La temporada de fútbol profesional en España finalizó en la medianoche de este sábado tras lograr el Málaga CF un ascenso épico frente al Almería. Era la vuelta de la final del play off, una liguilla entre cuatro equipos para obtener el último billete a la gloria de la Primera División. Una ciudad, Málaga, que vuelve ocho años después.
Más allá de lo deportivo, los incidentes previos al partido han evidenciado que no se ha superado la histórica problemática de la violencia en el fútbol. En el pasado, hubo años oscuros. Llegó a ser casi habitual en Sevilla ver cómo se quemaban los coches en los aledaños antes de los derbis, o cargas entre aficiones lanzándose de todo y dejando regueros de heridos. LaLiga, entonces, se puso cada vez más dura y hubo una oleada de cierres de estadios que si bien en algunas ocasiones llegaron a ser cuestionables, sí que mandó un mensaje a clubes, aficiones y sociedad de que se iba a atajar el problema.
Tras unos años en los que parecía que se imponía la convivencia, lo cierto es que este sábado las fuerzas de seguridad se vieron superadas. La ocasión era especial porque dos equipos con aficionados sin sintonía propiciaron dos desplazamientos ante la cercanía de las dos ciudades implicadas en los dos partidos más importantes de la temporada.
Pero se ha visto que aun sabiendo que esto podía pasar, ha sido inevitable. Quizás en el propio dispositivo de la Policía en Almería se hizo lo que se pudo: acotar zonas alrededor del estadio, evitar en lo posible cruces de aficiones... Pero el simple hecho de que había muchos aficionados sin entrada dificultaba el operativo.
Por tanto, más allá de un problema en número de policías, quizá el problema está sencillamente en que se ha olvidado que el fútbol es un evento lúdico, de disfrute, deportivo. ¿Apasionado? Claro, ese no es el problema. Pero las imágenes que muestran lo ocurrido, como ese señor entrado en años con su bufanda del Almería temiendo por su integridad a la llegada de aficionados malaguistas lo dice todo.
La imagen fue muy negativa porque además el partido estuvo cerca de suspenderse. Así lo pidió el Málaga. Las razones es que sus jugadores sufrían de nervios y ansiedad tras estar unos 50 minutos en el autobús sin poder avanzar hacia el estadio, y con una luna reventada por un botellazo. En ese estado se tuvieron que enfundar las camisetas y saltar al terreno de juego. Es decir, que la presión de los violentos influyó, de cierta forma, en el desarrollo del evento. Ya de por sí eso es una derrota del fútbol. Esta semana, ha culminado una operación en Sevilla con medio centenar de ultras entre detenidos e identificados por una reyerta meses atrás entre aficiones.
España, parece, no tiene un problema de seguridad en el deporte mayor que otros países del entorno, destacando Francia como el caso más evidente. Pero hay que preguntarse si el retraso media hora de un partido es algo aislado o en cambio una tendencia creciente. En riesgo está el disfrute del aficionado, y la propia superviviencia del fútbol, porque los violentos acaban echando a una parte de esa mayoría que solo quiere divertirse. Un estadio debe ser un espacio seguro para todos, para familias, para mayores, para niños... Y urge abordar más concienciación e implicación de todas las partes, teniendo en cuenta que dentro justo de 40 años nuestro país albergará un Mundial.
La temporada de fútbol profesional en España finalizó en la medianoche de este sábado tras lograr el Málaga CF un ascenso épico frente al Almería. Era la vuelta de la final del play off, una liguilla entre cuatro equipos para obtener el último billete a la gloria de la Primera División. Una ciudad, Málaga, que vuelve ocho años después.
Más allá de lo deportivo, los incidentes previos al partido han evidenciado que no se ha superado la histórica problemática de la violencia en el fútbol. En el pasado, hubo años oscuros. Llegó a ser casi habitual en Sevilla ver cómo se quemaban los coches en los aledaños antes de los derbis, o cargas entre aficiones lanzándose de todo y dejando regueros de heridos. LaLiga, entonces, se puso cada vez más dura y hubo una oleada de cierres de estadios que si bien en algunas ocasiones llegaron a ser cuestionables, sí que mandó un mensaje a clubes, aficiones y sociedad de que se iba a atajar el problema.
Tras unos años en los que parecía que se imponía la convivencia, lo cierto es que este sábado las fuerzas de seguridad se vieron superadas. La ocasión era especial porque dos equipos con aficionados sin sintonía propiciaron dos desplazamientos ante la cercanía de las dos ciudades implicadas en los dos partidos más importantes de la temporada.
Pero se ha visto que aun sabiendo que esto podía pasar, ha sido inevitable. Quizás en el propio dispositivo de la Policía en Almería se hizo lo que se pudo: acotar zonas alrededor del estadio, evitar en lo posible cruces de aficiones... Pero el simple hecho de que había muchos aficionados sin entrada dificultaba el operativo.
Por tanto, más allá de un problema en número de policías, quizá el problema está sencillamente en que se ha olvidado que el fútbol es un evento lúdico, de disfrute, deportivo. ¿Apasionado? Claro, ese no es el problema. Pero las imágenes que muestran lo ocurrido, como ese señor entrado en años con su bufanda del Almería temiendo por su integridad a la llegada de aficionados malaguistas lo dice todo.
La imagen fue muy negativa porque además el partido estuvo cerca de suspenderse. Así lo pidió el Málaga. Las razones es que sus jugadores sufrían de nervios y ansiedad tras estar unos 50 minutos en el autobús sin poder avanzar hacia el estadio, y con una luna reventada por un botellazo. En ese estado se tuvieron que enfundar las camisetas y saltar al terreno de juego. Es decir, que la presión de los violentos influyó, de cierta forma, en el desarrollo del evento. Ya de por sí eso es una derrota del fútbol. Esta semana, ha culminado una operación en Sevilla con medio centenar de ultras entre detenidos e identificados por una reyerta meses atrás entre aficiones.
España, parece, no tiene un problema de seguridad en el deporte mayor que otros países del entorno, destacando Francia como el caso más evidente. Pero hay que preguntarse si el retraso media hora de un partido es algo aislado o en cambio una tendencia creciente. En riesgo está el disfrute del aficionado, y la propia superviviencia del fútbol, porque los violentos acaban echando a una parte de esa mayoría que solo quiere divertirse. Un estadio debe ser un espacio seguro para todos, para familias, para mayores, para niños... Y urge abordar más concienciación e implicación de todas las partes, teniendo en cuenta que dentro justo de 40 años nuestro país albergará un Mundial.
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