Sociedad

El colegio gitano de Triana en el corazón de una ‘cava’ que el franquismo arrasó

El gobernador civil Altozano Moraleda acabó con la gitanería de Triana a finales de los años 50. Dos décadas antes, en época de la II República, un documento que rescata el Centro Andaluz del Flamenco habla de un colegio gitano "en el corazón de la cava"

La historiografía tradicional suele datar el primer registro histórico sobre la presencia de una comunidad gitana en Andalucía un 22 de noviembre de 1462 en la ciudad de Jaén. Una fecha por la que se celebra el Día de los Gitanos Andaluces y que en 1996 la Junta de Andalucía lo reconoció como día oficial, al margen del 8 de abril, el Día Internacional del Pueblo Gitano. Sin embargo, más allá del simbolismo oficial y de días oficiales, pocas veces se habla, se documenta o se narra la intrahistoria del pueblo gitano andaluz.

“A veinte y dos días del mes de noviembre de este año (1462) llegaron a la ciudad de Jaén dos condes de la pequeña Egipto, que se llamaban el uno don Tomás y el otro don Martín, con hasta cien personas entre hombres, mujeres y niños, sus naturales y vasallos. Los cuales habían sido conquistados y destruidos por el Gran Turco; y porque después de ser conquistados parece ser que negaron nuestra fe, hacía muchos días que, por mandato del Santo Padre, andaban por todos los reinos y provincias de la cristiandad haciendo penitencia. Y como llegaron a la ciudad de Jaén, el señor condestable los recibió muy honorablemente y los mandó aposentar y hacer grandes honras. Y quince o veinte días que estuvieron con él, continuamente les mandó dar todas las cosas que les hizo falta, a ellos y a toda su gente, de pan, vino, carne, aves, pescados, frutas, paja y cebada abundantemente. Y muchos días los dichos condes comieron con él y con la señora condesa, su mujer; y al tiempo que quisieron partir, les mandó dar de su cámara muchas sedas y paños, para que se vistiesen, y buen acopio de riquezas para su camino. Y salió con ellos hasta media legua fuera de la ciudad de Jaén, de modo que los dichos condes partieron muy contentos y pagados, loándose y maravillándose mucho de su gran liberalidad y franqueza”
Hechos del condestable Don Miguel Lucas de Iranzo, 1462.

En Sevilla, pasear por Pagés del Corro hoy es pasear por una calle que a duras penas resiste la gentrificación. Un proceso que sin duda alguna ha afectado al corazón de Triana que viene a renovar lo que padeció el barrio hace ya más de medio siglo. Si hoy es el turismo quien amenaza con expulsar de sus casas a los vecinos, a mediados del siglo pasado en este enclave crucial del flamenco el principal enemigo del pueblo era el desarrollismo franquista.

Imagen de la expulsión de los gitanos de Triana. Foto del archivo de Ricardo Pachón.

Estudiantes, turistas y sevillanos con un estatus económico medio o alto. Vivir en los barrios históricos de Sevilla ya no es tan fácil. Pero hay gente que resiste. Los gitanos de Triana en los años 50 no tuvieron opción, porque el proceso que en aquel momento se dio trascendió más allá de los propios intereses económicos. Triana pura y pura, de Ricardo Pachón, premio Imagenera 2013, lo contó en la gran pantalla hace unos años. Hasta San Jacinto, los patios de corrales se sucedían uno detrás de otro. Hacinados, con un “común” donde se encontraba la cocina y los baños para lo que sería todo un bloque de viviendas de hoy, y con un cuartito donde vivir, o sobrevivir. Allí estaban los gitanos, probablemente desde principios de la Edad Moderna, desde hace casi cinco siglos. Una Triana que con su arte universal, su forma de vida, su vinculación con el río, con el mar, con la espontaneidad y las trianeras maneras, que poco o nada tendrían que ver con las de Sevilla, el franquismo se comió.

El realizador sevillano lo recuerda en su documental y en numerosas entrevistas. La policía y la guardia civil fue casa por casa a decirle a los vecinos que tenían que irse, y en cuanto se iban les derrumbaban sus hogares. Fue la política de Hermenegildo Altozano Moraleda, miembro destacado del Opus Dei y gobernador civil a partir de 1958, que aplicó el decreto de los gobernadores, en una época marcada, según la historiografía, por el cambio de paradigma del régimen franquista. Los planes de estabilización económica y la apertura exterior marcaron en muchas ciudades españolas la agenda política y, en consecuencia, la social. Dicho de otra forma: los gitanos estorbaban y Triana tenía que convertirse en un barrio “de bien”. Una auténtica limpieza étnica que se vivió en el corazón de la ciudad hispalense y en una de las cunas de nuestro flamenco universal.

Documento que rescata el CADF

De esa huella de la Triana más gitana y más flamenca, la Triana más pura, quedó el documental de Ricardo Pachón que también retrata un encuentro de los gitanos trianeros en 1983 en el Lope de Vega. Otro vestigio, algo más de 20 años anterior al de la desmantelación de la cava nos lo trae hoy el Centro Andaluz del Flamenco. “Colegio Gitano, en el corazón de La Cava. Triana, Sevilla”. El documento, que prevé la creación de una escuela gitana, comienza así: “Unos hombres del barrio humilde y grave -hombres de buena y elevada voluntad- intentan crear en el corazón de la Cava de Triana, una escuela primaria con arreglo a estas bases”, y le sigue un reglamento en el que destacan, entre otros, la preferencia de primera intención de “los hijos de madre y padre gitanos”, o la más elevada religión, que es “la verdad” por la que se halla “la ciencia” y “la libertad”.

Una instantánea de los gitanos de Triana con sus enseres. Foto del archivo de Ricardo Pachón.

Otras joyas que deja el documento es la prohibición de “pegar fuerte o gravemente a los niños gitanos” ya que los castigos serán “morales, con enseñanzas, ejemplos, consejos y máximas o pensamientos morales y libros, como de una nueva y moderna Pedagogía, como para el alma o espíritu de la Raza Gitana”. O, por ejemplo, que el maestro o profesor de la escuela tiene que ser “gitano por los cuatro costados”, sino “cuarterón” y, si es posible, que tenga “además ese chorreón de gracia y de sal gitana”. Sin embargo, de no encontrarlo, dice el documento buscar “un Profesor o Maestro que sea un gran simpatizante con y para los Gitanos, que son los nuestros”. Todo ello para que “por todos los medios”, un día a la semana “lo dediquen a cantares o quejíos jondos, zambras y bailes gitanos” e incluso hacer caja de esto, con un buen fin, eso sí: “¡Filigranas, maravilla y canela pura! La entrada 5 o 10 pesetas, por persona extraña o turista, con objeto de agenciar jayares o parné para la escuela”.

El caló, la lengua de los gitanos, presente, y en igualdad de condiciones con el castellano. Todo un ejercicio de pedagogía revolucionaria de época republicana —data de 1933— que merece ser recordado más allá del 22 de noviembre y que contrasta notablemente con lo que el barrio vivió tan solo 25 años después: el exilio a otras partes de la ciudad de Sevilla y la consecuente e irremediable pérdida de su identidad.

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