La ruta de los parados sin prestación

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La ruta de los parados sin prestación

Más de 21.000 jerezanos y jerezanas en situación de desempleo no reciben ningún tipo de subsidio y recurren a organizaciones para tener algo que llevarse a la boca.

Los servicios sociales, instituciones como las Hermanas de la Cruz en las que recogen alimentos y el comedor de El Salvador donde pueden almorzar son algunas de las paradas que realizan estas personas para seguir adelante mientras encuentran un empleo.

14-12-2015 / 18:55 h.
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Seis años pasando necesidades. Ana, jerezana de 43 años, casada y con dos hijos realiza la ruta que permite a toda la familia subsistir en una época del año caracterizada por el despilfarro y los pequeños lujos gastronómicos. Un paquete de macarrones, galletas y poco más, aunque para ella resulta esencial. Lo ha recogido en el Convento de las Hermanas de La Cruz porque goza del “privilegio” de contar con esos alimentos básicos cada quincena. Ella y otros muchos que guardan cola. Son algunos de los más de 21.000 jerezanos y jerezanas sin empleo que no reciben ningún tipo de prestación. “Si no fuera por esta comida que nos dan moriríamos de hambre”, espeta otra señora que espera recoger sus víveres. De ello queda constancia al finalizar las entregas en los contenedores próximos donde las hermanas y algunos voluntarios desmontan las cajas de cartón ya vacías.

Hace poco más de un lustro, esta jerezana tenía una perfumería y su marido era empleado en una empresa relacionada con el sector de la construcción. Entonces comenzó la debacle. “A él le despidieron debiéndole cuatro meses, y yo tuve que cerrar el negocio porque no podía pagar tanto. Cuatro años de autónoma y no he percibido nada; trampas es lo que me quedaron”, cuenta esta mujer a lavozdelsur.es en la entrada del comedor de El Salvador, segunda parada, bolsa de plástico en mano tras haber pasado antes por el convento. No va a comer allí. Quiere conocer los requisitos necesarios para solicitar la ayuda quincenal de alimentos. No ha habido suerte: “Me han dicho que hay muchas familias en lista de espera y que no pueden admitir a más”. También recurre al Ayuntamiento para que le faciliten el salario social y cada vez que lo hace, explica, "los requisitos cambian y te exigen más cosas". “Yo no quiero vivir de las ayudas, lo que pido al menos es un trabajo en condiciones para mí o para mi marido, con un sueldo digno”, aclara.

“Yo no quiero vivir de las ayudas, lo que pido al menos es un trabajo en condiciones para mí o para mi marido, con un sueldo digno”

No quiere dar su verdadero nombre, pero quiere contarlo “porque no es mi caso solo, -dice- es el muchísimas familias más, incluso en peor situación”. La época más desesperada y frustrante ya la superó. Al principio, el matrimonio no estaba acostumbrado a tener que hacer frente a los pagos sin ingresos. En la actualidad ambos toman antidepresivos, "el cuerpo se les ha hecho". Sus dos hijos lo llevan bien. La mayor de 16 años es consciente de lo mal que lo están pasando sus padres. La joven estudia en el instituto y su padres han pasado "penurias" para poder comprar los libros de texto de segunda mano. “Ella no se queja, hace como que no le importa y no ha pedido nada a los Reyes ¿Qué adolescente hace eso? Y mi hijo de ocho años ha pedido un jamón, dice que no quiere juguetes”, cuenta. El pequeño a veces se entristece. “Es de comer y cuando va a casa de algún amigo y ve la nevera llena…”, asegura. Ana no tiene reparos en afirmar que viene 'de una familia bien'. Sus hermanos le han ayudado mucho y siguen haciéndolo, “pero también se cansan, ya son seis años”.

En la hilera de personas –la mayoría hombres- que esperan para entrar a almorzar en El Salvador espera impaciente un señor de 60 años. Toda la vida trabajando en el comercio, para el Ayuntamiento y ahora se encuentra sin empleo y sin recibir ningún tipo de ayuda. Reconoce que solo uno de sus hijos sabe que va allí, “los otros están fuera”. No quiere dilatar la conversación: “En España hay muy mala política todo se basa en fines partidistas”, sentencia antes de pasar al comedor.

Los comensales poseen un perfil variado. Mayores y no tantos. Comparten mesa y mantel, sin embargo no intercambian palabras, ni siquiera cruce de miradas, salvo pocas excepciones. Una de las hermanas organiza el almuerzo, le echa la reprimenda por haber faltado algunos días porque otra persona también se queda sin ese plato de comida, les saluda… “Las monjitas hacen mucho con nosotros”, declara un joven de 26 años que vive en el albergue municipal. Cada mañana se levanta en busca de un empleo, porque pese a haber trabajado anteriormente carece de prestación. Es otro de los 21.000 parados sin ayudas que busca trabajo día sí, día también, sin obtener resultado. 

 
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