Hay momentos en los que la política deja de ser el arte de lo posible para convertirse en el arte del disimulo. Pretender que una marea humana se coordine y avance hacia la frontera de Ceuta a la vista de todo el mundo sin la complacencia del país vecino no resiste el más mínimo análisis lógico. En un Estado con un control policial tan absoluto como el marroquí, nada de esa magnitud ocurre por casualidad. Sin embargo, el sanchismo ha vuelto a activar su mecanismo favorito: la negación de la realidad y el repliegue estratégico.
La respuesta de “Su Sanchidad” ha vuelto a ser el manual clásico de esta etapa política: echar balones fuera. Cuando la crisis aprieta, la culpa nunca es de la gestión propia ni de la falta de firmeza diplomática; la responsabilidad se reparte ágilmente entre los servicios de inteligencia, la desinformación en redes o las interpretaciones judiciales. Esta costumbre de eludir cualquier autocrítica no solo transmite una debilidad alarmante ante el exterior, sino que trata a la opinión pública con una condescendencia inasumible.
Por supuesto, nadie le niega al sr. presidente su derecho al descanso. Faltaría más, tiene derecho a sus vacaciones como todo el mundo. El problema es el contraste entre la gravedad del momento y la prioridad de su agenda pública. Mientras la presión sobre el espigón amenazaba con desbordar las capacidades de Ceuta, la maquinaria monclovita nos deleitaba recomendando listas de Spotify, difundiendo lecturas veraniegas o posando en modo club de lectura con una ligereza desconcertante. Ese esfuerzo por proyectar desconexión y normalidad impostada cuando la frontera sur está al límite no es estética, es un mensaje de frivolidad institucional que duele a los vecinos de la ciudad autónoma y de todo el país.
A esa falta de empatía se le suma la comedia de despropósitos dentro del propio Gabinete. Asistimos de nuevo al espectáculo de un Gobierno donde los ministros ni se leen la cartilla ni comparten la misma versión. Mientras desde una parte del Consejo de Ministros se intenta maquillar el asunto con retórica buenista, en departamentos de peso como Defensa o Interior las caras de circunstancias y las contradicciones evidencian que no hay una postura de Estado firme, sino un parcheado constante sobre la marcha. Un Ejecutivo que no es capaz de poner de acuerdo con sus propios miembros para fijar un mensaje unívoco sobre la seguridad nacional no puede pretender proyectar solvencia.
Mientras tanto, en Ceuta, la realidad no se maquilla con música de fondo ni con recomendaciones literarias. Pretender solucionar una crisis soberana convirtiendo a la ciudad en un recinto de contención indefinido es castigar a sus vecinos y tensionar un polvorín social. Y en el Congreso, el bloque que sostiene al Sanchismo cumple con su papel asignado: rapapolvos de cara a la galería para salvar el expediente, titulares indignados y, a la hora de votar, la mano en el escaño para que nada cambie. El sanchismo sigue flotando sobre el desorden, pero los españoles ya todos conocemos de memoria el manual del desgobierno.
Hay momentos en los que la política deja de ser el arte de lo posible para convertirse en el arte del disimulo. Pretender que una marea humana se coordine y avance hacia la frontera de Ceuta a la vista de todo el mundo sin la complacencia del país vecino no resiste el más mínimo análisis lógico. En un Estado con un control policial tan absoluto como el marroquí, nada de esa magnitud ocurre por casualidad. Sin embargo, el sanchismo ha vuelto a activar su mecanismo favorito: la negación de la realidad y el repliegue estratégico.
La respuesta de “Su Sanchidad” ha vuelto a ser el manual clásico de esta etapa política: echar balones fuera. Cuando la crisis aprieta, la culpa nunca es de la gestión propia ni de la falta de firmeza diplomática; la responsabilidad se reparte ágilmente entre los servicios de inteligencia, la desinformación en redes o las interpretaciones judiciales. Esta costumbre de eludir cualquier autocrítica no solo transmite una debilidad alarmante ante el exterior, sino que trata a la opinión pública con una condescendencia inasumible.
Por supuesto, nadie le niega al sr. presidente su derecho al descanso. Faltaría más, tiene derecho a sus vacaciones como todo el mundo. El problema es el contraste entre la gravedad del momento y la prioridad de su agenda pública. Mientras la presión sobre el espigón amenazaba con desbordar las capacidades de Ceuta, la maquinaria monclovita nos deleitaba recomendando listas de Spotify, difundiendo lecturas veraniegas o posando en modo club de lectura con una ligereza desconcertante. Ese esfuerzo por proyectar desconexión y normalidad impostada cuando la frontera sur está al límite no es estética, es un mensaje de frivolidad institucional que duele a los vecinos de la ciudad autónoma y de todo el país.
A esa falta de empatía se le suma la comedia de despropósitos dentro del propio Gabinete. Asistimos de nuevo al espectáculo de un Gobierno donde los ministros ni se leen la cartilla ni comparten la misma versión. Mientras desde una parte del Consejo de Ministros se intenta maquillar el asunto con retórica buenista, en departamentos de peso como Defensa o Interior las caras de circunstancias y las contradicciones evidencian que no hay una postura de Estado firme, sino un parcheado constante sobre la marcha. Un Ejecutivo que no es capaz de poner de acuerdo con sus propios miembros para fijar un mensaje unívoco sobre la seguridad nacional no puede pretender proyectar solvencia.
Mientras tanto, en Ceuta, la realidad no se maquilla con música de fondo ni con recomendaciones literarias. Pretender solucionar una crisis soberana convirtiendo a la ciudad en un recinto de contención indefinido es castigar a sus vecinos y tensionar un polvorín social. Y en el Congreso, el bloque que sostiene al Sanchismo cumple con su papel asignado: rapapolvos de cara a la galería para salvar el expediente, titulares indignados y, a la hora de votar, la mano en el escaño para que nada cambie. El sanchismo sigue flotando sobre el desorden, pero los españoles ya todos conocemos de memoria el manual del desgobierno.
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