Ceuta forma parte de España desde sus siglos de oro, es decir, desde la época imperial en que España empezó a definitivamente a ser España. Más de 400 años después, esa ciudad autónoma y tantas veces autosuficiente, geográficamente africana pero profundamente española, se ha visto en el ojo del huracán migratorio, mediático y político. Y abandonada. Como considerada de segunda categoría, un tanto despreciada por su evidente lejanía o por su engañosa pequeñez o por su bendito mestizaje.
Ocurre en medio de la crisis de un gobierno, el de Pedro Sánchez, cuya ala tocada se achicharra especialmente durante el mes de agosto. Y en medio del avance de una ultraderecha encantadísima de un episodio de tal calado para arremeter de nuevo contra un gobierno que sigue sobreviviendo a pesar de tantos pesares. La ciudadanía, que piensa, siente y se huele las cosas por libre, se ha visto muy manipulada entre esa derecha que se adelantó para celebrar una concentración de apoyo simbólico a Ceuta y esa izquierda mayoritariamente gubernamental a la que le faltó reflejo en la jugada y ha actuado luego, en general, torpemente y a trompicones, ignorando que los símbolos son tantas veces las palancas de cambio que activa la rabia.
Hoy, el presidente del Gobierno tiene la posibilidad de coger el toro por los cuernos y contar todas las verdades de este largo episodio o de seguir mareando esa perdiz que esconde un dato demoledor: la indiferencia elitista frente a tanto sufrimiento de verdad, concreto, humano a ambos lados de una ciudad asediada, porque si el sufrimiento de los inmigrantes es de cajón, el de los ceutíes aguantando a pulmón todo lo que debería aguantar España es de aúpa. Aunque unos políticos pasen olímpicamente y otros lo aprovechen para su propio beneficio. Ambas cosas, ambos cinismos, son igualmente lamentables, despreciables y reprobables. Porque la gente, al fin y al cabo, es gente en todas partes. Y ya mi abuelo me lo sentenció sin entrar en detalles de gobernanza global: en todas partes hay lo mismo, me dijo un día: gente que quiere pan.
Y ese pan de vida, como diría Cristo, se convierte en pan de muerte cuando no se quiere repartir ni a regañadientes, como es el caso en un país a cuyo monarca no se atreven a estornudarle ni a distancia; un país preocupado desde ya por arrebatarnos protagonismo en el próximo mundial de fútbol mientras su gente sueña con Europa; y una Europa que no termina de entender –porque demuestra no entenderlo cabalmente- hasta qué punto Ceuta es el último eslabón de la civilización que debería mimar con más ahínco. El problema ha estallado para quedarse largamente, y no va a solucionarse con gritos de patrioterismo barato ni con odio racista ni con estratagemas cortoplacistas. El mundo de hoy no es ya el que era. Y la responsabilidad institucional consiste en dar respuesta desde las instituciones. Pero para responder hay primero que entender todas las claves.
Ceuta forma parte de España desde sus siglos de oro, es decir, desde la época imperial en que España empezó a definitivamente a ser España. Más de 400 años después, esa ciudad autónoma y tantas veces autosuficiente, geográficamente africana pero profundamente española, se ha visto en el ojo del huracán migratorio, mediático y político. Y abandonada. Como considerada de segunda categoría, un tanto despreciada por su evidente lejanía o por su engañosa pequeñez o por su bendito mestizaje.
Ocurre en medio de la crisis de un gobierno, el de Pedro Sánchez, cuya ala tocada se achicharra especialmente durante el mes de agosto. Y en medio del avance de una ultraderecha encantadísima de un episodio de tal calado para arremeter de nuevo contra un gobierno que sigue sobreviviendo a pesar de tantos pesares. La ciudadanía, que piensa, siente y se huele las cosas por libre, se ha visto muy manipulada entre esa derecha que se adelantó para celebrar una concentración de apoyo simbólico a Ceuta y esa izquierda mayoritariamente gubernamental a la que le faltó reflejo en la jugada y ha actuado luego, en general, torpemente y a trompicones, ignorando que los símbolos son tantas veces las palancas de cambio que activa la rabia.
Hoy, el presidente del Gobierno tiene la posibilidad de coger el toro por los cuernos y contar todas las verdades de este largo episodio o de seguir mareando esa perdiz que esconde un dato demoledor: la indiferencia elitista frente a tanto sufrimiento de verdad, concreto, humano a ambos lados de una ciudad asediada, porque si el sufrimiento de los inmigrantes es de cajón, el de los ceutíes aguantando a pulmón todo lo que debería aguantar España es de aúpa. Aunque unos políticos pasen olímpicamente y otros lo aprovechen para su propio beneficio. Ambas cosas, ambos cinismos, son igualmente lamentables, despreciables y reprobables. Porque la gente, al fin y al cabo, es gente en todas partes. Y ya mi abuelo me lo sentenció sin entrar en detalles de gobernanza global: en todas partes hay lo mismo, me dijo un día: gente que quiere pan.
Y ese pan de vida, como diría Cristo, se convierte en pan de muerte cuando no se quiere repartir ni a regañadientes, como es el caso en un país a cuyo monarca no se atreven a estornudarle ni a distancia; un país preocupado desde ya por arrebatarnos protagonismo en el próximo mundial de fútbol mientras su gente sueña con Europa; y una Europa que no termina de entender –porque demuestra no entenderlo cabalmente- hasta qué punto Ceuta es el último eslabón de la civilización que debería mimar con más ahínco. El problema ha estallado para quedarse largamente, y no va a solucionarse con gritos de patrioterismo barato ni con odio racista ni con estratagemas cortoplacistas. El mundo de hoy no es ya el que era. Y la responsabilidad institucional consiste en dar respuesta desde las instituciones. Pero para responder hay primero que entender todas las claves.
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