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¿El Instituto Andaluz de la Mujer debe coordinarlo una mujer por cojones?

¿Destituimos a este hombre recién nombrado, colocamos a una mujer, le damos esa gran lección a nuestros niños y niñas y proclamamos así una vez más el triunfo del feminismo? ¿De cuál? Me gustaría saberlo

  • Emmanuel Toro, nuevo responsable del Instituto Andaluz de la Mujer en Sevilla, en un acto institucional del 28F.

Han nombrado a un hombre coordinador del Instituto Andaluz de la Mujer en Sevilla y las izquierdas de ahora, que no parecen ser las de antes -quiero decir las que colocaron a Miguel Llorente como delegado del Gobierno contra la violencia de género- han puesto el grito en el infierno, como si ardiera Troya, porque consideran que la designación de un macho para dirigir una institución así es un insulto gravísimo a las mujeres. A mí, en cambio, sin conocer al tipo, no solo no me parece ningún escándalo, sino que incluso se me antoja un paso adelante en la normalización, que es el afán último -o debiera serlo- en el gran proyecto de igualdad que nos merecemos todas las personas, hombres y mujeres.

No estoy haciendo ninguna defensa ni del hombre designado, al que no tengo el gusto o disgusto de conocer, ni de la Junta de Andalucía, sino que voy más allá: a la teoría que sustenta para bien o ridículamente este tipo de polémicas. Nos estamos empezando a merecer un poquito de normalidad en la designación de cualquier cargo desde la presuposición de que debe ocuparlo quien tenga el perfil adecuado y suficientes méritos para ello, sea hombre o mujer.

Me parece una antigüedad cuestionar la designación solo por lo que la persona tenga entre las piernas; un paso atrás, una catetada, un razonamiento sin razones, usar un criterio tan primitivo como miope. ¿Volvemos a aquella prehistoria de que hay oficios, cargos y responsabilidades que son más propios de hombres o de mujeres? ¿O tal vez se considera que las cuestiones que afectan a las mujeres solo pueden ser gestionadas por las mujeres de la misma forma falaz que las cosas de los hombres debieran ser gestionadas por hombres?

¿Volvemos a los niños con los niños y las niñas con las niñas, a sentarnos en estas cenas de verano los hombres por un lado para hablar exclusivamente de nuestras cosas, las cosas de los tíos, y las mujeres por su lado, que tienen sus cosas que no entendemos nosotros? ¿Destituimos a este hombre recién nombrado, colocamos a una mujer, le damos esa gran lección a nuestros niños y niñas y proclamamos así una vez más el triunfo del feminismo? ¿De cuál? Me gustaría saberlo.

Porque a estas alturas de la historia somos todos los feministas juntos los que debemos ser conscientes de que feminismos hay ya muchos, unos más capaces de compilar las razones para la igualdad que otros, y que no es ninguna falta de respeto, sino todo lo contrario, discernir entre ellos para avanzar en la consecución de un feminismo definitivamente integrador que sea capaz de naturalizar que hombres y mujeres, indistintamente, somos perfectamente capaces de ocuparnos de la cosa de todos, todas y todes, o sea, de la tan denostada res pública que tantas veces se nos presenta como la particularidad de unos pocos iluminados y obsesionados por convencernos de que solo ellos están constante, graciosa y predestinadamente en el lado bueno de la historia.

Con actitudes y criterios como estos están demostrando que se quedaron algunos pasos por detrás y que lo que en un principio era un modo innovador de impulsar la igualdad y su jaleado sistema de cuotas se ha convertido en un enquistado sistema reaccionario que solo es capaz de comprobar la oportunidad de cada decisión revisando la herrumbrosa rúbrica que les dictaron en cierta ocasión.

Han nombrado a un hombre coordinador del Instituto Andaluz de la Mujer en Sevilla y las izquierdas de ahora, que no parecen ser las de antes -quiero decir las que colocaron a Miguel Llorente como delegado del Gobierno contra la violencia de género- han puesto el grito en el infierno, como si ardiera Troya, porque consideran que la designación de un macho para dirigir una institución así es un insulto gravísimo a las mujeres. A mí, en cambio, sin conocer al tipo, no solo no me parece ningún escándalo, sino que incluso se me antoja un paso adelante en la normalización, que es el afán último -o debiera serlo- en el gran proyecto de igualdad que nos merecemos todas las personas, hombres y mujeres.

No estoy haciendo ninguna defensa ni del hombre designado, al que no tengo el gusto o disgusto de conocer, ni de la Junta de Andalucía, sino que voy más allá: a la teoría que sustenta para bien o ridículamente este tipo de polémicas. Nos estamos empezando a merecer un poquito de normalidad en la designación de cualquier cargo desde la presuposición de que debe ocuparlo quien tenga el perfil adecuado y suficientes méritos para ello, sea hombre o mujer.

Me parece una antigüedad cuestionar la designación solo por lo que la persona tenga entre las piernas; un paso atrás, una catetada, un razonamiento sin razones, usar un criterio tan primitivo como miope. ¿Volvemos a aquella prehistoria de que hay oficios, cargos y responsabilidades que son más propios de hombres o de mujeres? ¿O tal vez se considera que las cuestiones que afectan a las mujeres solo pueden ser gestionadas por las mujeres de la misma forma falaz que las cosas de los hombres debieran ser gestionadas por hombres?

¿Volvemos a los niños con los niños y las niñas con las niñas, a sentarnos en estas cenas de verano los hombres por un lado para hablar exclusivamente de nuestras cosas, las cosas de los tíos, y las mujeres por su lado, que tienen sus cosas que no entendemos nosotros? ¿Destituimos a este hombre recién nombrado, colocamos a una mujer, le damos esa gran lección a nuestros niños y niñas y proclamamos así una vez más el triunfo del feminismo? ¿De cuál? Me gustaría saberlo.

Porque a estas alturas de la historia somos todos los feministas juntos los que debemos ser conscientes de que feminismos hay ya muchos, unos más capaces de compilar las razones para la igualdad que otros, y que no es ninguna falta de respeto, sino todo lo contrario, discernir entre ellos para avanzar en la consecución de un feminismo definitivamente integrador que sea capaz de naturalizar que hombres y mujeres, indistintamente, somos perfectamente capaces de ocuparnos de la cosa de todos, todas y todes, o sea, de la tan denostada res pública que tantas veces se nos presenta como la particularidad de unos pocos iluminados y obsesionados por convencernos de que solo ellos están constante, graciosa y predestinadamente en el lado bueno de la historia.

Con actitudes y criterios como estos están demostrando que se quedaron algunos pasos por detrás y que lo que en un principio era un modo innovador de impulsar la igualdad y su jaleado sistema de cuotas se ha convertido en un enquistado sistema reaccionario que solo es capaz de comprobar la oportunidad de cada decisión revisando la herrumbrosa rúbrica que les dictaron en cierta ocasión.

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