A partir de este curso, ¡oh, milagro!, dejarán de echar de su propio centro al alumno que haya sido víctima de acoso escolar. El asunto era, hasta ahora, para miccionar y no echar gota, como suele decirse aunque con otro vocabulario más soez cuando te toca la china, porque la ilógica de esa costumbre consolidada para la Junta de Andalucía era para que no te tocara, desde luego.
¿En qué cabeza cabía que si un niño era acosado, ciberacosado o agredido en su cole o instituto iba a tener que ser él el que se marchara mientras el acosador o ciberacosador o agresor se quedaba tan campante, tan pancho y tan risueño en su centro como si no hubiera pasado nada o como si lo que había pasado no tuviera nada que ver con él? Pues así era. Así ha sido hasta ahora, en esa ristra de sinsentidos que rodeaban la educación, en ese cúmulo de disparates que la peor corriente del mal llamado buenismo ponía a disposición del sentido común para su desesperación.
Durante años, demasiados, si un chaval o chavala eran acosados por alguno o algunos de sus compañeros, el problema de verdad lo tenía la víctima, porque no solo tenía que seguir sufriendo el acoso hasta que el protocolo de actuación tuviera todos sus infinitos papeles en regla aunque nadie hubiera hablado con ella, sino que, una vez que el silencioso y tantas veces inútil papeleo hubiera terminado de deglutir su propia ilógica, la víctima en cuestión era trasladada de centro, como se traslada a los presos de cárcel, supuestamente para protegerla, aunque el centro del que se iba fuera su centro de toda la vida, aunque le pillara cerca de casa, aunque sus padres tuvieran que practicar el arte de birlibirloque cada mañana y cada tarde para compatibilizar trabajo, familia y centro escolar, aunque el chico o la chica siguiera teniendo allí, por otro lado, los únicos amigos que iban a poder relativizarle el infierno vivido, aunque sus padres protestaran porque no les pareciera justo.
Este próximo curso la cosa cambiará en este sentido, gracias a un nuevo decreto que nadie entiende cómo tardó tanto. Ahora la inspección tendrá que ser informada de oficio y tendrá que actuar de oficio, y con rapidez. Y uno se pregunta, sin querer preguntárselo, cómo tenían que suceder las cosas antes. Ojalá que esta repentina rapidez se aplique en otros muchos ámbitos de la educación para que el próximo Pisa no nos pise la vergüenza torera.
A partir de este curso, ¡oh, milagro!, dejarán de echar de su propio centro al alumno que haya sido víctima de acoso escolar. El asunto era, hasta ahora, para miccionar y no echar gota, como suele decirse aunque con otro vocabulario más soez cuando te toca la china, porque la ilógica de esa costumbre consolidada para la Junta de Andalucía era para que no te tocara, desde luego.
¿En qué cabeza cabía que si un niño era acosado, ciberacosado o agredido en su cole o instituto iba a tener que ser él el que se marchara mientras el acosador o ciberacosador o agresor se quedaba tan campante, tan pancho y tan risueño en su centro como si no hubiera pasado nada o como si lo que había pasado no tuviera nada que ver con él? Pues así era. Así ha sido hasta ahora, en esa ristra de sinsentidos que rodeaban la educación, en ese cúmulo de disparates que la peor corriente del mal llamado buenismo ponía a disposición del sentido común para su desesperación.
Durante años, demasiados, si un chaval o chavala eran acosados por alguno o algunos de sus compañeros, el problema de verdad lo tenía la víctima, porque no solo tenía que seguir sufriendo el acoso hasta que el protocolo de actuación tuviera todos sus infinitos papeles en regla aunque nadie hubiera hablado con ella, sino que, una vez que el silencioso y tantas veces inútil papeleo hubiera terminado de deglutir su propia ilógica, la víctima en cuestión era trasladada de centro, como se traslada a los presos de cárcel, supuestamente para protegerla, aunque el centro del que se iba fuera su centro de toda la vida, aunque le pillara cerca de casa, aunque sus padres tuvieran que practicar el arte de birlibirloque cada mañana y cada tarde para compatibilizar trabajo, familia y centro escolar, aunque el chico o la chica siguiera teniendo allí, por otro lado, los únicos amigos que iban a poder relativizarle el infierno vivido, aunque sus padres protestaran porque no les pareciera justo.
Este próximo curso la cosa cambiará en este sentido, gracias a un nuevo decreto que nadie entiende cómo tardó tanto. Ahora la inspección tendrá que ser informada de oficio y tendrá que actuar de oficio, y con rapidez. Y uno se pregunta, sin querer preguntárselo, cómo tenían que suceder las cosas antes. Ojalá que esta repentina rapidez se aplique en otros muchos ámbitos de la educación para que el próximo Pisa no nos pise la vergüenza torera.
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