Hay días en las que a uno se le revuelven las tripas al abrir el periódico o al escuchar el testimonio de las personas. Y hoy es uno de esos días. Porque lo que está pasando con el ferrocarril en Andalucía ya no es una cuestión de retrasos, ni de transbordos incómodos, ni de esa jerga infame con la que el artista de turno, entiéndase artista por persona que hace auténticos malabarismos, piruetas verbales y "arte" de la improvisación para no dar la cara, intenta camuflar el desastre llamándolo "incidencias técnicas". No, hombre, no. Vamos a llamarlo por su nombre, que para eso somos mayorcitos: esto es una humillación en toda regla. Es un desprecio sistemático. Y la pregunta que flota en el aire de Despeñaperros para abajo, la que se hace el currante, el estudiante y el pensionista, es tan simple como dolorosa: ¿De verdad nos merecemos esto?
Uno se asoma a las estaciones de nuestra tierra y lo que ve no es el progreso del siglo XXI, sino una España de paciencia infinita. Qué sabrán en los despachos Sanchistas de lo que es ver a nuestras personas mayores —esa generación de oro que se partió el lomo para levantar este país—arrastrando la maleta por andenes tercermundistas a pleno sol. Para ellos el tren no es un capricho de fin de semana; es el viaje obligado al hospital de la capital, es el cordón umbilical para besar a los nietos o disfrutar de sus familias. Dejarlos desamparados en mitad de una vía muerta, a pleno sol, incluso encerrados en vagones “des-climatizados” y al borde de la deshidratación, no es incompetencia, es una crueldad que clama al cielo.
Y mientras, las familias andaluzas haciendo encajes de bolillos. Padres que mandan a sus hijos a estudiar fuera con el corazón en un puño, no por lo que hagan los chavales, sino porque no saben si el tren los va a dejar tirados en mitad de la noche, sin luz, sin agua y sin una puñetera explicación. Conciliaciones rotas, trabajadores que ponen en riesgo su empleo o la paciencia porque el tren decidió que hoy tampoco tocaba llegar a la hora. Es una desvergüenza.
Pero lo que produce un escalofrío de indignación absoluta es la memoria. Porque Andalucía ya ha llorado lo suyo. Ya hemos vivido tragedias que nos encogieron el alma. Parece que la memoria de estos “artistas” es de cortísimo alcance, porque seguimos jugando a la ruleta rusa ferroviaria. ¿A qué esperan en el Ministerio? ¿Dónde está Sánchez? ¿Y Puente? Y lo que es peor aún… ¿Y María Jesús Montero? ¿Esperan a que un tren abarrotado se quede sin suministro eléctrico a cuarenta y cinco grados a la sombra y tengamos que lamentar algo irreparable? ¿Ese es el plan? ¿Esperar a la desgracia para luego ponerse la corbata negra y poner cara de circunstancia ante los telediarios?
Mantener a una comunidad de casi nueve millones de personas con infraestructuras del siglo pasado no es un problema de dinero, señores Sanchistas. Es una falta clamorosa de voluntad política. Es mirar el mapa de España y ver lo desgobernados que estamos.
Ya está bien de mirar para otro lado. Ya está bien de palmaditas en la espalda y promesas de presupuestos que luego se evaporan camino de otros lares donde se chantajea más. Los andaluces no exigimos prebendas, ni el AVE en la puerta de casa; exigimos viajar como personas, llegar a tiempo y tener los servicios que nos merecemos. Porque eso sí… los impuestos son imperdonables. Y, sobre todo, queremos llegar seguros. Dejen el sesteo y miren a las vías. Basta de pisotearnos la dignidad, porque ya estamos hasta los mismos raíles.
Hay días en las que a uno se le revuelven las tripas al abrir el periódico o al escuchar el testimonio de las personas. Y hoy es uno de esos días. Porque lo que está pasando con el ferrocarril en Andalucía ya no es una cuestión de retrasos, ni de transbordos incómodos, ni de esa jerga infame con la que el artista de turno, entiéndase artista por persona que hace auténticos malabarismos, piruetas verbales y "arte" de la improvisación para no dar la cara, intenta camuflar el desastre llamándolo "incidencias técnicas". No, hombre, no. Vamos a llamarlo por su nombre, que para eso somos mayorcitos: esto es una humillación en toda regla. Es un desprecio sistemático. Y la pregunta que flota en el aire de Despeñaperros para abajo, la que se hace el currante, el estudiante y el pensionista, es tan simple como dolorosa: ¿De verdad nos merecemos esto?
Uno se asoma a las estaciones de nuestra tierra y lo que ve no es el progreso del siglo XXI, sino una España de paciencia infinita. Qué sabrán en los despachos Sanchistas de lo que es ver a nuestras personas mayores —esa generación de oro que se partió el lomo para levantar este país—arrastrando la maleta por andenes tercermundistas a pleno sol. Para ellos el tren no es un capricho de fin de semana; es el viaje obligado al hospital de la capital, es el cordón umbilical para besar a los nietos o disfrutar de sus familias. Dejarlos desamparados en mitad de una vía muerta, a pleno sol, incluso encerrados en vagones “des-climatizados” y al borde de la deshidratación, no es incompetencia, es una crueldad que clama al cielo.
Y mientras, las familias andaluzas haciendo encajes de bolillos. Padres que mandan a sus hijos a estudiar fuera con el corazón en un puño, no por lo que hagan los chavales, sino porque no saben si el tren los va a dejar tirados en mitad de la noche, sin luz, sin agua y sin una puñetera explicación. Conciliaciones rotas, trabajadores que ponen en riesgo su empleo o la paciencia porque el tren decidió que hoy tampoco tocaba llegar a la hora. Es una desvergüenza.
Pero lo que produce un escalofrío de indignación absoluta es la memoria. Porque Andalucía ya ha llorado lo suyo. Ya hemos vivido tragedias que nos encogieron el alma. Parece que la memoria de estos “artistas” es de cortísimo alcance, porque seguimos jugando a la ruleta rusa ferroviaria. ¿A qué esperan en el Ministerio? ¿Dónde está Sánchez? ¿Y Puente? Y lo que es peor aún… ¿Y María Jesús Montero? ¿Esperan a que un tren abarrotado se quede sin suministro eléctrico a cuarenta y cinco grados a la sombra y tengamos que lamentar algo irreparable? ¿Ese es el plan? ¿Esperar a la desgracia para luego ponerse la corbata negra y poner cara de circunstancia ante los telediarios?
Mantener a una comunidad de casi nueve millones de personas con infraestructuras del siglo pasado no es un problema de dinero, señores Sanchistas. Es una falta clamorosa de voluntad política. Es mirar el mapa de España y ver lo desgobernados que estamos.
Ya está bien de mirar para otro lado. Ya está bien de palmaditas en la espalda y promesas de presupuestos que luego se evaporan camino de otros lares donde se chantajea más. Los andaluces no exigimos prebendas, ni el AVE en la puerta de casa; exigimos viajar como personas, llegar a tiempo y tener los servicios que nos merecemos. Porque eso sí… los impuestos son imperdonables. Y, sobre todo, queremos llegar seguros. Dejen el sesteo y miren a las vías. Basta de pisotearnos la dignidad, porque ya estamos hasta los mismos raíles.
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