Educación

Es posible que nos hayamos olvidado de inculcar en nuestros jóvenes cosas tan imprescindibles en su formación como la disciplina, el esfuerzo y la austeridad. 

Sabemos que la felicidad o la infelicidad no tienen mucho que ver con la pobreza y la riqueza. De hecho, existen numerosas personas con una vida muy difícil que se sobreponen a sus circunstancias adversas con una gallardía impropia y desacostumbrada en nuestro tiempo. Y, paralelamente, existen otras que a pesar de tener cubiertas sus necesidades materiales andan siempre persiguiendo y exigiendo (lloriqueando) no se sabe muy bien qué última chuchería o capricho en el que han cifrado su felicidad imposible. Item más. Es posible que nos hayamos olvidado de inculcar en nuestros jóvenes cosas tan imprescindibles en su formación como la disciplina, el esfuerzo y la austeridad. 

Todo esto es verdad, pero nuestra obligación, además, es hacer lo que podamos para que no haya personas que vivan en condiciones infrahumanas en las que es muy difícil defender la dignidad propia y ajena. Sabemos que la dignidad de la persona y el bien común expresan el valor moral supremo, por encima, incluso, de la propiedad privada o de sacar en procesión los pasos de Semana Santa, que con tanto ardor y alharaca defienden todos los ricos y todas las cofradías, respectivamente (ver Lucas, 6,13 “De lo que hay en el corazón, habla la boca”).

Hace un siglo, Wilfredo Pareto (1848-1923) formuló su famoso principio: la gente se divide entre los “pocos de mucho” y los “muchos de poco”; se establecen así dos grupos de proporciones 80-20 tales que el grupo minoritario, formado por un 20% de población, ostentaba el 80% de algo y el grupo mayoritario, formado por un 80% de población, el 20% de ese mismo algo. Entendiendo por “algo” en especial un bien necesario para vivir, como la educación, la vivienda, la sanidad, los alimentos, la tierra o el agua.

Pues no parece que la distancia haya disminuido en un tiempo de “imprescindibles reformas estructurales” que sorprendentemente benefician casi siempre al grupo “pocos de mucho”, que es el dueño, además, de las instituciones y monarquías, y que las han gobernado —hasta ahora— por personas interpuestas. Más bien, al contrario, parece que se produce una imparable acumulación del capital (de bienes, financiero y humano) en cada vez menos manos.

Yo no sé cuál es la solución a esta realidad social y planetaria profundamente injusta. Si me dieran a elegir, cosa bastante improbable, escogería cuidar con esmero nuestra educación pública. Porque tengo el convencimiento de que, si degradamos la educación pública, el futuro estará escrito y no será bueno. Aunque al poder económico (valga la repetición) no parece preocuparle mucho esta prioridad porque no le interesa demasiado una sociedad de hombres libres; prefiere la turba analfabeta y desordenada, los nuevos siervos de la gleba. 

¿Es tan difícil que haya un acuerdo entre todos para preservar la educación de la propaganda y de los sermones? ¿Es tan imposible diseñar un bachillerato con asignaturas de Matemáticas, Filosofía, Historia, Música, Literatura… acorde con la voluntad de tener futuros ciudadanos cultos y respetuosos, en vez de “tronistas” zafios, futbolistas engreídos o políticos deshonestos? ¡Gran desgracia para nuestro país que el trabajo de los profesores y maestros esté tan a la cola del reconocimiento gubernativo y del prestigio social, que ha optado por estrellas televisivas y charlatanes de feria!

“Debemos defender la autoridad académica y no socavar ni el prestigio ni el poder legítimo de maestros y profesores”

Por otra parte, las familias tienen un papel importante que jugar en esta empresa de prestigiar el sistema educativo porque no es solo una cuestión presupuestaria ni simplemente ideológica; es mucho más: es una empresa moral. Por eso debemos defender, entre otras cosas, la autoridad académica y no socavar ni el prestigio ni el poder legítimo de maestros y profesores; educar a nuestros hijos en el esfuerzo, la responsabilidad y el deber… para facilitar el complemento de su educación e instrucción escolar. Y para su propio bien.

Al final, como en todo, recogeremos los frutos de la semilla que estamos sembrando. La degradación de la educación pública producirá un desierto infinito poblado de rebuznos. Una sociedad de una ignorancia sobrecogedora. Pero, eso sí, ufana de sí misma y repleta de banderas. Mientras tanto, el actual ministro de Educación y Cultura del gobierno que ha eliminado la asignatura de Filosofía de la Enseñanza Secundaria Obligatoria y reducida en el Bachillerato, entona con emoción la canción legionaria “Soy el novio de la muerte” ante una imagen del Cristo crucificado.

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