía 18 años y un gran futuro por delante en el mundo del balompié. Y hubiera llegado donde hubiera querido. Talento tenía de sobra. Cabeza también, pero su corazón aventurero tal vez le privó de llegar a la élite del fútbol. No es que no le diera importancia al fútbol, es que su principal prioridad era la vida y vivirla a su manera.
No tenía la necesidad de llegar a toda costa ni presumía, como la gran mayoría, de ser futbolista. Su humildad estaba por encima de esos egos que aparecen entre quienes se creen superiores por darle patadas al balón. Le gustaba pasar desapercibido y perderse entre las olas de cualquier playa del litoral gaditano o de Portugal. El surf era una de sus pasiones y la compartía equilibradamente junto a su exquisito toque de balón.
En la 01-02 probó la Segunda División de la mano de Bernd Schuster. Apenas jugó diez partidos, pero dejó destellos de su calidad. Al año siguiente, sin oportunidades, acabó marchándose al filial del Real Madrid para retornar en la 03-04 al Xerez, campaña que comenzó con Carlos Orúe al frente de la nave azulina. A mediados de curso cambió de aires y se marchó a la Ponferradina. Rayo Vallecano, tanto el primer equipo como el filial, CD Alcalá y Castelldefels fueron los otros equipos en los que militó hasta que, con 25 años, decidió colgar las botas. Y lo hizo sin ningún drama, sabiendo que el fútbol no lo es todo y queriendo disfrutar de su propio camino.
Amigo de sus amigos, amante de los animales y de la música garrapatera. En Jerez hizo una familia, de las que se eligen y de la que se sentía infinitamente orgulloso. Le gustaba la fiesta, pero en plan disfrutón, de pasarlo bien y divertirse sin tener que desfasar y arrasar con todo. Fue quien quiso ser. La vida es ahora y así la vivió. De espíritu alegre y con esa mentalidad de que aquí estamos dos días, las olas de la vida le llevaron a Tarifa, donde se sentía libre y sentía esa libertad que el fútbol, con sus ataduras y sus presiones, tal vez no le dio.
A la enfermedad se enfrentó de frente, visibilizando su realidad e intentando regatear a una muerte que hoy le ganaba el partido, pero que no le arrebatará nunca su sonrisa y la huella que deja. Descansa en paz, Borjita. Que allá donde estés encuentres muchas olas.
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