Todo empezó por una necesidad imperiosa y un calendario laboral asfixiante. Mi perra necesitaba un paseador que nos echara una mano. Abrí una conocida plataforma de servicios locales y tecleé dos palabras en el buscador: «paseador perros». Lo que esperaba encontrar era el perfil de algún estudiante buscando un sobresueldo de fin de semana o un amante de los animales con tiempo libre. Lo que encontré, en cambio, fue una bofetada de realidad económica que me obligó a recalcular mis conceptos de valor, esfuerzo y mercado.
Los anuncios se sucedían en una cascada de tarifas que rara vez bajaban de la franja de entre los 15 y los 20 euros por una hora de paseo. Al principio pensé que se trataba de un error de transcripción, o quizás de un servicio premium que incluía guardería canina con masajes y música relajante. Pero no. Era la tarifa estándar por sujetar una correa, caminar por el parque del barrio y recoger una caca (si se daba el caso). Sorprendido por el hallazgo, y por pura curiosidad, salté a otra categoría vecina en la misma aplicación: los servicios de limpieza del hogar. Allí, los precios pivotaban con naturalidad entre los 13 y los 15 euros la hora.
No hay en esta columna ni un ápice de desprecio hacia esos oficios. Faltaría más. Limpiar las estancias donde habitamos o cuidar de un miembro más de la familia —porque los perros hoy ocupan ese lugar— son tareas dignas, duras y absolutamente respetables. Pero la frialdad de los números impresos en la pantalla activó un mecanismo de comparación inevitable con el tejido laboral que nos rodea. El contraste no tardó en volverse flagrante, casi obsceno.
Mientras asimilaba que una hora de paseo canino costaba lo mismo que un menú del día generoso, recordé las condiciones laborales de sectores donde la palabra «responsabilidad» no es un adjetivo abstracto, sino una carga diaria que quita el sueño. Pensé en los técnicos de ambulancias, en los vigilantes de seguridad, en los auxiliares de geriatría que cuidan a nuestros ancianos en residencias, o en los educadores infantiles que sostienen la crianza de nuestros hijos durante sus primeros años de vida.
En muchos de estos empleos, donde la salud, la integridad física o el desarrollo cognitivo de seres humanos están directamente en juego, la hora apenas ronda los 8 euros netos tras aplicar los convenios colectivos vigentes.
Es una paradoja sangrante de nuestro tiempo: aquel profesional que monitoriza las constantes vitales de un paciente en una situación crítica, o el que pasa la noche en vela custodiando un edificio expuesto a cualquier peligro, percibe la mitad de remuneración por sesenta minutos de su vida que alguien que camina con un caniche por el césped.
Aquí es donde encaja la pregunta del millón: ¿Es legítimo pedir 15 o 20 euros por pasear un perro o limpiar unas escaleras comunitarias? Por supuesto que sí. Cada cual es libre de tasar su tiempo y su esfuerzo en lo que considere justo, y el trabajador autónomo o informal que arranca esa tarifa al mercado no hace más que defender su propia subsistencia en una economía inflada. El problema no radica en que estos servicios se cobren bien; el drama social es que los servicios esenciales o los que conllevan una elevada carga de responsabilidad se paguen tan sumamente mal.
Gracias por la lectura y feliz arranque de semana.
Todo empezó por una necesidad imperiosa y un calendario laboral asfixiante. Mi perra necesitaba un paseador que nos echara una mano. Abrí una conocida plataforma de servicios locales y tecleé dos palabras en el buscador: «paseador perros». Lo que esperaba encontrar era el perfil de algún estudiante buscando un sobresueldo de fin de semana o un amante de los animales con tiempo libre. Lo que encontré, en cambio, fue una bofetada de realidad económica que me obligó a recalcular mis conceptos de valor, esfuerzo y mercado.
Los anuncios se sucedían en una cascada de tarifas que rara vez bajaban de la franja de entre los 15 y los 20 euros por una hora de paseo. Al principio pensé que se trataba de un error de transcripción, o quizás de un servicio premium que incluía guardería canina con masajes y música relajante. Pero no. Era la tarifa estándar por sujetar una correa, caminar por el parque del barrio y recoger una caca (si se daba el caso). Sorprendido por el hallazgo, y por pura curiosidad, salté a otra categoría vecina en la misma aplicación: los servicios de limpieza del hogar. Allí, los precios pivotaban con naturalidad entre los 13 y los 15 euros la hora.
No hay en esta columna ni un ápice de desprecio hacia esos oficios. Faltaría más. Limpiar las estancias donde habitamos o cuidar de un miembro más de la familia —porque los perros hoy ocupan ese lugar— son tareas dignas, duras y absolutamente respetables. Pero la frialdad de los números impresos en la pantalla activó un mecanismo de comparación inevitable con el tejido laboral que nos rodea. El contraste no tardó en volverse flagrante, casi obsceno.
Mientras asimilaba que una hora de paseo canino costaba lo mismo que un menú del día generoso, recordé las condiciones laborales de sectores donde la palabra «responsabilidad» no es un adjetivo abstracto, sino una carga diaria que quita el sueño. Pensé en los técnicos de ambulancias, en los vigilantes de seguridad, en los auxiliares de geriatría que cuidan a nuestros ancianos en residencias, o en los educadores infantiles que sostienen la crianza de nuestros hijos durante sus primeros años de vida.
En muchos de estos empleos, donde la salud, la integridad física o el desarrollo cognitivo de seres humanos están directamente en juego, la hora apenas ronda los 8 euros netos tras aplicar los convenios colectivos vigentes.
Es una paradoja sangrante de nuestro tiempo: aquel profesional que monitoriza las constantes vitales de un paciente en una situación crítica, o el que pasa la noche en vela custodiando un edificio expuesto a cualquier peligro, percibe la mitad de remuneración por sesenta minutos de su vida que alguien que camina con un caniche por el césped.
Aquí es donde encaja la pregunta del millón: ¿Es legítimo pedir 15 o 20 euros por pasear un perro o limpiar unas escaleras comunitarias? Por supuesto que sí. Cada cual es libre de tasar su tiempo y su esfuerzo en lo que considere justo, y el trabajador autónomo o informal que arranca esa tarifa al mercado no hace más que defender su propia subsistencia en una economía inflada. El problema no radica en que estos servicios se cobren bien; el drama social es que los servicios esenciales o los que conllevan una elevada carga de responsabilidad se paguen tan sumamente mal.
Gracias por la lectura y feliz arranque de semana.
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