Gypsy Rock

El rock y la India: historia de una ida y una vuelta (y II)

Una de las canciones más queridas de raga-rock, o rock con influencias indias, es la “Norwegian Wood” de los Beatles. Apareció en el álbum Rubber Soul (1965) y es una de las primeras composiciones de música pop con sitar. Quizá por ello abundan los covers. Destaca, por lo sutil, la adaptación que compuso Rahul Dev Burman para la película Imaan (1974), donde casi se confunde con los añadidos índicos. En 1997 la versionarían los británicos Cornershop, cuyo nombre ironizaba sobre una de las principales profesiones de los surasiáticos en Inglaterra: el tendero de barrio.

La gran baza de los Cornershop, que tenían ascendencia sij (una religión monoteísta del norte de India y Pakistán), era que introducían motivos orientales en el seno del britpop, como también harían sus correligionarios Kula Shaker. Su versión de “Norwegian Wood” en lengua punjabi sugiere, así, una red oculta de conexiones: Ravi Shankar (y otros) llegan a Occidente, George Harrison aprende de ellos el sitar, George Harrison va a la India, los Beatles componen con sitar, los Beatles van a la India, una familia india migra a Inglaterra, sus hijos se crían en el pop británico, sus hijos añaden el punjabi al sitar que puso en marcha el pinball siempre mareante de las influencias…

En los años 80, los actores que antaño versionaban a The Kingston Trio, como la célebre Usha Uthup, se atreverán con Michael Jackson o Gloria Gaynor. Esta década no sólo ofrecerá algunos de los films más taquilleros de la industria india, sino también dudosas imitaciones. Valga un botón de muestra. El musical Disco Dancer (1982) tuvo bastante éxito en el mercado asiático (no hay que olvidar que el cine indio tiene un seguimiento importante en países como Pakistán, Sri Lanka, Malasia o Emiratos) e incluso penetró en la URSS. Para las temáticas de Bollywood, una película sobre la fiebre disco, aun tan relativamente tarde como en 1982, debía de ser cosa muy original. Quizá ello disculpa el que una de sus canciones (“Auva Auva – Koi Yahan Nache”) fuera prácticamente un plagio del “Video Killed the Radio Star” de The Buggles. Se ignora si los rusos se percataron de ello, al otro lado del Muro.

La fascinación que la generación hippie experimentó por la India mística pareciera sentirla ahora la India materialista por los mercados occidentales y su cultura de masas. Mientras el planeta entero sudaba en la pista de baile, los jóvenes iban dejando de cruzar el Viejo Mundo en pos de la Iluminación. Los hijos de los sesenta nunca dejarán de experimentar aquella atracción, aunque sus estancias (como la de Leonard Cohen en 1999, estudiando con el maestro advaita Ramesh Balsekar tras cinco años como monje budista) nunca volverán a recibir el bombo del legendario Indian trip de los Beatles. En algunos puntos del subcontinente (las playas de Goa, las montañas de Rishikesh, los ghats de Benarés) sobrevivieron viejos trotamundos, dedicándose en buena medida a la vida sencilla y autosuficiente que adoptaron allá por los años sesenta. Pero hubo una comuna que logró reinventarse…

En el extremo sureste del subcontinente, la excolonia francesa de Pondicherry (Puducherry) hospeda a la comunidad de Auroville, “La Ciudad del Alba”, fundada en 1968, el año en que los Beatles juzgaron a la India un caso perdido. Auroville estaba concebida como una aldea global, una de las primeras en su especie, que daba la bienvenida a personas de todas las nacionalidades para unirse a un proyecto común en torno a la mística francesa de ascendencia levantina Mirra Alfasa (alias “La Madre”), con la bendición del fallecido gurú Sri Aurobindo. Hoy en día, como corresponde un país tan poblado, la mayoría de los ciudadanos son indios. Los presupuestos parecen haberse ido de las manos (aún continúan las faraónicas obras), pero la comunidad aurovilliana afirma sostenerse mediante una red de granjas orgánicas, artesanía y producciones ecológicas de diversa índole.

Auroville figura entre las organizaciones espirituales de aquella época que mejor sobrevivieron a su líder, pues La Madre abandonó este plano en 1973, tras haber dedicado sus últimos años a transformar sus células, una por una, en pura conciencia divina. Prueba de ello es que la comunidad auspiciara hace unos años el primer festival eco-musical de India, en torno al grupo de aurovillianos Emergence, el cual da fe de la variedad étnica del asentamiento y populariza clásicos del rock en lengua tamil.

Se podría discutir si el “mundo nuevo” de Auroville pertenece realmente a la India, de cuyos problemas se les ha acusado de desentenderse. Pero nadie lo cuestionaría de la legendaria Calcuta (hoy Kolkata), que fuera en otro tiempo capital del país. Con suerte o mucha paciencia podremos cruzarnos, entre los más de 14 millones de habitantes de su área metropolitana, con el señor Harsha Kumar Dasgupta, que se ha hecho un hueco en la red y en el circuito underground de la ciudad con sus versiones de Pink Floyd en bengalí (la banda calcutense Shiva ya versionaba algunas, en inglés, hace unas décadas). Su canal de Youtube alterna estos homenajes con algún tributo a la diosa Durga, patrona de la ciudad, además de composiciones propias y lo que parecen éxitos locales. Un excéntrico, este Dasgupta, que confirma el estereotipo del bengalí intelectual y cosmopolita. Las versiones, con instrumentación midi, pretenden imitar antes que innovar, pero el hipnótico tráfico de Calcuta superpuesto a “Comfortably Numb” nos hace creer en la posibilidad de una síntesis…

Y también en Calcuta surgió la que pasa por ser la primera agrupación genuina de rock indio, Moheener Ghoraguli, quienes, pese a ser los primeros, dieron con la mezcla más interesante que se oiría en mucho tiempo. Lamentablemente, su escaso aliento comercial los condenó a grabar tres brevísimas piezas a finales de los setenta y a desaparecer acto seguido. Su debut de doce minutos, Shongbigno Pakhikul O Kolkata Bishayak (1977), presenta una mezcla de folk, psicodelia y raíces (la música baul y otras) que recuerda a Almendra, Smash, The Speakers y otros pioneros de un “rock nacional”. Sus canciones son formalmente revolucionarias para los estándares indios, pero versan sobre los problemas de la sociedad y la gente corriente; un estilo que posteriormente se denominaría jibonmukhi, en el mundillo de la canción bengalí.

Parece que Calcuta, feudo comunista a la sazón, apreciaba las inquietudes sociales. Incluso nos dejó uno de los pocos cantautores protesta al estilo dylaniano del país, Susmit Bose. Quizás era el lugar idóneo para unos pocos creadores lúcidos que ni temían a Occidente ni deseaban imitarlo a toda costa. Que, cuando se creían ya a salvo de los británicos, se vieron sorprendidos por un tentáculo muy peculiar del colonialismo…

¿Y acaso no nos pasó a todos?

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