Las Higanbana adornan mi pueblo, desde hace días, con su intenso rojo carmesí, que contrasta marcadamente con el color de los campos de arroz, que van del verde al amarillo. Son unas plantas venenosas, sobre todo su bulbo, y además de la impronta que causan en el paisaje tienen un concreto valor de protección de los cultivos contra los roedores, además de otro simbólico en el budismo japonés: la frontera de la despedida. Despedida del verano y llegada del otoño; despedida del aquí y viaje al más allá. Con el comienzo del otoño, el budismo japonés conmemora a sus ancestros durante su Semana de Muertos, O-Higan.
Iba por caminos angostos entre los pueblos de valle y montaña y a cada paso volvían a las cunetas, a la puerta de un cementerio, a las lindes de los campos, cuyas raíces sujetan y protegen. Lienzos de arroz donde las montañas permiten cultivarlo. Se abrió un valle. Yo avanzaba por el costado. De pronto vi unas figuras inesperadas y busqué dónde aparcar el auto. No hay cunetas accesibles, cerradas por un canto continuo de piedras. Vi unas máquinas de bebidas y una entrada. Dentro, unos autos aparcados. Me metí, aparqué y deseé que nadie viniera a decirme que no podía. Iba contemplando las flores de un verano tardío y encontré la cosecha del final del verano.
En mi memoria se agolpaban recuerdos que me aportaban reseñas y me ayudaban a gozar de aquel maravilloso espectáculo ancestral. Figuras antropomórficas, Hombres de paja, de paja de arroz, con los racimos colgando como adornos para simplemente secarse. Espigas boca abajo, porque manda la tradición y la creencia hasta hoy, que así los nutrientes seguirán bajando y enriqueciendo a los granos. Mi emoción no alteraba, sin embargo, mi tranquilidad: aquellas figuras seguirían allá pacientemente y yo podría pacientemente observarlas y disfrutar de aquella escena, y de la grulla que acompañaba al campesino. Es sabido que la grulla blanca trajo de los cielos el arroz. Una grulla blanca, la que acompañaba sin interrumpir el laborioso trasiego del campesino, aquí.
Figuras que tuve tiempo de asociar con los hombres de paja, Buttnmandl, de Berchtesgaden; con las esculturas de paja, de la coreana Haegue Yang, que se exhiben en el Museo de Bellas Artes de Hamburgo bajo el título The Intermediate - Havest Spell: El paso intermedio: hechizo de la cosecha.
Pensé esta mañana, mientras ordenaba mis ideas y decidía qué verter sobre esta holandesa, sobre los hombres de paja, que en un punto significan hombres sin substancia, sin importancia propia, vicarios de algún interés escondido; pensaba en los hombres de lata, a los que canta Juana Aguirre con su Churupaca, aquí, que serían hombres huecos, pero de mucho ruido. Volví a mis figuras, que en algunos lugares llaman Honnyo, vigilantes del templo, por similitud con las fornidas figuras que guardan los templos budistas.
Recordé la metáfora de Yasujirō Ozu en su película Higanbana, Flores de equinoccio, de 1958, aquí, su primera en color y para la que eligió un film Agfa porque era el que en su opinión captaba mejor el color rojo intenso del Higanbana, flores que asisten a la cosecha como para aderezarla en un gran bodegón, observan impasibles cómo se alzan los hombres de paja y van mermando (¿pensaría también Ozu en esto?, ¿varones en representación de una tradición ya discutible?). Flores que ven pasar a las almas subidas a las alas de las luciérnagas, aquí, sin cobrarles ningún peaje.
Las Higanbana adornan mi pueblo, desde hace días, con su intenso rojo carmesí, que contrasta marcadamente con el color de los campos de arroz, que van del verde al amarillo. Son unas plantas venenosas, sobre todo su bulbo, y además de la impronta que causan en el paisaje tienen un concreto valor de protección de los cultivos contra los roedores, además de otro simbólico en el budismo japonés: la frontera de la despedida. Despedida del verano y llegada del otoño; despedida del aquí y viaje al más allá. Con el comienzo del otoño, el budismo japonés conmemora a sus ancestros durante su Semana de Muertos, O-Higan.
Iba por caminos angostos entre los pueblos de valle y montaña y a cada paso volvían a las cunetas, a la puerta de un cementerio, a las lindes de los campos, cuyas raíces sujetan y protegen. Lienzos de arroz donde las montañas permiten cultivarlo. Se abrió un valle. Yo avanzaba por el costado. De pronto vi unas figuras inesperadas y busqué dónde aparcar el auto. No hay cunetas accesibles, cerradas por un canto continuo de piedras. Vi unas máquinas de bebidas y una entrada. Dentro, unos autos aparcados. Me metí, aparqué y deseé que nadie viniera a decirme que no podía. Iba contemplando las flores de un verano tardío y encontré la cosecha del final del verano.
En mi memoria se agolpaban recuerdos que me aportaban reseñas y me ayudaban a gozar de aquel maravilloso espectáculo ancestral. Figuras antropomórficas, Hombres de paja, de paja de arroz, con los racimos colgando como adornos para simplemente secarse. Espigas boca abajo, porque manda la tradición y la creencia hasta hoy, que así los nutrientes seguirán bajando y enriqueciendo a los granos. Mi emoción no alteraba, sin embargo, mi tranquilidad: aquellas figuras seguirían allá pacientemente y yo podría pacientemente observarlas y disfrutar de aquella escena, y de la grulla que acompañaba al campesino. Es sabido que la grulla blanca trajo de los cielos el arroz. Una grulla blanca, la que acompañaba sin interrumpir el laborioso trasiego del campesino, aquí.
Figuras que tuve tiempo de asociar con los hombres de paja, Buttnmandl, de Berchtesgaden; con las esculturas de paja, de la coreana Haegue Yang, que se exhiben en el Museo de Bellas Artes de Hamburgo bajo el título The Intermediate - Havest Spell: El paso intermedio: hechizo de la cosecha.
Pensé esta mañana, mientras ordenaba mis ideas y decidía qué verter sobre esta holandesa, sobre los hombres de paja, que en un punto significan hombres sin substancia, sin importancia propia, vicarios de algún interés escondido; pensaba en los hombres de lata, a los que canta Juana Aguirre con su Churupaca, aquí, que serían hombres huecos, pero de mucho ruido. Volví a mis figuras, que en algunos lugares llaman Honnyo, vigilantes del templo, por similitud con las fornidas figuras que guardan los templos budistas.
Recordé la metáfora de Yasujirō Ozu en su película Higanbana, Flores de equinoccio, de 1958, aquí, su primera en color y para la que eligió un film Agfa porque era el que en su opinión captaba mejor el color rojo intenso del Higanbana, flores que asisten a la cosecha como para aderezarla en un gran bodegón, observan impasibles cómo se alzan los hombres de paja y van mermando (¿pensaría también Ozu en esto?, ¿varones en representación de una tradición ya discutible?). Flores que ven pasar a las almas subidas a las alas de las luciérnagas, aquí, sin cobrarles ningún peaje.
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