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Cuando el Cabrero se cagó en Dios no blasfemó

Lo de El Cabrero en aquel pueblo de Córdoba fue una expresión o vulgar, un exabrupto, un desahogo, una manera de hablar o de disentir, pero jamás nos entraría en la cabeza hoy que fuera una blasfemia verdaderamente contra Dios y, menos aún, algo constitutivo de delito

  • 'El Cabrero' en una actuación en Jerez, hace ya unos años. -

En 1982, cuando ya el nacionalcatolicismo era un recuerdo que empezaba a disiparse en los españoles que atendían más al futuro que al susurro de sus abuelos -que hablaban bajito como cuando el Movimiento- metieron en la cárcel a El Cabrero por cagarse en Dios en pleno concierto, cuando le falló la voz y se lo recriminaron. El concierto en sí y la presunta blasfemia databan de 1980, pero la Justicia se tomaba ya su tiempo desde entonces.

Hoy no solo podemos decirlo, lo de cagarnos en Dios, sino incluso escribirlo con todas las letras: me cago en Dios, incluso volver a escribirlo aunque uno sea cristiano convencido, pues Dios –incluso si no existiera- está muy por encima de nuestras expresiones. Lo de El Cabrero en aquel pueblo de Córdoba fue una expresión coloquial, o vulgar si se quiere, un exabrupto, un desahogo, una manera de hablar o de disentir, un modo poco elegante de andar por casa entre los aficionados que él creía de confianza, pero jamás nos entraría en la cabeza hoy que fuera una blasfemia verdaderamente contra Dios y, menos aún, que esa presunta blasfemia fuera constitutiva de delito. El extremo al que hemos llegado hoy nos enternece la mirada sobre José Domínguez Muñoz, aquel adelantado en tantas cosas.  

Pero en plena crisis de Ceuta, en plena oleada de bulos y en plena efervescencia de odio contra el otro, el anuncio de publicación de una biografía de aquel gigante del flamenco por parte de su compañera Elena Bermúdez nos facilita agudizar la vista en ambas direcciones: hacia la situación española de comienzos de los años 80 y hacia la de ahora en lo que respecta a derechos y libertades. Quizás no hubo nunca un cantaor tan preocupado por la libertad como el de Aznalcóllar. Y sin embargo pagó carísimo (22 días de cárcel, finalmente, y 67.000 pesetas de multa) haber exclamado, en aquel contexto, que se cagaba en Dios como mi abuelo, en aquella misma época, se cagaba en el copón cuando se pinchaba al pelar higos de penca.

“Me cago en el copón”, decía mi abuelo, chupándose un dedo para sacarse la puya. O simplemente “¡Copón!”, a secas, y yo no sabía lo que era el copón, ni el cáliz y, probablemente, ni Dios. Pero hoy estoy seguro de que Dios no condenó ni a mi abuelo ni al Cabrero, porque, de estar pendiente de estas cosas, el Altísimo tiene mucha más altura de miras y le molesta más el racismo, el clasismo, la mal intención y la falta de humanismo para considerar, a ciegas, que a todos los que han llegado hay que echarlos a patadas y sin contemplaciones. Mecachislosmoros, y estoy seguro de que tampoco Alá se enfadará.

 

En 1982, cuando ya el nacionalcatolicismo era un recuerdo que empezaba a disiparse en los españoles que atendían más al futuro que al susurro de sus abuelos -que hablaban bajito como cuando el Movimiento- metieron en la cárcel a El Cabrero por cagarse en Dios en pleno concierto, cuando le falló la voz y se lo recriminaron. El concierto en sí y la presunta blasfemia databan de 1980, pero la Justicia se tomaba ya su tiempo desde entonces.

Hoy no solo podemos decirlo, lo de cagarnos en Dios, sino incluso escribirlo con todas las letras: me cago en Dios, incluso volver a escribirlo aunque uno sea cristiano convencido, pues Dios –incluso si no existiera- está muy por encima de nuestras expresiones. Lo de El Cabrero en aquel pueblo de Córdoba fue una expresión coloquial, o vulgar si se quiere, un exabrupto, un desahogo, una manera de hablar o de disentir, un modo poco elegante de andar por casa entre los aficionados que él creía de confianza, pero jamás nos entraría en la cabeza hoy que fuera una blasfemia verdaderamente contra Dios y, menos aún, que esa presunta blasfemia fuera constitutiva de delito. El extremo al que hemos llegado hoy nos enternece la mirada sobre José Domínguez Muñoz, aquel adelantado en tantas cosas.  

Pero en plena crisis de Ceuta, en plena oleada de bulos y en plena efervescencia de odio contra el otro, el anuncio de publicación de una biografía de aquel gigante del flamenco por parte de su compañera Elena Bermúdez nos facilita agudizar la vista en ambas direcciones: hacia la situación española de comienzos de los años 80 y hacia la de ahora en lo que respecta a derechos y libertades. Quizás no hubo nunca un cantaor tan preocupado por la libertad como el de Aznalcóllar. Y sin embargo pagó carísimo (22 días de cárcel, finalmente, y 67.000 pesetas de multa) haber exclamado, en aquel contexto, que se cagaba en Dios como mi abuelo, en aquella misma época, se cagaba en el copón cuando se pinchaba al pelar higos de penca.

“Me cago en el copón”, decía mi abuelo, chupándose un dedo para sacarse la puya. O simplemente “¡Copón!”, a secas, y yo no sabía lo que era el copón, ni el cáliz y, probablemente, ni Dios. Pero hoy estoy seguro de que Dios no condenó ni a mi abuelo ni al Cabrero, porque, de estar pendiente de estas cosas, el Altísimo tiene mucha más altura de miras y le molesta más el racismo, el clasismo, la mal intención y la falta de humanismo para considerar, a ciegas, que a todos los que han llegado hay que echarlos a patadas y sin contemplaciones. Mecachislosmoros, y estoy seguro de que tampoco Alá se enfadará.

 

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