Colibrí ediciones ha publicado Silverio, el hijo del italiano, de Manuel Bohórquez Casado. La simple referencia a Bohórquez es saber que el lector se está adentrando en un terreno no necesariamente fácil, pero de la mano de uno de los investigadores y críticos con más reconocimiento en lo flamenco, polémico, sin duda, y es de agradecer, porque así debe ser quien no tiene la necesidad de ser políticamente correcto.
Esta novela es una buena prueba de su independencia y de su buen criterio, aunque cuesta llamar así a este trabajo, no porque no lo sea, sino porque se impone como un tratado sobre flamenco antiguo, algo que sin duda es fundamental para entender y asumir su modernidad, y que sinceramente le agradezco, porque es –como él repite- necesario reivindicar la figura de Franconetti y sus aportaciones.
No cabe duda de que Silverio es una pieza fundamental en los orígenes del flamenco, y sobre todo de su impronta moderna, de ahí la importancia de este texto, resultado sin duda de muchas horas de investigación y depuración históricas. Reandar, como hace Bohórquez, toda la trayectoria del cantaor y hacerlo con su propia voz, a manera de memoria contada, tiene el atrevimiento necesario para no ampararse exclusivamente en el aluvión informativo que implica la base de datos con la que juega el discurso narrativo. Y quizás por eso, como se dice en los comienzos, “solo el propio Silverio podía resucitar para contar él mismo su vida y aclarar todas las dudas y lagunas de su agitada y apasionante carrera artística” (p.11).
- Portada del libro.
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“Resucitar” es un buen término para que quienes podrían favorecerlo caigan en la cuenta de que, mientras el flamenco va ocupando un lugar dignísimo en el mundo de la creación, los muchos gerifaltes que ha tenido y tiene la ciudad que vio nacer a este genio, no han tenido todavía el acierto de dedicar un lugar a su memoria. Reivindicación en la que el autor se repite, con poco éxito, seguramente porque no es nuevo que Sevilla no trata bien a las personas que le han dado la impronta y la autenticidad actuales que se aparta del cartón piedra, aunque coyuntural y puntualmente pudiera parecer que sí.
Silverio, ahora que se hacen y financian tantos documentales, se merecería uno a la luz del trabajo de Bohórquez, porque después de aquel falso documental de Basilio Martín Patiño en 1996 (Desde lo hondo I: Silverio), poco o nada se ha recreado con la seriedad del periodista de Arahal. Ha de advertirse también que no es solo la voz de Silverio la que lleva el hilo, hay un juego de luces y sombras en la que la de Miguel Robles Nogales, “viejo y achacoso periodista”, irá dando paso a la singular vida de Silverio, que es, sin duda, “un creador, una mente privilegiada al servicio de la belleza del arte” (p.37).
Aquel joven que se colaba en la fragua del gitano Diego de los Reyes, en Morón de la Frontera, donde vivió y se sintió en el paraíso, tuvo que oír muchas veces el sermón de su hermano Nicolás que lo quería sastre y no artista, un presagio de lo que tantas veces habrá de sonar en los oídos de los hombres y mujeres dispuestos a ser flamencos: “¿Quieres llevar ese tipo de vida, sin estabilidad ninguna? ¿Quieres vestir de forma andrajosa, como esos cantadores que tanto te gustan y que parecen mendigos? ¿De qué vas a comer y cómo vas a mantener a una familia? Eres un soñador, pero para soñar hay que tener bien cubierto el riñón y tú no tienes un real” (p. 69). Silverio trabajó para que la vida de muchos no fuera esa.
Así que sería ese mismo joven el que después de una azarosa aventura suramericana, en esencia en Montevideo (Uruguay), donde cantaba como si estuviese en la Alameda de Hércules (p.76), donde supo que “el duende aparece donde hay verdad, aunque esté a miles de kilómetros de donde uno nació” y donde entendió “lo que era el flamenco. No solo un canto de pueblo, ni una moda pasajera, sino una forma de estar en el mundo, de ser y sentir, de resistir, de amar y de llorar” (p.81) Y sería así como después recaló en Cádiz, Jerez de la Frontera, San Fernando… lugares donde aclaró deudas y dudas, sobre todo consigo mismo, y donde alternó y discutió con gitanos, que no era su etnia y a los que dolía que hiciera sus cantes, pero donde vivió en fiestas que nunca olvidaría y que marcarían su existencia. Y fue en ese “clima de chispa y desgarro, (donde) aprendí lo que más tarde daría a Sevilla y al mundo” (p. 95). Corría la segunda mitad del siglo XIX y las aguas del Guadalquivir empezaban a desentrañar el futuro y el presente del flamenco.
Aclara Bohórquez los desencuentros entre Silverio y Demófilo, Antonio Machado Álvarez, entre los que resalta también su amistad. Pero jugando con la humildad del cantaor, se quita por su voz el mérito de los primeros cafés cantantes y de la profesionalización del flamenco, que no es, como se entenderá, poca cosa. “Demófilo me dio un protagonismo en su libro Cantes flamencos que no dio a otros artistas más importantes que yo. Juanito junquera y su hermana Tomasa hicieron lo mismo, profesionalizar a los gitanos en sus cafés, como el de la Vera Cruz de Jerez y otro que tuvo en El Puerto, y no les criticó nunca” (p.186).
Abruma la erudición de Manuel Bohórquez Casado, el conocimiento cabal del cante y de sus ancestros. Merece la pena la lectura lenta y sosegada, con un cuaderno de notas, como he hecho yo, para ir descifrando la génesis de este arte que ahora a todos nos enorgullece. Gloria a Manuel por la excepcionalidad de su obra.
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