La crónica supuestamente progresista de los últimos años parece escrita con tinta de hipocondría tras una calculada estrategia. Como dijo Enric Juliana: ¿A quién se le ocurrió la brillante idea de que debilitar a Podemos beneficiaría al Gobierno? Esa “lúcida sapiencia” se ha revelado como uno de los mayores errores tácticos de la política reciente en nuestro país. La operación Sumar, además de ser un socio más manejable, que no cuestionaba la función del PSOE en el bipartidismo, tenía como fin principal un reordenamiento del espacio a la izquierda del PSOE, dejando a la formación morada arrinconada.
Sumar era el instrumento perfecto para ejecutar esa máxima, al tiempo que la guerra sucia arreciaba contra los y las dirigentes podemitas, de la que el PSOE y su socio Sumar quisieron sacar rentabilidad política. La persecución, además de judicial, fue (es) mediática y política, fue (es) muy cruel e infame. Tertulia tras tertulia, se construyó un relato de desprestigio sustentado en bulos alimentados por la supuesta progresía mediática un único objetivo: la desintegración de Podemos. La pregunta de Juliana resuena hoy con más fuerza que nunca.
Sumar, donde se integraron IU y el PCE, cumplió a la perfección su función como puñal contra Podemos, permitiendo que el PSOE se sintiera cómodo en un espacio sin una tensión incómoda a su izquierda, más que ensanchar la izquierda, la ha fragmentado. El daño, en su conjunto, ha sido tremendo
Pero el verdadero drama es que el PSOE no ha cumplido con los dos encargos que la ciudadanía le encomendó en 2023. El primero, regenerar la democracia y acabar con la corrupción, se ha convertido en una quimera. La corrupción no solo no ha cesado, sino que alcanza de lleno al partido socialista, que se encuentra en franca descomposición. El segundo, avanzar en derechos, ha resultado ser un espejismo. El derecho a una vivienda digna y accesible, tanto en compra como en alquiler, es un asunto principal que el gobierno ha impulsado como negocio, no como un derecho fundamental. Es un fracaso a sabiendas del PSOE, uno más.
Y aquí es donde Sumar ha pasado de ser un simple instrumento de acoso a sujeto de retroceso. No solo ha contribuido a esta involución en derechos, sino que ha apuntalado políticas de vivienda que están generando un dolor inmenso a las familias trabajadoras, a sus hijos e hijas. Mientras tanto, Sumar, que ya no es útil, se disuelve como un azucarillo y de la peor de las maneras, como ha denunciado la que ha sido su coordinadora general, Lara Hernández, demostrando, así, que su razón de ser era más la destrucción de un proyecto que la construcción de un futuro mejor.
Pese a todo, Podemos resiste aunque los ataques persisten en todos los frentes, si bien, si la formación morada sigue en pie, es quizás porque ha sabido entender que la coherencia y la conexión con los problemas reales de la gente son un capital político que ni los bulos ni las campañas de acoso pueden destruir del todo.
A la vista de la evolución de las cosas, todo parece indicar que la oportunidad de la izquierda pasa por una propuesta nítida y valiente y es articulando una propuesta de estado federal y plurinacional, donde Podemos funciona como argamasa y que se contrapone al pacto entre élites nacido en el 78 sustituyéndolo por un pacto entre pueblos, unido a un programa de máximos con ejes centrales como el acceso a la vivienda y el tope a los alquileres, el fortalecimiento de los servicios públicos, la nacionalización de sectores estratégicos y la defensa de la paz, puede ser la mejor oportunidad para que la izquierda recupere la ilusión y el crédito perdido. Frente al espejismo de la moderación y la gestión de la decepción, la izquierda necesita volver a ser la voz que ilusiona.
La crónica supuestamente progresista de los últimos años parece escrita con tinta de hipocondría tras una calculada estrategia. Como dijo Enric Juliana: ¿A quién se le ocurrió la brillante idea de que debilitar a Podemos beneficiaría al Gobierno? Esa “lúcida sapiencia” se ha revelado como uno de los mayores errores tácticos de la política reciente en nuestro país. La operación Sumar, además de ser un socio más manejable, que no cuestionaba la función del PSOE en el bipartidismo, tenía como fin principal un reordenamiento del espacio a la izquierda del PSOE, dejando a la formación morada arrinconada.
Sumar era el instrumento perfecto para ejecutar esa máxima, al tiempo que la guerra sucia arreciaba contra los y las dirigentes podemitas, de la que el PSOE y su socio Sumar quisieron sacar rentabilidad política. La persecución, además de judicial, fue (es) mediática y política, fue (es) muy cruel e infame. Tertulia tras tertulia, se construyó un relato de desprestigio sustentado en bulos alimentados por la supuesta progresía mediática un único objetivo: la desintegración de Podemos. La pregunta de Juliana resuena hoy con más fuerza que nunca.
Sumar, donde se integraron IU y el PCE, cumplió a la perfección su función como puñal contra Podemos, permitiendo que el PSOE se sintiera cómodo en un espacio sin una tensión incómoda a su izquierda, más que ensanchar la izquierda, la ha fragmentado. El daño, en su conjunto, ha sido tremendo
Pero el verdadero drama es que el PSOE no ha cumplido con los dos encargos que la ciudadanía le encomendó en 2023. El primero, regenerar la democracia y acabar con la corrupción, se ha convertido en una quimera. La corrupción no solo no ha cesado, sino que alcanza de lleno al partido socialista, que se encuentra en franca descomposición. El segundo, avanzar en derechos, ha resultado ser un espejismo. El derecho a una vivienda digna y accesible, tanto en compra como en alquiler, es un asunto principal que el gobierno ha impulsado como negocio, no como un derecho fundamental. Es un fracaso a sabiendas del PSOE, uno más.
Y aquí es donde Sumar ha pasado de ser un simple instrumento de acoso a sujeto de retroceso. No solo ha contribuido a esta involución en derechos, sino que ha apuntalado políticas de vivienda que están generando un dolor inmenso a las familias trabajadoras, a sus hijos e hijas. Mientras tanto, Sumar, que ya no es útil, se disuelve como un azucarillo y de la peor de las maneras, como ha denunciado la que ha sido su coordinadora general, Lara Hernández, demostrando, así, que su razón de ser era más la destrucción de un proyecto que la construcción de un futuro mejor.
Pese a todo, Podemos resiste aunque los ataques persisten en todos los frentes, si bien, si la formación morada sigue en pie, es quizás porque ha sabido entender que la coherencia y la conexión con los problemas reales de la gente son un capital político que ni los bulos ni las campañas de acoso pueden destruir del todo.
A la vista de la evolución de las cosas, todo parece indicar que la oportunidad de la izquierda pasa por una propuesta nítida y valiente y es articulando una propuesta de estado federal y plurinacional, donde Podemos funciona como argamasa y que se contrapone al pacto entre élites nacido en el 78 sustituyéndolo por un pacto entre pueblos, unido a un programa de máximos con ejes centrales como el acceso a la vivienda y el tope a los alquileres, el fortalecimiento de los servicios públicos, la nacionalización de sectores estratégicos y la defensa de la paz, puede ser la mejor oportunidad para que la izquierda recupere la ilusión y el crédito perdido. Frente al espejismo de la moderación y la gestión de la decepción, la izquierda necesita volver a ser la voz que ilusiona.
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