Enciendo la televisión. No sé muy bien qué quiero ver, así que hago un rápido zapping que, como en tantas ocasiones, terminará con volver a pulsar el botón, esta vez para apagarla. Pero, en esta ocasión, en esta especie de scroll en el innumerable número de cadenas y plataformas, generalistas o especializadas, doy con un programa, El Hormiguero, donde hay un tipo muy raro, con unas gafas amarillas y que me hace mantener la atención durante un buen rato. Dice cosas muy raras. Es futbolista. Concretamente es Marcos Llorente, juega en el Atlético de Madrid y en la selección española. Pero no está hablando de futbol. Es un joven famoso no solo por su buen desempeño en el deporte, si no que también es un habitual en la redes sociales y en algunos formatos de comunicación por otras cuestiones: extremista de derechas, defensor de teorías conspirativas y con un estilo de vida basado en supuestos también muy extremos y de una filosofía cuando menos, peculiar. Defiende la dieta paleolítica –la que supuestamente ingerían nuestros más antiguos antepasados. Niega la bondad de protegerse del sol –argumenta que los protectores solares son nocivos para nuestro cuerpo–. Defiende la bondad de caminar descalzo y someterse a bajas temperaturas. Es terraplanista y esta convencido de que los aviones nos riegan con productos químicos para provocar enfermedades –los famosos chemtrails–.
En el programa parecen muy interesados con esas teorías del deportista. Habla con suficiencia y no dudo que habrá gente a la que le convenza. Es más, sus argumentos los va desarrollando con claridad –la claridad que permite explicar que en los lugares con luz artificial es bueno ponerse gafas amarillas–, tanto que hasta el entrevistador, el ínclito Pablo Motos, parece rendirse a la evidencia que dicta el tal Marcos Llorente. Cuando se le replica no concede nada, da igual que llevemos siglos de investigación, de conocimiento, de estudio, de eso que llamamos ciencia. ¡A mí me va a decir un catedrático de nada que es lo que hay y lo que no hay! Por supuesto que donde se ponga un joven atleta con esa seguridad, sin dar margen a la duda, que no se ponga ningún científico, siempre con dudas, siempre con hipótesis sin comprobar, siempre sin pontificar demasiadas cosas. ¿Por qué iba a creerme que el hombre ha ido a la luna? La verdad es que en alguna encuesta que hay por ahí, los españoles, en un porcentaje superior al veinte por ciento, creen que la tierra es plana o que no está claro, no hay pruebas de que no lo sea. Delicioso.
El mundo ha cambiado, la conspiranoia nos invade. Cualquiera puede teorizar sobre lo que sea porque realmente nadie tiene autoridad sobre nada ni nadie. Cuando todo el mundo tiene certezas es que nada es certero. Hasta yo estoy dispuesto a entrar en la nómina de los descreídos o, al contrario, de los creyentes de suposiciones que por disparatadas que puedan parecer, me comienzan a convencer. Tenemos que dar sentido al mundo y aunque Ockham nos advertía que ante cualquier circunstancia, en igualdad de condiciones, la explicación de un hecho, de un fenómeno… la más sencilla es la más probable.
Por consiguiente, y en estos días de comienzo de verano, me invaden los pensamientos que, aunque puedan parecer histriónicos, conspiranoicos o enrevesados, si uno lo analiza bien, si uno va atando cabos, como hacía Ockham, llega a la explicación más sencilla y yo, como casi empirista empedernido, acepto rendido la evidencia de los datos: Me he leído el auto del juez Calama sobre Zapatero –más que un auto judicial parece un atestado policial, cosa que suele pasar bastante y no debería. Al final copia y pega–. No puedo hacer valoraciones más que las que me dicta la experiencia empírica de otras circunstancias parecidas en las que les puedo asegurar tengo, efectivamente, esa experiencia. Eso me hace ser cauto, descreído. Prefiero irme a la información anexa, a la periodística, a los elementos que han conformado el desenlace final: Una agencia americana –la CIA podría ser– ha elaborado el primer informe y ¿no fueron los americanos, Trump en persona, quienes dijeron que España y su gobierno iba a pagar su negativa a plegarse a los designios del imperio MAGA? Es más ¿si el sumario estaba bajo secreto cómo políticos de la oposición, hablaban en campaña electoral de lo que le iba a pasar a Zapatero justo cuando pasara esta? ¿Tendremos que esperar una operación, ahora del Mosad, que despeje y calme la sed de venganza que Netanyahu y el sionismo en general han prometido contra España?
Yo no soy un conspiranoico, pero oiga, esto es como las meigas, que dicen los gallegos, y la realidad es que las cosas se están poniendo como para creer en brujas, que haberlas, haylas. De momento, leído lo leído y conociendo como se las gastan, no dudo en que nada parará hasta que se consiga desesperar y desanimar a toda la población.
Enciendo la televisión. No sé muy bien qué quiero ver, así que hago un rápido zapping que, como en tantas ocasiones, terminará con volver a pulsar el botón, esta vez para apagarla. Pero, en esta ocasión, en esta especie de scroll en el innumerable número de cadenas y plataformas, generalistas o especializadas, doy con un programa, El Hormiguero, donde hay un tipo muy raro, con unas gafas amarillas y que me hace mantener la atención durante un buen rato. Dice cosas muy raras. Es futbolista. Concretamente es Marcos Llorente, juega en el Atlético de Madrid y en la selección española. Pero no está hablando de futbol. Es un joven famoso no solo por su buen desempeño en el deporte, si no que también es un habitual en la redes sociales y en algunos formatos de comunicación por otras cuestiones: extremista de derechas, defensor de teorías conspirativas y con un estilo de vida basado en supuestos también muy extremos y de una filosofía cuando menos, peculiar. Defiende la dieta paleolítica –la que supuestamente ingerían nuestros más antiguos antepasados. Niega la bondad de protegerse del sol –argumenta que los protectores solares son nocivos para nuestro cuerpo–. Defiende la bondad de caminar descalzo y someterse a bajas temperaturas. Es terraplanista y esta convencido de que los aviones nos riegan con productos químicos para provocar enfermedades –los famosos chemtrails–.
En el programa parecen muy interesados con esas teorías del deportista. Habla con suficiencia y no dudo que habrá gente a la que le convenza. Es más, sus argumentos los va desarrollando con claridad –la claridad que permite explicar que en los lugares con luz artificial es bueno ponerse gafas amarillas–, tanto que hasta el entrevistador, el ínclito Pablo Motos, parece rendirse a la evidencia que dicta el tal Marcos Llorente. Cuando se le replica no concede nada, da igual que llevemos siglos de investigación, de conocimiento, de estudio, de eso que llamamos ciencia. ¡A mí me va a decir un catedrático de nada que es lo que hay y lo que no hay! Por supuesto que donde se ponga un joven atleta con esa seguridad, sin dar margen a la duda, que no se ponga ningún científico, siempre con dudas, siempre con hipótesis sin comprobar, siempre sin pontificar demasiadas cosas. ¿Por qué iba a creerme que el hombre ha ido a la luna? La verdad es que en alguna encuesta que hay por ahí, los españoles, en un porcentaje superior al veinte por ciento, creen que la tierra es plana o que no está claro, no hay pruebas de que no lo sea. Delicioso.
El mundo ha cambiado, la conspiranoia nos invade. Cualquiera puede teorizar sobre lo que sea porque realmente nadie tiene autoridad sobre nada ni nadie. Cuando todo el mundo tiene certezas es que nada es certero. Hasta yo estoy dispuesto a entrar en la nómina de los descreídos o, al contrario, de los creyentes de suposiciones que por disparatadas que puedan parecer, me comienzan a convencer. Tenemos que dar sentido al mundo y aunque Ockham nos advertía que ante cualquier circunstancia, en igualdad de condiciones, la explicación de un hecho, de un fenómeno… la más sencilla es la más probable.
Por consiguiente, y en estos días de comienzo de verano, me invaden los pensamientos que, aunque puedan parecer histriónicos, conspiranoicos o enrevesados, si uno lo analiza bien, si uno va atando cabos, como hacía Ockham, llega a la explicación más sencilla y yo, como casi empirista empedernido, acepto rendido la evidencia de los datos: Me he leído el auto del juez Calama sobre Zapatero –más que un auto judicial parece un atestado policial, cosa que suele pasar bastante y no debería. Al final copia y pega–. No puedo hacer valoraciones más que las que me dicta la experiencia empírica de otras circunstancias parecidas en las que les puedo asegurar tengo, efectivamente, esa experiencia. Eso me hace ser cauto, descreído. Prefiero irme a la información anexa, a la periodística, a los elementos que han conformado el desenlace final: Una agencia americana –la CIA podría ser– ha elaborado el primer informe y ¿no fueron los americanos, Trump en persona, quienes dijeron que España y su gobierno iba a pagar su negativa a plegarse a los designios del imperio MAGA? Es más ¿si el sumario estaba bajo secreto cómo políticos de la oposición, hablaban en campaña electoral de lo que le iba a pasar a Zapatero justo cuando pasara esta? ¿Tendremos que esperar una operación, ahora del Mosad, que despeje y calme la sed de venganza que Netanyahu y el sionismo en general han prometido contra España?
Yo no soy un conspiranoico, pero oiga, esto es como las meigas, que dicen los gallegos, y la realidad es que las cosas se están poniendo como para creer en brujas, que haberlas, haylas. De momento, leído lo leído y conociendo como se las gastan, no dudo en que nada parará hasta que se consiga desesperar y desanimar a toda la población.
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