Me acerqué a la ventanilla con el sentimiento de estar ungido por la alegría que a mí me prodiga el secreto del viaje. El viaje en tren, a un lugar lejano, por más que hoy todos los lugares quieran antojarse cercano, pero la voz aflautada metálica del otro lado, con las palabras que pronunciaba me indicaron la necesidad de sentirme decepcionado con esa parte de la Humanidad a la que se le amojamó su alma y quieren secársela al resto.
Por favor, quiero viajar a París el miércoles.
¿Y qué puedo hacer por usted?
El señor Hulot hubiera respondido con un chiste visual para digerir la arrogante y absurda respuesta de la empleada del servicio de los ferrocarriles. Loriot le hubiera respondido algo así como: podría venir conmigo en el mismo tren y luego hospedarnos en el mismo hotel, para después salir a cenar. Algo que en estos tiempos hubiera podido ser denunciado como acoso y a lo que Loriot hubiera podido añadir: y la sopa con la mosca para usted.
Hubo más, pero para qué extenderse, si basta con esta crónica o microrrelato de no ficción para volver a creer en la literatura y a descreer de una sociedad caída en la desesperación y la agresividad. Vuelvan a la fotografía de esta columna y verán que todo concuerda, en una sociedad donde ya todo deja de significar nada. Una vez más, de una sociedad vaciada de significados se puede hacer lo que se quiera. Pero París bien vale una misa, hoy que empiezan las fiestas navarras de San Fermín.
Salgo de un clima miserable, donde la lluvia cae sucia porque lava un cielo gris de octubre en julio, que pasa de 36 y 16 grados; donde el partido de ultraderecha, según las encuestas, hubiera ganado unas elecciones que se hubieran celebrado ayer. Espero salir a encontrarme con sonrisas más veraces donde mi alegría no se vea vapuleada con rudeza.
Es verano. Achicharrante en muchos lugares; otoño sobrevenido, en otros. En la Argentina nieva. En Venezuela su clima les sirve para que la tragedia no les sume en mayor desconsuelo. Viví los terremotos a través de guasap: ahora se convierten en una crónica. El cotidiano no acude a las palabras rimbombantes ni a expresarse como en titulares de diarios. Hay esa vida de desamparo en la que se comprueba que sí hay agua en la casa, hay electricidad, pero no llegará la comida.
Hay que salir a comprar. Las nietas están desparecidas. Dónde estarán mis nietas. La madre sale a buscarlas al centro mismo de la catástrofe, entre decenas y decenas de edificios derrumbados. Mis nietas no aparecen. Por fin, Pablo, mis nietas aparecieron. Su mamá las encontró. Muchas de mis amistades murieron, Pablo; muchas están desaparecidas. Se fue el wifi. Volvió a temblar y estoy asustada. Ahora estoy más tranquila. Volvió a temblar. Pablo, no dormí en toda la noche, tengo un dolor intenso en el dedo. ¿Sabes lo que es un uñero? Me salió uno. (El acceso de pus es pequeño, ¿comparado con qué? La infección es notable.) No voy al hospital, no está la cosa para ir a un hospital. Los hospitales son para los heridos del temblor. Voy a ir a una farmacia, a ver que puedo conseguir. Justo había un médico en la farmacia y me dieron una crema con antibiótico, y baños de agua tibia con sal. No dormí en toda la noche, Pablo, por los dolores.
Es verano y el significado de verano existe, con su compleja polisemia. Destruirlo, como se hace con el otoño nombrándolo invierno, muestra la esperanza que se tiene en el verano, que no cambia de nombre y al que se le suma la primavera, y la resignación que se sufre en la larga estación oscura centroeuropea. La literatura y el cine han llenado el verano de esa esperanza de aventuras, verbenas, baños en los ríos o en el mar. La ventura, para muchas personas, de habitar en ese caos que es la falta de horarios y de actividades prescritas, abiertas a la sorpresa y a la improvisación. La ventura de vivir la propia vida por sí mismas.
Me acerqué a la ventanilla con el sentimiento de estar ungido por la alegría que a mí me prodiga el secreto del viaje. El viaje en tren, a un lugar lejano, por más que hoy todos los lugares quieran antojarse cercano, pero la voz aflautada metálica del otro lado, con las palabras que pronunciaba me indicaron la necesidad de sentirme decepcionado con esa parte de la Humanidad a la que se le amojamó su alma y quieren secársela al resto.
Por favor, quiero viajar a París el miércoles.
¿Y qué puedo hacer por usted?
El señor Hulot hubiera respondido con un chiste visual para digerir la arrogante y absurda respuesta de la empleada del servicio de los ferrocarriles. Loriot le hubiera respondido algo así como: podría venir conmigo en el mismo tren y luego hospedarnos en el mismo hotel, para después salir a cenar. Algo que en estos tiempos hubiera podido ser denunciado como acoso y a lo que Loriot hubiera podido añadir: y la sopa con la mosca para usted.
Hubo más, pero para qué extenderse, si basta con esta crónica o microrrelato de no ficción para volver a creer en la literatura y a descreer de una sociedad caída en la desesperación y la agresividad. Vuelvan a la fotografía de esta columna y verán que todo concuerda, en una sociedad donde ya todo deja de significar nada. Una vez más, de una sociedad vaciada de significados se puede hacer lo que se quiera. Pero París bien vale una misa, hoy que empiezan las fiestas navarras de San Fermín.
Salgo de un clima miserable, donde la lluvia cae sucia porque lava un cielo gris de octubre en julio, que pasa de 36 y 16 grados; donde el partido de ultraderecha, según las encuestas, hubiera ganado unas elecciones que se hubieran celebrado ayer. Espero salir a encontrarme con sonrisas más veraces donde mi alegría no se vea vapuleada con rudeza.
Es verano. Achicharrante en muchos lugares; otoño sobrevenido, en otros. En la Argentina nieva. En Venezuela su clima les sirve para que la tragedia no les sume en mayor desconsuelo. Viví los terremotos a través de guasap: ahora se convierten en una crónica. El cotidiano no acude a las palabras rimbombantes ni a expresarse como en titulares de diarios. Hay esa vida de desamparo en la que se comprueba que sí hay agua en la casa, hay electricidad, pero no llegará la comida.
Hay que salir a comprar. Las nietas están desparecidas. Dónde estarán mis nietas. La madre sale a buscarlas al centro mismo de la catástrofe, entre decenas y decenas de edificios derrumbados. Mis nietas no aparecen. Por fin, Pablo, mis nietas aparecieron. Su mamá las encontró. Muchas de mis amistades murieron, Pablo; muchas están desaparecidas. Se fue el wifi. Volvió a temblar y estoy asustada. Ahora estoy más tranquila. Volvió a temblar. Pablo, no dormí en toda la noche, tengo un dolor intenso en el dedo. ¿Sabes lo que es un uñero? Me salió uno. (El acceso de pus es pequeño, ¿comparado con qué? La infección es notable.) No voy al hospital, no está la cosa para ir a un hospital. Los hospitales son para los heridos del temblor. Voy a ir a una farmacia, a ver que puedo conseguir. Justo había un médico en la farmacia y me dieron una crema con antibiótico, y baños de agua tibia con sal. No dormí en toda la noche, Pablo, por los dolores.
Es verano y el significado de verano existe, con su compleja polisemia. Destruirlo, como se hace con el otoño nombrándolo invierno, muestra la esperanza que se tiene en el verano, que no cambia de nombre y al que se le suma la primavera, y la resignación que se sufre en la larga estación oscura centroeuropea. La literatura y el cine han llenado el verano de esa esperanza de aventuras, verbenas, baños en los ríos o en el mar. La ventura, para muchas personas, de habitar en ese caos que es la falta de horarios y de actividades prescritas, abiertas a la sorpresa y a la improvisación. La ventura de vivir la propia vida por sí mismas.
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